lunes, 19 de junio de 2017

Sueños V

Lado A

Mi padre está vivo, pero sigue en el hospital. El hospital parece más una prisión y los médicos son militares con batas blancas, hostiles y armados. Cientos de máquinas y medidores cardíacos rodean las camas de las habitaciones; los pulsos arrítmicos y electrónicos de esos aparatos son lo único que puede escucharse, además de algunos lamentos moribundos. Mi padre ya se ve saludable y quiere salir de ahí desesperadamente pero se lo prohíben. Nos pide ayuda a toda la familia y organiza un plan que traza en pedazos de papel y servilletas que oculta entre las sábanas de la vista de los médicos militares. El plan incluye robar una llave para conseguir uniformes y credenciales de acceso para que todos pasemos desapercibidos. Somos más de 30 personas intentando liberar a mi padre que nos comanda mediante un radio desde su habitación. La operación encubierta se desarrolla en la noche; entramos sigilosos al almacén de uniformes y nos cambiamos de ropa; completamos nuestro arsenal con linternas, radios, cuerdas y baterías de emergencia para celulares. Los pasillos del hospital son inmensos y se bifurcan cada tantos metros. Somos 30 personas que poco a poco se dividen en pequeños grupos según las instrucciones del plan hasta que abarcamos las instalaciones. Yo voy en el primer grupo con mi madre, mi primo J y alguien que no alcanzo a reconocer. Llegamos a la habitación de mi padre que nos espera haciéndose el dormido porque, al parecer, ya todo el personal se ha dado cuenta de la operación y las cámaras están vigilando. Desconectamos sin dolor todas sus sondas, su electrocardiograma, su oxígeno, sus sueros: son decenas de cables. Él se ve mejor que nunca pero también está nervioso, pues falta el trayecto a la salida. Decidimos que sea mi primo J quien lo escolte hasta allá mientras mi madre y yo permanecemos en la habitación para hacer frente a cualquier médico hostil; la otra persona que nos acompaña ha desaparecido. Se escucha agitación dentro del hospital, sirenas, gritos, quizá algunas detonaciones, han cortado la luz y mi madre y yo estamos tras la puerta dispuestos a todo. Constantemente nos monitoreamos por los radios y algunos minutos después J se comunica diciendo que mi padre ha logrado salir, que está justo bajo la ventana de la habitación y que necesito arrojarle por ella su ropa y una maleta. Me da tanta emoción que no lo pienso y prefiero aventarme con todo y cosas a pesar de que estamos a más de 10 pisos de altura, en una noche cerrada. La caída no produce vértigo ni duele. Ya de frente a mi padre le doy la maleta y la ropa (él aún sigue casi desnudo, sólo con una bata minúscula) y noto que estamos rodeados de árboles. Por el radio me llegan sonidos violentos del hospital y se alcanzan a ver a la distancia las luces de las patrullas. Le pregunto que qué hará y me dice que por unos días deberá esconderse lejos hasta que dejen de buscarlo y que después llegará a casa. En el bolsillo traigo un GPS y se lo entrego para que sea más fácil encontrar el camino pero cuando lo miramos, descubrimos que la pantalla está inservible y nos reímos aunque yo estoy preocupado. Miro su rostro, tiene menos cabello, menos arrugas y parece que no es él, pero sí es él. Me da las gracias y se interna en un sendero entre los arbustos. Por un momento que siento infinito todo se queda en silencio hasta que una abrupta interferencia en la radio me hace despertar.

Lado B

Mi padre está vivo y encontró el camino de vuelta a casa.

Ojalá esto no fuera un sueño.