Un pequeño texto para un pequeño cuarto de azotea

Para estos momentos (agosto del 2017) llevo ya varios meses viviendo en un cuarto de azotea en una colonia agitada pero bien ubicada de la ciudad. Diversas circunstancias que sin duda ahora considero afortunadas me trajeron aquí. El cuarto es cómodo y luminoso, con un pequeño e incidental “balcón” y una aún más pequeña ventana que dan, ambos, hacia otras azoteas y (mi vista favorita) hacia decenas de copas de árboles. El ruido de la colonia no llega hasta lo que sería el quinto piso del edificio donde se encuentra y eso lo vuelve un pequeño refugio, si se quiere, entre tendederos de ropa y tinacos. El baño y regadera están afuera y la cocina, que no existe, es sustituida por cuatro calles circundantes llenas de restaurantes, algunas fondas e imprescindibles puestos de tacos. A este cuarto he tratado de darle algo de personalidad aunque mi huella material en los espacios siempre ha sido poco profusa. En él no tengo demasiadas cosas, sólo está la cama, un escritorio, un buró, mi maleta de ropa y tres huacales que clavé a la pared (mi librero, aunque no tan grande pero en definitiva pesado, está en la casa de mi adolescencia hasta que pueda mudarlo a un lugar más permanente). Eso es todo, no creo necesitar nada más. Uno se va apropiando de los espacios y los resignifica con su presencia aunque también exista la posibilidad de pasar por ellos casi desapercibidamente, incluso por periodos largos.

Me he dado cuenta de que no dejo huellas en los lugares donde vivo, o que trato de dejar las menores huellas posibles. Aprendí eso después de siete mudanzas en los últimos tres años. Habito de una forma bastante discreta y práctica, como si en cualquier momento necesitara irme, y la verdad es que así se siente a veces, como que siempre está la posibilidad de irse y para eso necesitaré tener todo a la mano para llegar de un sitio a otro sin muchos aspavientos. Habito los lugares de manera no invasiva pero eso no significa que no los apropie o no los intervenga. Apropiar un espacio es darle una nueva identidad, volverlo parte de un entorno personal, un hábitat específico. Una habitación puede ser una guarida íntima o puede ser un bloque de cuatro paredes con un único objetivo: almacén de horas de sueño. En la guarida se crea atmósfera mientras que en el bloque semivacío sólo se es una circunstancia pasajera. Sin embargo y paradójicamente, el vacío produce ecos molestos y poco privados que, con la integración de algún objeto contundente desaparecen por simples leyes naturales. Llenar el vacío para crear privacidad, quizá con una estantería o cualquier mueble. Estanterías o muebles sirven también para hacer colecciones inesperadas porque siempre terminamos acumulando pequeños objetos que al final no sabemos dónde poner o no queremos tirar. Un mueble no es estrictamente algo definido, más bien es receptor, una superficie pasajera de objetos pasajeros en un cuarto pasajero en una vida pasajera: algo que de vez en vez puede limpiarse por completo para quedar de nuevo en blanco, listo para recibir otras cosas. Nosotros somos elementos sobre la estantería del mundo: un día, sin darnos cuenta, algo nos limpia y borra para siempre en el ciclo infinito de la existencia.