lunes, 12 de junio de 2017

De la libreta sobre la libreta

1)

De pronto, por diversas circunstancias, comencé a llenarme de libretas que me han regalado o que he conseguido. Ahora tengo algunas de características muy diferentes, sus tamaños y texturas varían pero todas comparten el elemento que más valoro: hojas blancas, sin guía o delimitación. La anatomía de una libreta indirectamente condiciona la forma en que escribiremos en ella; por lo general, el tamaño podría sugerir una prosa fluida o versificaciones cortadas, dependiendo de las palabras que se ajusten por línea; la firmeza y superficie de la pasta podría sugerirnos una libreta de uso rudo, para llevar en la mochila a donde sea, a prueba de todo, o una hogareña que habrá de esperar sobre la mesa de centro o junto a la cama; el hecho de que quepa en el bolsillo del pantalón también dirá mucho de lo que podría contener debido a su velocidad de reacción, de "desenvaine", de ser "la libreta más rápida del oeste", bitácora.

La manera en que una libreta llega a nosotros da pistas de lo que podrá ofrecernos: si vamos al centro comercial para comprarla, sin duda escogeríamos aquella que se ajusta a nuestras necesidades, su objetivo está casi previsto y planeado; recibirla de obsequio incluye siempre el mensaje implícito de “ponte a escribir” o “sigue escribiendo” y no sé cómo pueda agradecerse tal depósito de confianza; y encontrarse una libreta nueva sería de lo más extraño pero si ocurre, sólo por hacer justicia al buen karma habríamos de llenarla de inmediato con lo primero que nos venga a la mente. Después de estos datos curiosos, es obvio que mi fetichismo por ellas es de magnitudes considerables.

2)

La lluvia intensa de esta semana (aunada a mi descuido de dejar ventanas abiertas) hizo que una de mis libretas se mojara. Al principio me escandalicé pero después de pensarlo (y tratar de darme un resignado consuelo) noté que eso le dio cierta naturalidad y desenfado a lo que estaba escrito: lo aterrizó en la realidad pura y concreta lejos del mundo impoluto de las ideas. La tinta se corrió hacia las esquinas y algunas líneas desaparecieron y eso me hizo pensar en la vulnerabilidad e impermanencia de las cosas, pero sobre todo, de las palabras que se jactan de trascender en el tiempo. ¿Realmente lo hacen? El hecho de que esos textos corrieran el riesgo de desaparecer les quitó un peso innecesario y vanidoso que muchas veces, sin notarlo, me acartonaba. Así, saber que nada permanece y que incluso la preocupación y el dolor también pueden irse, como todo en la vida, es una gran esperanza.

Después del incidente garabateo en ella con más tranquilidad y creo que de una manera más libre. El efecto de las hojas arrugadas está en un punto intermedio entre la piel y la madera, materia orgánica, y hace notar que por ahí también pasa el tiempo y que la escritura no está encapsulada, sino al contrario, inmersa en una profunda e impredecible vitalidad. Eso rectifica que la escritura es real y así como interpreta y modifica al mundo, éste también puede hacerlo con ella. El texto se lee y se deslava; el recipiente en que mejor puede conservarse y perdurar es en el cuerpo y la memoria hasta que eventualmente se extingan; la "amenaza" de su finitud me hizo verlo menos avasallante, con mayor espacio de respiración. Evidenciar la fragilidad de los objetos es el camino más inmediato para reubicarnos en el mundo material y reconocer que, junto con ellos, pertenecemos a la misma escala de valores mortales. En un plano estrictamente existencial, quizá nada es superior a nada, ni siquiera el dolor.