lunes, 14 de agosto de 2017

El contenedor de la idea

[una idea no se valida
o invalida
por el lugar en el que ha sido pensada]


[las bibliotecas
o espacios de "pensamiento"
como aulas de clase
o laboratorios
no siempre producen las mejores ideas,
así como los sitios de paso
o de distracción
como estacionamientos
o salones de videojuegos
no acunan ligerezas intelectuales]


[la idea no obedece de manera irrevocable
a sus parámetros externos:
una gran idea
puede surgir en el momento menos esperado
sin importar el lugar en que se encuentre,
por eso es inútil recluirse en bibliotecas
o estudios herméticos
creyendo en la falsa garantía
de que la mejor idea se hará presente ahí
casi por inercia]


[la idea,
si va a salir, saldrá,
y si no, pues no]


[la idea está sujeta al contexto
pero no al entorno, que es distinto:
el entorno es accidente, azar
y darle demasiado peso para influir en ella
es una pérdida de tiempo;
pero el contexto llega más allá,
es intangible,
es una red histórica de otras ideas]


[la “realidad” (¿existe?)
es un ensamble entre el entorno y el contexto;
un discurso, una idea, se construye acorde a una necesidad;
es la influencia directa del espacio la que no existe
aunque pudiera existir]


[los “lugares para pensar”
no siempre son los mejores lugares para pensar,
y en los sitios donde nadie apostaría tener la revelación,
como un bar de mala muerte,
la fila del supermercado
o una gasolinera
podría gestarse así sin más
el último gran invento del siglo]

lunes, 7 de agosto de 2017

Un pequeño texto para un pequeño cuarto de azotea

En estos momentos (agosto del 2017) llevo ya varios meses viviendo en un cuarto de azotea en una colonia agitada pero bien ubicada de la ciudad. Diversas circunstancias que sin duda ahora considero afortunadas me trajeron aquí. El cuarto es cómodo y luminoso, con un pequeño e incidental “balcón” y una aún más pequeña ventana que dan, ambos, hacia otras azoteas y (mi vista favorita) hacia decenas de copas de árboles. El ruido de la colonia no llega hasta lo que sería el quinto piso del edificio donde se encuentra y eso lo vuelve un pequeño refugio, si se quiere, entre tendederos de ropa y tinacos. El baño y regadera están afuera y la cocina, que no existe, es sustituida por cuatro calles circundantes llenas de restaurantes, algunas fondas e imprescindibles puestos de tacos. A este cuarto he tratado de darle algo de personalidad aunque mi huella material en los espacios siempre ha sido poco profusa. En él no tengo demasiadas cosas, sólo está la cama, un escritorio, un buró, mi maleta de ropa y tres huacales que clavé a la pared (mi librero, aunque no tan grande pero en definitiva pesado, está en la casa de mi adolescencia hasta que pueda mudarlo a un lugar más permanente). Eso es todo, no creo necesitar nada más. Uno se va apropiando de los espacios y los resignifica con su presencia aunque también exista la posibilidad de pasar por ellos casi desapercibidamente, incluso por periodos largos.

Me he dado cuenta de que no dejo huellas en los lugares donde vivo, o que trato de dejar las menores huellas posibles. Aprendí eso después de siete mudanzas en los últimos tres años. Habito de una forma bastante discreta y práctica, como si en cualquier momento necesitara irme, y la verdad es que así se siente a veces, como que siempre está la posibilidad de irse y para eso necesitaré tener todo a la mano para llegar de un sitio a otro sin muchos aspavientos. Habito los lugares de manera no invasiva pero eso no significa que no los apropie o no los intervenga. Apropiar un espacio es darle una nueva identidad, volverlo parte de un entorno personal, un hábitat específico. Una habitación puede ser una guarida íntima o puede ser un bloque de cuatro paredes con un único objetivo: almacén de horas de sueño. En la guarida se crea atmósfera mientras que en el bloque semivacío sólo se es una circunstancia pasajera. Sin embargo y paradójicamente, el vacío produce ecos molestos y poco privados que, con la integración de algún objeto contundente desaparecen por simples leyes naturales. Llenar el vacío para crear privacidad, quizá con una estantería o cualquier mueble. Estanterías o muebles sirven también para hacer colecciones inesperadas porque siempre terminamos acumulando pequeños objetos que al final no sabemos dónde poner o no queremos tirar. Un mueble no es estrictamente algo definido, más bien es receptor, una superficie pasajera de objetos pasajeros en un cuarto pasajero en una vida pasajera: algo que de vez en vez puede limpiarse por completo para quedar de nuevo en blanco, listo para recibir otras cosas. Nosotros somos elementos sobre la estantería del mundo: un día, sin darnos cuenta, algo nos limpia y borra para siempre en el ciclo infinito de la existencia.

lunes, 31 de julio de 2017

Construcción de bibliotecas

De entre mis amigos y cercanos que poco a poco están haciendo sus bibliotecas personales, puedo admitir sin pena que la mía es la más pequeña que conozco. Todos tenemos una relación particular con las bibliotecas y con la manera en que organizamos los libros que vamos leyendo en nuestro librero. Hacer una biblioteca es enfrentarse constantemente a la importante toma de decisiones sobre las “piezas” que la conformarán y las que no, por qué motivos entra una y por cuáles no. Los libros, a manera de bloques o ladrillos, perfilan el cuerpo que la biblioteca ocupará en el espacio. Con mi librero me interesa formar una identidad específica, quisiera que fuera una extensión material que me sobreviva, que refleje a su manera algo de lo que fui como lector, que sea una especie de mapa trazado por libros, mi propio grafitti en relieve en la pared de mi historia. En primera instancia, sin duda reflejará lo que me gusta e influye, pero quizá en niveles más profundos, podría mostrar algo del temperamento que me define. Por ejemplo, quien me conoce sabe que soy un estuche de obsesiones y una de las más notorias es mi fascinación por el orden alfabético de las cosas, y como es de suponerse, mi librero no iba a escaparse de ella: por apellido de autor voy enfilando los libros estante por estante; esta manera de organización, además de darme la posibilidad de encontrar inmediatamente lo que busco, representa mi obsesión por el orden, la claridad, las certezas, lo comprobable, lo que depende de mí para no salirse de control. Qué miedo.

Desde que en mis posesiones materiales los libros comenzaron a tener mayor protagonismo, también me pasa que soy incapaz de subrayarlos, marcarlos, doblarlos o mancharlos. De forma ingenua siento que escribir sobre los márgenes o resaltar partes de interés es "dañarlos" y sé que estoy en un error porque no hay mejor manera para dialogar con el texto que intervenir en él. Quisiera poder subrayarlos para ser parte de ellos pero algo me detiene. A mis libros más leídos parece que nada los ha tocado, parece que no he intercambiado nada con ellos de tan limpios; al ver los de mis amigos llenos de marcas, huellas, notas, citas y hasta poemas, siento envidia porque sé que no soy libre de hacer lo mismo. Los libros de mis amigos son de ellos y los míos podrían ser de cualquier librería. Por eso también mi librero parece más el de una librería. Un libro rayado, intensamente rayado, es una reescritura. Para traer a la memoria algún fragmento importante no bastan las herramientas del cerebro, mucho menos del mío que está estropeado en el área de los recuerdos.

Y el siguiente nivel (y quizá el más compulsivo) es mi pretensión de mantener el librero siempre “minimalista” y “purgado”, es decir, sólo con los libros “necesarios”, los que en verdad me interesan, que considere fundamentales y que no haya uno sólo al que no salvaría de un incendio. A este sistema de selección lo pongo a prueba mediante una tajante dinámica: estiro el brazo sin ver para tomar cualquier libro al azar y aquél que mi mano tome deberá ser de suma importancia para mí; extender al azar el brazo con los ojos cerrados y tomar una parte real y significativa de mis creencias como lector, sin falla, sin que nada equivocado se filtre. Por este motivo se mantiene aún tan breve. Creo que así es la única manera de, concretamente, moldear su identidad a partir de la identidad personal, aunque debo decir que tampoco es demasiado difícil que un nuevo libro se integre, pues bastará con que tenga al menos uno o dos párrafos que me hayan sido reveladores para conservarlo para la posteridad. Todos los libros que quedan fuera están destinados a trueques y donaciones y son el como el parque de guerra para cuando hay que armarse de ellos. Ninguno tiene desperdicio.

Hablo de los libreros como hablo de los cuerpos, como hablo de los objetos que se llenan de sentido. Un librero es un mueble pero también es recipiente, contenedor, y por lo tanto puede funcionar como un molde. Un libro también es un recipiente y un contenedor y, de cierta manera, un molde para las ideas o modelado por las ideas. Lo que cada uno contiene es reflejo de cierta identidad personal. De aquí parte la aspiración de construir algo con los únicos “bloques” que conozco y que he manipulado. ¿Cuál sería el resultado más predecible? ¿Qué cosa se podría construir con libros? Los libros son bloques pero también receptáculos de mundo, historia, sentido, paisaje, teoría, ficción, entonces parecería lógico pensar que la construcción realizada tendría una forma concreta pero un fondo completamente móvil y volátil: la carga de una historia de vida. Lo que se construye con libros no será una construcción convencional porque los ladrillos no son ladrillos convencionales, será entonces esa construcción de mundo, historia, sentido, paisaje, teoría, ficción. Habrá siempre objetos que hablen por nosotros, que sean una parte de lo que somos y fuimos, objetos contundentes con la virtud de ser moldeables. Un librero, así sea mínimo, ya es enorme, una ciudad o un laberinto de ideas.

lunes, 24 de julio de 2017

Amigos imaginarios

Tengo un amigo (casi toda la universidad fue mi mejor amigo) que no veo desde hace dos años a pesar de que ahora vivimos en la misma colonia. Los motivos han sido diversos pero todos giran en torno a que nuestros compromisos siempre se interponen y nunca, de verdad nunca, coincidimos en los espacios libres (aunque él es músico y yo escribo, o sea que no es que seamos físicos termonucleares vigilando la energía atómica del mundo). Nunca le he reprochado su ausencia en los momentos difíciles ni él a mí en los suyos porque tampoco hemos hecho gran esfuerzo por tenernos cerca y eso me hace constatar una dura realidad: todos decimos en algún momento que siempre estaremos ahí pero a final de cuentas no lo estamos;

sin embargo esto no es un lamento, sólo es una certeza: mis amigos me han dejado seguir solo así como yo, en mi descuido, los he dejado seguir solos también. Quizá estos son los verdaderos amigos imaginarios: amigos que están sin estar, que son como sombras o fantasmas o presencias en el recuerdo como muchas circunstancias de la vida; amigos que se reconstruyen literalmente en la imaginación y que incluso llegamos a transformar en diferentes personas, a nuestro arbitrio. Todos tenemos al menos un par y somos el amigo imaginario de otros cuantos. No culpo a los que se alejan porque yo también me he alejado, sin drama ni fricción. Seguramente soy una persona distinta en la imaginación de alguien más;

por todo esto, se me ocurrió mandarle a este amigo un mensaje donde le proponía que ya no nos viéramos jamás pero que siguiéramos siendo amigos, verdaderos amigos imaginarios, con nuestras propias identidades ficticias en la cabeza del otro, y así, cuando fuéramos viejos, las revistas científicas podrían entrevistarnos por haber instaurado una forma de amistad auténtica y duradera fundada en la imaginación. Le dije que así demostraríamos que la manera de relacionarnos no es más que una convención que no se había cuestionado y que quizá no sería indispensable verse mientras existieran los mensajes de texto, pues nosotros pudimos hacerlo por décadas sin remordimiento alguno. Le dije también que seríamos pioneros en ese tipo de relación amistosa donde usamos moldes mentales basados en un conocido pero que modificamos a conveniencia a través del tiempo;

después de cinco mensajes de puras carcajadas me pidió vernos esa misma tarde; por desgracia yo no podía (en verdad no podía) pero acordamos vernos al día siguiente. Pareció que sólo bajo este tipo de propuesta hiperbólica sería posible concertar unas cervezas, aunque ya pensándolo bien, no vi nada demasiado dramático, de hecho me dio curiosidad pensar en una posibilidad así: una amistad que no se desarrolla como las amistades normales bajo los protocolos y la lupa social; en la posibilidad concreta de hacerme de un "amigo imaginario real" y convertirme en el de alguien. Si hacía dos años que no nos veíamos a pesar de mensajear con cierta frecuencia y vivir en la misma colonia ¿por qué no podríamos seguir así el resto de nuestras vidas? Quizá ciertas personas entre sí no están hechas para las amistades convencionales. Obviamente seguimos sin vernos.

lunes, 17 de julio de 2017

Mano - Máquina - Computadora

Existen y su profundidad es variable. Me refiero a las diferencias quizá sutiles (o no tanto) de escribir a mano, a máquina o a computadora y que, de manera directa, influyen en la forma en que una idea se convierte en texto. Todo responde a síntomas y sensaciones, la escritura responde a una necesidad corporal además de mental, las ideas pueden moldearse a partir de lo que el cuerpo percibe y a partir de lo que experimenta ante la hoja en blanco o, mejor dicho, ante un espacio en blanco en general. La aproximación al texto y a sus resultados finales es física y sensible, por completo manipulable. Es interesante descubrir y entender las posibilidades que nos da elegir tal o cual herramienta, en este caso pluma, máquina o computadora, y en casos particulares, la pantalla táctil de cualquier dispositivo electrónico.

Si pensamos en la influencia de la velocidad (de pensamiento, de sensaciones), escribir a mano supondría que uno tiene el tiempo de ser un “artesano”, un calígrafo, de paladear cada una de las palabras al trazarlas en la hoja, irlas tejiendo de cerca, con el elemento enigmático de no saber muy bien en dónde terminarán. Las palabras se hilvanan, el pensamiento puede ir despacio y tantear el terreno. En el texto a mano la borradura permanece, es necesaria, indica la naturalidad del paso en falso, de la presencia del error innegable o la incertidumbre y a su vez, de la corrección. Tachar una palabra u oración para sustituirla por otra es signo de una reafirmación, de haber encontrado de pronto, quizá, una mayor certeza. Escribir a mano hace un paisaje de manchas.

Escribir a computadora supondría tener casi en la punta de la lengua todo aquello que habrá de decirse, la velocidad es aliada y hay que plasmar rápido las ideas que reverberan como en una olla exprés y que no pueden contenerse más, a riesgo de que se nos desvanezcan. El tecleo es velocidad, casi urgencia en el quirófano blanco. Una a una esas palabras aparecen casi como una versión definitiva de lo que serán. No hay evidencia de los equívocos o tropezones, todo se mantiene pulcro y ordenado en el brillo aséptico de la pantalla, nada está fuera de lugar o al menos es lo que aparenta. La imagen del paisaje sinuoso no existe porque todo está bajo control: las ideas, la templanza y el texto volviéndose cada vez más definitivo. Pero también aparece una vertiente importante en la escritura a computadora: gracias a ella se puede incursionar en el terreno de la escritura electrónica, escritura expandida, de programación y de código. Si de pronto surge el interés de construir un texto a partir de la programación, la computadora será imprescindible. Escritura de codificación y/o decodificación por medios electrónicos. Lenguaje intervenido. La posibilidad de manipular sus formas desde, digamos, su código genético.

Cada herramienta posee (y otorga) su ritmo de trabajo así como cada texto requiere su propio proceso de construcción. Velocidad o calma, claridad o experimentación, quirófano o paisaje de manchas. La escritura a mano vuelve a lo primitivo y la escritura a computadora responde a las necesidades de la inmediatez. ¿Qué pasa entonces con la escritura a máquina? Tal vez podríamos ubicarla en un punto intermedio entre lo análogo y lo digital: lo mecánico. La máquina de escribir es ese punto de convergencia. Los errores (eso que vuelve al texto orgánico) son más evidentes en ella: el brochazo del corrector o la superposición de caracteres en un manchón negro. La tinta (tanto de pluma como de máquina) es importante porque hace mancha, y la mancha es presencia y sombra; la impresión del paisaje es inmediata y tangible, el texto (su cuerpo) podría no pasar por una versión preliminar. También es notoria la mediana velocidad del tecleo pero sobre todo, el sonido que la máquina produce al escribir. Su existencia quiere hacerse completamente evidente. Escribir con ella es exhibición porque todos escuchan el sonido inconfundible de alguien que teclea. Gran parte del poder y glamour de las máquinas de escribir reside en su sonido. La máquina es materialización inmediata y casi finalizada de la escritura.

¿Por qué es interesante pensar en estas diferencias? Porque es posible que al conocerlas podamos manipular de antemano el texto: comenzar a encaminarlo desde el momento en que elegimos la herramienta a sabiendas de los resultados que podría ofrecernos. La escritura está llena de síntomas y sensaciones a las que responde; así, la escritura también está rodeada de herramientas para ejercerla, incitarla y complementarla. Podemos comenzar a dirigir el texto incluso antes de comenzar a escribirlo gracias a la correcta elección de una pluma, una máquina o una computadora; tomar cierta ventaja. El texto pide un soporte específico para manifestarse, de la misma manera que una idea pide un tipo de texto específico para salir al mundo.

lunes, 10 de julio de 2017

Pirusho

María tenía un gato que se llamaba Pirusho.
María gastaba horas enteras acariciándolo y mimándolo.
Pirusho era feliz.
Pirusho tenía manchas blancas en la cola; María adoraba con fervor esas manchitas. 
Pirusho bebía leche con galletas remojadas a las cinco de la tarde.
María y Pirusho eran la pareja ideal.
María tenía siete años, Pirusho diez.
El regazo de María era lo mejor para dormir la siesta, pensaba Pirusho; los ojos de Pirusho eran los mejores para ver la noche, explicaba María a su madre.
Todo era alegría: largos paseos en los jardines de la casa, juegos con estambre hurtado del ropero, canciones inventadas al mirar pasar el tiempo en la ventana.
Todo era alegría hasta que un día Pirusho amaneció muy triste.
María dio aviso a la familia para después tranquilizarse con la idea de alguna bola inofensiva de pelambre. “Es un gato y eso pasa con los gatos”, pensó, acomodándose a Pirusho entre los brazos.

– Pirusho, Pirusho, Pirusho… – canturreaba para animar al gato, pero él seguía muy cabizbajo y ronroneando quedamente.

– Pirusho, Pirusho, Pirusho… 

María lo alentaba a mejorarse, a toser la inoportuna bola, pero Pirusho no lo hacía, ni siquiera lo intentaba. Pirusho a veces era necio, aunque tal vez la suposición era incorrecta y no había indicios de pelaje en su garganta.

– Pirusho, Pirusho… ¿por qué estás temblando? – y Pirusho se agitaba y ronroneaba con angustia. 

– ¡Pirusho! Dime qué tienes, dime qué te pasa. ¡Pirusho! Dime qué…

Pirusho explotó.

Sí, Pirusho explotó como explotaría un melón o una sandía si esa fuera condición de los melones o sandías, aunque un gato explotando es quizá poco agradable. Pirusho estalló como bomba, explotó como globo, voló como un héroe, de repente, sin motivo, sin mesura. Pirusho explotó tan fuerte y con tanta violencia que el vecino asustado acudió empuñando su extintor de incendios creyendo que un estruendo así sólo podía ser precedido por el fuego. Pirusho, o lo que había sido, manchó el piso, el techo y las paredes. María resultó ilesa aunque bastante sucia y aturdida porque, en un gesto de buena voluntad, Pirusho alcanzó a brincar lejos de ella segundos antes de su acto.
María se consternó,
también sus padres,
también el vecino,
también los del departamento de limpieza y sanidad.
Pero también María, a su corta edad, dedujo que la vida a veces puede terminar de forma adusta y repentina, que las leyes de la muerte no aplican de igual modo para siempre y que sería una buena idea proceder más prevenidos y con ojos más abiertos; o que tal vez la muerte simplemente se cansó del mismo método y quiso aprovechar el derecho que tiene todo dios de hacer volar las cosas una vez cada mil años.
María, resignada, respiró profundo.
A los tres días, María consiguió un perro aún más hermoso.

lunes, 3 de julio de 2017

Graffiti

“Cuando sea grande quiero ser graffitero muralista”, es lo primero que pienso cada vez que paso frente a alguna barda o fachada con un inmenso graffiti mural y me dan unas ganas enormes de, al menos en una ocasión, colgarme de arneses para trazar con aerosoles mi hipotético mejor diseño sobre los muros de un edificio, sin embargo, la realidad es que estoy lejísimos de ese escenario y me da mucha envidia, aunque de la buena, claro.

Una de las cosas que más disfruto es caminar sin prisa, sin sentir ansiedad a pesar de que muchas veces la adrenalina sea buen combustible para las caminatas. Al caminar con prisa cualquier observación pasa por alto; la prisa podrá ser la energía de la caminata pero no de la contemplación, y ha sido precisamente por no tenerla que en los últimos días he (re)descubierto decenas de paredes intervenidas con murales y graffitis increíbles, monumentales; graffitis que son una manera directa de incidir en el paisaje y en la gente que lo mira. Entonces pienso en la mancha de la escritura que sucede en la modesta página de un libro, en esa breve superficie, y la contrapongo con la imagen despampanante de un graffiti dando a la avenida y atrayendo reacciones como un imán de color; son cosas muy distintas pero ambas pertenecen al abanico expresivo y se siente un deseo de aproximarse a esa dimensión de impacto en el entorno que, en sentido estricto, es el mundo tangible. La intervención, modificación y apropiación de espacios son conceptos que me interesan por su capacidad inmediata de convertir la cotidianidad en algo manipulable y libre de reinterpretar. El espectro es amplísimo. En el caso de los graffitis, prefiero los que interactúan con texturas y elementos ya existentes para completarse, por ejemplo, usando imperfecciones de la pared, postes, ventanas, curvas e inclinaciones, rompiendo el orden y la gama cromática establecida. Ojalá un libro también pudiera hacer eso, expandirse y plasmarse sobre una pared como si hubiera estallado para cambiarle la cara a una barda solemne, perdida en su escala de grises.

Cuando veo un gran espacio abierto en medio de la ciudad como un parque, un estacionamiento o un lote baldío, siento que se abre un hueco entre lo que es la ciudad y lo que creo que es la ciudad. Significa que es fácil romper la planeación urbana con el simple hecho de enfrentarse a un terreno de buen tamaño. En especial, me gustan los estacionamientos públicos para este fenómeno, sobre todo, cuando sus paredes están intervenidas con murales. Al ir caminando por el laberinto de calles y que de pronto aparezca un sitio por el cual puede verse una porción de cielo, no sólo el espacio se abre sino también la posibilidad de concebir a la ciudad cerrada como un concepto flexible. Basta con que pasen el aire y la luz y aparezca un graffiti para romper el peso de las estructuras. Estos espacios abiertos, intervenidos, fuera de la cotidianidad, son literalmente un respiro. El graffiti mural da un vuelco en el paisaje, paréntesis de sorpresa y admiración. Una ciudad no se fundamenta por sus autos ni calles ni edificios, sino por sus habitantes, sus paseantes, sus espacios que todavía son casi campo y por la interacción de todo este conjunto de elementos. Disfruto quedarme un buen rato observando esas porciones de espacio, muros cubiertos de aerosol, porque me hacen pensar que la imagen concreta de ciudad, de mi contexto rutinario, sigue siendo muy cuestionable.

lunes, 26 de junio de 2017

Apuntes sobre la música

La música es algo de primera necesidad para mí. Me es muy difícil tener periodos largos sin música durante el día. Las veces en que llego a olvidar mis audífonos o se me acaba la batería o me quedo sin datos o conexión a Internet me siento ansioso y vulnerable, como si me faltaran medicamentos, una dosis de insulina, un anticonvulsivo, un inhalador para el asma o cualquier otra sustancia vital. Sin música viene el extravío. Incluso a veces no puedo detenerme y llego tarde a las citas por quedarme escuchando “la última canción” que al final terminan siendo cuatro o cinco o seis. No hay viaje ni trayecto sin música. Escucharla me permite ordenar mis pensamientos y comprenderlos gradualmente. Gracias a ella puedo ver imágenes, soñar despierto, emocionarme. La música estabiliza la presión arterial, sincroniza los ritmos del cuerpo: respiración, latidos, flujos, movimiento. La música, en general para cualquier adicto a ella como yo, se toca sobre el pentagrama nervioso.

Alguna vez leí en algún sitio que escuchamos música para regular nuestros estados de ánimo. Esa revelación me hizo ver a la música como un vehículo de sanación por todos los ángulos. Pienso que muchos conflictos personales parten de una desestabilización de los estados anímicos y es ésta la que muchas veces, dependiendo su intensidad, puede extenderse hasta el terreno social propiciando conflictos sociales. Entonces, la música también podría ser una medicina social. Creo que no es tan descabellado pensar que la música va a salvarnos a todos. Sin ella ya nos habríamos aniquilado por completo.

La música equilibra, es un instrumento de manipulación y de trance. Cuando las cosas giran (bailan) en torno a ella nada puede salir mal o al menos el mal no se sentirá tan grande. La música es espora, hay que confiar en su poder propagatorio, viral en muchísimos instantes. La construcción musical es algo afortunado, es sintonía y sincronía: un sonido que antes no estaba junto a otro junto a otro junto a otro. Paisajes sonoros que se entretejen con el ánimo. También por eso, los músicos son personas poderosísimas.

A veces el acto de recordar algo es mucho más vívido que otras. A veces los recuerdos traen consigo estados de ánimo y eso es a lo más que puede aspirar un recuerdo: llamar a la fibra de la experiencia. La música es una de las herramientas más efectivas para hacerlo, por eso resulta práctico estar rodeado de ella ya que así se pueden empatar las experiencias con un respectivo soundtrack generado poco a poco, conforme pasan el tiempo, los eventos y las canciones. El recuerdo se transforma en sombra pero no en su acepción nebulosa sino en la forma de silueta. El tiempo pasado se materializa como un cuerpo y al cerrar los ojos casi puede sentirse su plena presencia. La música es una máquina del tiempo. De pronto el recuerdo ya está ahí instalándose con toda su atmósfera de ánimos. Llegan como olas inesperadas y también a veces, muchas veces, pueden ser incómodos: es una lástima cuando se deben dejar de escuchar buenas canciones con tal de evitar evocaciones tristes o desgraciadas.

La vida se puede medir en soundtracks. Cada escena cotidiana puede acompañarse de música y cuando eso ocurre las experiencias se empalman, crean un nuevo nivel en la memoria que aglutinará evento y sonido en un sólo recuerdo. Es decir que después una canción evocará momentos específicos. Cuando hay muchos momentos significativos en la vida de alguien que tuvieron música cerca, se habrá creado un soundtrack identificable y manipulable. El soundtrack es una forma de medir la historia y de consolidarla.

Al rememorar el pasado no sólo se tiene constancia de lo vivido, también pueden repasarse eventos que marcaron etapas y que son un pilar en la construcción de nuestras identidades. Quien ha podido medir su vida en soundtracks tiene una oportunidad de dejarse constancia, de reconocer su pasado emotivo y permitir a la música ser un catalizador de su historia, una extensión etérea de su cuerpo sensible.

lunes, 19 de junio de 2017

Sueños V

Lado A

Mi padre está vivo, pero sigue en el hospital. El hospital parece más una prisión y los médicos son militares con batas blancas, hostiles y armados. Cientos de máquinas y medidores cardíacos rodean las camas de las habitaciones; los pulsos arrítmicos y electrónicos de esos aparatos son lo único que puede escucharse, además de algunos lamentos moribundos. Mi padre ya se ve saludable y quiere salir de ahí desesperadamente pero se lo prohíben. Nos pide ayuda a toda la familia y organiza un plan que traza en pedazos de papel y servilletas que oculta entre las sábanas de la vista de los médicos militares. El plan incluye robar una llave para conseguir uniformes y credenciales de acceso para que todos pasemos desapercibidos. Somos más de 30 personas intentando liberar a mi padre que nos comanda mediante un radio desde su habitación. La operación encubierta se desarrolla en la noche; entramos sigilosos al almacén de uniformes y nos cambiamos de ropa; completamos nuestro arsenal con linternas, radios, cuerdas y baterías de emergencia para celulares. Los pasillos del hospital son inmensos y se bifurcan cada tantos metros. Somos 30 personas que poco a poco se dividen en pequeños grupos según las instrucciones del plan hasta que abarcamos las instalaciones. Yo voy en el primer grupo con mi madre, mi primo J y alguien que no alcanzo a reconocer. Llegamos a la habitación de mi padre que nos espera haciéndose el dormido porque, al parecer, ya todo el personal se ha dado cuenta de la operación y las cámaras están vigilando. Desconectamos sin dolor todas sus sondas, su electrocardiograma, su oxígeno, sus sueros: son decenas de cables. Él se ve mejor que nunca pero también está nervioso, pues falta el trayecto a la salida. Decidimos que sea mi primo J quien lo escolte hasta allá mientras mi madre y yo permanecemos en la habitación para hacer frente a cualquier médico hostil; la otra persona que nos acompaña ha desaparecido. Se escucha agitación dentro del hospital, sirenas, gritos, quizá algunas detonaciones, han cortado la luz y mi madre y yo estamos tras la puerta dispuestos a todo. Constantemente nos monitoreamos por los radios y algunos minutos después J se comunica diciendo que mi padre ha logrado salir, que está justo bajo la ventana de la habitación y que necesito arrojarle por ella su ropa y una maleta. Me da tanta emoción que no lo pienso y prefiero aventarme con todo y cosas a pesar de que estamos a más de 10 pisos de altura, en una noche cerrada. La caída no produce vértigo ni duele. Ya de frente a mi padre le doy la maleta y la ropa (él aún sigue casi desnudo, sólo con una bata minúscula) y noto que estamos rodeados de árboles. Por el radio me llegan sonidos violentos del hospital y se alcanzan a ver a la distancia las luces de las patrullas. Le pregunto que qué hará y me dice que por unos días deberá esconderse lejos hasta que dejen de buscarlo y que después llegará a casa. En el bolsillo traigo un GPS y se lo entrego para que sea más fácil encontrar el camino pero cuando lo miramos, descubrimos que la pantalla está inservible y nos reímos aunque yo estoy preocupado. Miro su rostro, tiene menos cabello, menos arrugas y parece que no es él, pero sí es él. Me da las gracias y se interna en un sendero entre los arbustos. Por un momento que siento infinito todo se queda en silencio hasta que una abrupta interferencia en la radio me hace despertar.

Lado B

Mi padre está vivo y encontró el camino de vuelta a casa.

Ojalá esto no fuera un sueño.

lunes, 12 de junio de 2017

De la libreta sobre la libreta

1)

De pronto, por diversas circunstancias, comencé a llenarme de libretas que me han regalado o que he conseguido. Ahora tengo algunas de características muy diferentes, sus tamaños y texturas varían pero todas comparten el elemento que más valoro: hojas blancas, sin guía o delimitación. La anatomía de una libreta indirectamente condiciona la forma en que escribiremos en ella; por lo general, el tamaño podría sugerir una prosa fluida o versificaciones cortadas, dependiendo de las palabras que se ajusten por línea; la firmeza y superficie de la pasta podría sugerirnos una libreta de uso rudo, para llevar en la mochila a donde sea, a prueba de todo, o una hogareña que habrá de esperar sobre la mesa de centro o junto a la cama; el hecho de que quepa en el bolsillo del pantalón también dirá mucho de lo que podría contener debido a su velocidad de reacción, de "desenvaine", de ser "la libreta más rápida del oeste", bitácora.

La manera en que una libreta llega a nosotros da pistas de lo que podrá ofrecernos: si vamos al centro comercial para comprarla, sin duda escogeríamos aquella que se ajusta a nuestras necesidades, su objetivo está casi previsto y planeado; recibirla de obsequio incluye siempre el mensaje implícito de “ponte a escribir” o “sigue escribiendo” y no sé cómo pueda agradecerse tal depósito de confianza; y encontrarse una libreta nueva sería de lo más extraño pero si ocurre, sólo por hacer justicia al buen karma habríamos de llenarla de inmediato con lo primero que nos venga a la mente. Después de estos datos curiosos, es obvio que mi fetichismo por ellas es de magnitudes considerables.

2)

La lluvia intensa de esta semana (aunada a mi descuido de dejar ventanas abiertas) hizo que una de mis libretas se mojara. Al principio me escandalicé pero después de pensarlo (y tratar de darme un resignado consuelo) noté que eso le dio cierta naturalidad y desenfado a lo que estaba escrito: lo aterrizó en la realidad pura y concreta lejos del mundo impoluto de las ideas. La tinta se corrió hacia las esquinas y algunas líneas desaparecieron y eso me hizo pensar en la vulnerabilidad e impermanencia de las cosas, pero sobre todo, de las palabras que se jactan de trascender en el tiempo. ¿Realmente lo hacen? El hecho de que esos textos corrieran el riesgo de desaparecer les quitó un peso innecesario y vanidoso que muchas veces, sin notarlo, me acartonaba. Así, saber que nada permanece y que incluso la preocupación y el dolor también pueden irse, como todo en la vida, es una gran esperanza.

Después del incidente garabateo en ella con más tranquilidad y creo que de una manera más libre. El efecto de las hojas arrugadas está en un punto intermedio entre la piel y la madera, materia orgánica, y hace notar que por ahí también pasa el tiempo y que la escritura no está encapsulada, sino al contrario, inmersa en una profunda e impredecible vitalidad. Eso rectifica que la escritura es real y así como interpreta y modifica al mundo, éste también puede hacerlo con ella. El texto se lee y se deslava; el recipiente en que mejor puede conservarse y perdurar es en el cuerpo y la memoria hasta que eventualmente se extingan; la "amenaza" de su finitud me hizo verlo menos avasallante, con mayor espacio de respiración. Evidenciar la fragilidad de los objetos es el camino más inmediato para reubicarnos en el mundo material y reconocer que, junto con ellos, pertenecemos a la misma escala de valores mortales. En un plano estrictamente existencial, quizá nada es superior a nada, ni siquiera el dolor.

lunes, 5 de junio de 2017

Domingos de cine

El domingo es el peor día para estar solo. En domingo nada sucede. Los domingos el silencio es un enjambre de abejas, la calma no es calma, es pausa, realidad detenida en un salto forzado. Descansar en domingo muchas veces no es descansar, es aburrirse y sólo puede descansarse cuando se comparte la cama. Se edifican las murallas en domingo. Todo se aletarga, es el punto y aparte de los días, el salto de párrafo, el limbo en la narrativa semanal, el momento de duda, de mordisquear el lápiz. Tomar siestas en domingo es sumirse en una dimensión repetitiva. La realidad se confunde con el sueño y la somnolencia se traslada a nuevos puntos de la tarde. Tomar una siesta en domingo es filtrar el cansancio por una gotera del sueño. En el fondo de los lagos es domingo siempre. Todas las fotografías en sepia son domingos. Si alguien muere en domingo nos enteramos hasta el lunes. Pero eso sí, y de esto no hay duda, el domingo es el mejor día para ir al cine en solitario o mirar una película de Netflix acompañados en casa.

Ver películas en casa y en pareja es un acto de comunión donde la comunicación ocurre al mirar la pantalla a sabiendas de que el otro ve lo mismo y por lo tanto hay conexión. Si alguno de los dos se levanta sin aviso e interrumpe esa atmósfera de intuiciones sería algo irresponsable; obviamente se puede poner pausa y no hay problema pero si de pronto la otra persona pide que continuemos sin ella entonces todo cambia, se evidencia que también sería capaz de continuar sin nosotros. En las salas de cine esto no es así, su intención es hacer comunidad a pesar de la cierta privacidad con que se ven ciertas películas. Antes de trasladarse a los hogares, el cine siempre fue comunitario, proyectado en una sala llena de gente que se acompañaba mas no se interfería. El espectador junto a nosotros disfruta con lo mismo y entonces hay complicidad. El que nos deja viendo la película solos rechaza ser nuestro cómplice.

Por otra parte, ver una película en soledad es más parecido a leer un libro: se empieza y se termina a solas como un trance personal. El cine es el lugar donde se unen las coyunturas del tiempo. El cine puede reparar la soledad. El cine es un lugar para estar en silencio y comer palomitas; un lugar para aislarse momentáneamente en el anonimato: pequeño espacio desde donde se es testigo, vouyerista, crítico de sobremesa y hasta fisgón. Después de terminada la película uno regresa a la descarnada realidad. Con el encendido de las luces la ilusión desaparece. El lobby de los cines podría ser más amable con esa transición, estar a media luz e irse iluminando gradualmente conforme uno se aproxima a la salida, disimular el afuera donde los sonidos se vayan insertando con suavidad para no reintroducirnos tan de tajo en el mundo, pero no es así. En el lobby ya está previsto todo el caos de las filas, de los videojuegos y de las compras apresuradas. En los domingos de cine se juntan dos saltos temporales para intentar alzar un puente. Dos dimensiones separadas por una membrana de proyección, una pantalla.

lunes, 29 de mayo de 2017

Había una vez un marzo

Comienza algo y nadie sabe lo que pasará después. Nos estamos traduciendo, interpretando, indagando en lo que queremos decir. Ella es hoy. La miro y mi respiración tiembla. Las palabras se esconden en el fondo de mi pecho, son aliento entrecortado. Hay cosas que no puedo expresar. Nadie sospecha lo que habrá de venir. El encuentro sucedió contra todo pronóstico y el futuro quedó inmediatamente sembrado. Estamos aquí, pasó lo que tenía que pasar. Ella está abriéndose paso. Está besando y mordiendo mi corazón. Va a llevarme a algún lugar que no conozco y yo también me estoy abriendo paso en ella. Me está probando.      Es mi reto.      La explosión hirviente de mi sangre.      El colapso de espinas.      Es mi agitación a medianoche.      Es mi corazón taladro.      Ella es la sombra en la ventana.      El ladrido de los perros.      Es mi brújula imperfecta.      Es mi ubicación en el vórtice mortal de la galaxia.         Es la música que se me clava en las arterias.         Es un tajo de mis nervios.         Es el ramo marchito de mis nervios.         Es mi convulsión, mi suerte.         Estoy por reventar como una bomba de entrañas.         Es mi Chernobyl.         Mis ganas de romper el mundo.         Es mi bala perdida y encontrada.         Mi hélice de flores.           Ella es mi salvación y mi cuerda floja.           Es mi espasmo y mi mareo y mi anestesia.           Es mi fuerza y mi desmayo.           Es mi prueba.           Es mi examen de agonía.           Ella es tan volátil.           A veces quiero desaparecer y otras veces quiero que me abrace y que me asfixie de una vez por todas.           Para siempre.           Muy fácil puedo cerrar los ojos y dejar de ver el camino.                Ella es mi luz cuando lo he necesitado.                Es mi susurro para elegir el túnel porque también ella es mi acantilado.                 En estos espirales de hielo, ella es mi sustento y mi calor.                Siento pequeñas texturas que no tenía idea de que existían.                Tiemblo un poco en soledad.                La única claridad está en que no quisiera desplomarme.                Ya voy demasiado alto, peligrosamente alto.                Me va a soltar.                Voy a caer.

lunes, 15 de mayo de 2017

La importancia del suelo

El mejor lugar del mundo para estar es tirado en el suelo_

Tierra firme, anclaje, entrega a la fuerza de gravedad_

El mejor lugar es el suelo, posiblemente acolchado como el pasto o alguna alfombra en una planta baja, en donde puedan adoptarse todas las posiciones_

Estancia terrestre_

La mejor posición, en definitiva, es la de espaldas: la posición más natural que no exige nada más que respirar, y llegado un específico momento, ni siquiera eso_

Todas las fuerzas se disipan y no hay sino descanso_

Se sueltan los tensores del cuerpo_

Estar de espaldas es la mejor forma de ceder ante la presión, es entregarse de una vez por todas a la realidad inminente_

Tirarse a mirar las nubes o el techo o el espacio vastísimo_

No hay mejor manera de equilibrarse_

Todo lo que se necesita es la posición horizontal acompañada, quizá, de música y de muchos intervalos de silencio_

“Hacer tierra” como si se transmitiera cualquier pulso de electricidad_

Dejar que el magnetismo gigante del planeta nos atrape de una buena vez_

La espalda es nuestra extensión más amplia y si está en total contacto con el suelo se vuelve una extensión de la tierra y así nos diluimos_

somos menos parte de nosotros y más de todo el resto del mundo.

lunes, 8 de mayo de 2017

El asunto de la publicación

La escritura, el mero acto de escribir, desde su núcleo, es muy independiente al acto de publicar. No se escribe para publicar, más bien (y si acaso), en algún momento se podría publicar lo que se escribe, pero sin considerarlo una prioridad. Sin embargo, cuando pensamos conscientemente en el circuito de transmisión del que forma parte el lenguaje escrito, el acto de publicar adquiere otra tesitura, se vuelve un eslabón necesario del acto creativo, gana un peso propio y una intención definida: lograr la comunicación. Es así como se continúa el ciclo que inicia con el detonador de la idea: pensar, escribir, editar, publicar, leer, pensar, escribir, editar, publicar, leer... y así al infinito. Editar sucede al acto de escribir. Editar es reescribir. La edición es mirar con los mismos ojos como si se tratara de otros. Es el juego de la escritura: la posibilidad de reconstruir a través de distintas miradas. La escritura se compone de muchos ‘re’: rescribir, replantear, reconstruir, reflexionar, reconsiderar. Editar para luego publicar; publicar para “quitarse de encima” (en el buen sentido) el peso de lo terminado y así pasar a lo demás. Tener espacios de aire y respiración sin un acumulamiento de palabras silentes en la carpeta.

Tengo un libro de poemas atascado en el tiempo. Hace más de un año de su punto final, más de un año intentando publicarlo pero nada sucede todavía. No es un asunto de prisa, no “se me cuecen las habas”, sino que es una respuesta muy sintomática (como toda escritura) a la necesidad de continuar un flujo (personal, si se quiere) de transmisión sin demasiadas interferencias. ¿Qué hacer para quitar las telarañas de la ausencia de movimiento? El estancamiento genera ruido mental, como un constante golpeteo o nebulosa o agua que se enmohece. Esas texturas impiden la concentración. No soy de los que tolera demasiado tiempo la escritura acumulativa. Hay quien de hecho hasta la prefiere por ver en ella una especie de incubadora, pieza indispensable del quehacer creativo, como si permitiera que los textos se amalgamaran en el tiempo formando un campo de cultivo fértil. Y qué bueno, pero eso no funciona para mí. Mis sensaciones son de atrofia, empolvamiento, oxidación. Los textos necesitan el aire de afuera para mantenerse activos e intentar su vigencia, situarse en su propio contexto. Poner un punto final es un banderazo de salida y (otra vez en el mejor sentido) el pie para olvidarse de ellos y dejar espacio a lo demás. Publicar en este blog es también una pequeña válvula de escape para no colapsar.

Veo a la escritura como un movimiento continuo. Como el flujo comunicante que por sí misma ya es. De ahí la necesidad de que no permanezca mucho en la tibieza de los puntos intermedios. Alguna vez le dije a un amigo: “que nadie me diga que sacrifique la escritura si no quiere sacrificar su nariz”. No son pocas las veces que alguien me ha sugerido dedicar menos tiempo a escribir e intentar publicar y mejor dedicarle más tiempo a algo sensato, como por ejemplo, ganar dinero. Cada vez que escucho eso prefiero quedarme callado antes que alterarme, aunque tampoco es mi obligación abogar a favor la escritura. La escritura se defiende sola. Incluso la escritura defiende. Vulnera y defiende, oscila entre ambos terrenos. La escritura me sacrifica antes de que yo la sacrifique. De hecho sé que ya me está sacrificando y pruebas hay muchas pero creo que escribir también es una manera de estar abierto en carne viva, situado más sensiblemente en el mundo.

Ojalá algo desatascara de pronto a ese libro de poemas ;)