Salamandra

Era una madrugada del 2017 cuando me despertó el celular, llamaba mi amiga B para pedirme el favor urgente de acompañarla al departamento de su novio, era una emergencia: él llevaba casi un mes fuera de la ciudad y había que alimentar a su mascota de ese entonces, una realmente extraña salamandra albina. A ella se le olvidó el encargo por varios días y no quería aventurarse sola por si tenía que enfrentarse a la culpa por el pequeño cadáver, así que acepté con más curiosidad que desgano y me puse las botas.

El departamento estaba en una vecindad oscura y en peligro de colapso en la colonia Roma. La puerta era la última al fondo de un segundo patio pasando las escaleras que eran la columna vertebral osteoporosa del edificio. Todo lo que sucedió fue breve y surrealista, como haberse encapsulado en otra dimensión: el departamento era un taller de serigrafía y grabado con apenas un lugar pequeñísimo para la cama. Las paredes estaban llenas de tablas y repisas que casi no pude distinguir bajo la luz amarillenta. El olor a pintura y químicos era penetrante, alucinógeno. La salamandra en cuestión debía estar dentro de una tina en el baño, sin embargo, cuando la buscamos, en la tina no había salamandra, sólo tierra, piedras, ramas y un recipiente enterrado que servía de estanque; eso significaba que teníamos una salamandra fugitiva en ese sitio, que por sí mismo ya era un laberinto de artefactos amontonados.

La instrucción para alimentarla era clara: había que revolver con un palo el contenido de una cubeta que, sin más preámbulo, contenía una mezcla de basura orgánica y residuos de jardinería donde se “cultivaban” lombrices; había que capturarlas con la mano, zigzagueantes, y verificar que la salamandra comiera tres o cuatro. Definitivamente era B quien se encargaría de eso, yo sólo iba de guardia y ahora, en todo caso, de cazador de salamandras. En el justo momento en que pensé “si en serio mete las manos a la cubeta y la revuelve, es amor verdadero”, vi cómo dio la zambullida enamorada hasta los codos. El amor es ensuciarse las manos, se me ocurrió, ya invadido de una cursilería súbita.

Como la salamandra no apareció durante los quince minutos en que moví maderas y latas mientras B recolectaba un puño apetitoso de gusanos, decidimos esparcirlos en la superficie de la tina para ver si su ¿olor? la atraía en cuanto nos hubiéramos marchado. Así lo hicimos y salimos en silencio porque, además, la otra instrucción era realizar todo en el más completo anonimato, pues los vecinos eran muy desconfiados y no permitían que extraños entraran al edificio, a riesgo de mandarnos a la policía, más aún por esas altas horas de la noche. Después de eso, lo mejor fue quedarme a dormir en su casa, no sin antes pasar a una taquería 24 horas a cobrar la merecida recompensa.

La mañana siguiente amaneció más nublada de lo habitual. Desde el sillón, mientras seguía acostado pero ya despierto, oí que B discutía por teléfono con su novio. Peleaban por asunto de la salamandra y supongo que por otras cosas; la salamandra pudo ser sólo un pretexto para detonar la discusión y potenciarla si decaía, los verdaderos motivos se ocultaban detrás de ella. Cuando colgó, alcancé a escuchar sollozos. Salió del cuarto con los ojos hinchados y la saludé fingiendo no haberme enterado de nada, aunque el corazón se me partió al recordarla revolviendo lombrices apenas unas horas antes. Ella también fingió que no pasaba nada y entonces estábamos a mano. Nos sentamos a desayunar en completo silencio. El tiempo pasó y poco a poco le fui perdiendo la pista a B, tal como pasa gradualmente con todo lo que forma parte de nuestra vida. Por supuesto, de la salamandra jamás volví a saber nada.