lunes, 24 de abril de 2017

Sueños IV

(Preámbulo)

Debo decir
que no estoy durmiendo.
Estoy despierto
y de pie
y caminando
entre las luces
del bar.

Lado A

Soy un pez. Un pez humanoide, antropomorfo. Pero no cualquier pez porque al parecer estoy hecho completamente de mantequilla, o de una pasta suave que luce y huele a mantequilla. Mis escamas son lentejuelas plateadas y azules como de un traje. El brillo de esas escamas me perturba. Avanzo por un mar que no es un mar porque no estoy nadando. Trato de quitar con la palma de mis manos todas las escamas; son molestas, arden y deslumbran demasiado pero cada vez que arranco algunas, vuelven a surgir multiplicadas en mi piel. Comienzo a desesperarme. No quiero tener escamas ni ser un pez ni estar atrapado debajo de este mar espeso que me aterra, cegado incluso por los despuntes de luz que refleja mi cuerpo. Me siento vulnerable y no sé cómo fortalecer lo que en mí parece derretirse. Todo yo soy una figura incómoda, reblandecida por el calor de mi nerviosismo. De pronto, manos externas e invisibles me ayudan a remover mis escamas: descamarme. Las siento limpiándome en sincronía. Después, son esas mismas manos las que, una vez que me han quitado todo, me acuestan sobre una tabla gigante de madera y me llevan detrás de una vitrina: soy un pez recién pescado, listo para ser vendido en alguna pescadería de pueblo.

Lado B

Mi pecho es uno de los tantos canales de Venecia. Está completamente abierto y por todo lo largo el agua fluye. Permanezco horizontal porque de otra forma me desbordaría y correría el riesgo de vaciarme y no quiero quedarme sin agua, así que estoy quieto, viendo pasar algunas góndolas por mi pecho cuando bajo un poco la barbilla. Todo mi cuello y parte de mi barbilla es un puente de piedra, bastante antiguo, que atraviesan las góndolas para perderse de vista y seguir su camino que no sé a dónde lleva. Yo sólo soy un tramo de ese canal y me parece muy bien, muy tranquilizante. En la orilla hay un par de góndolas que no se deciden a entrar. Movidas por una voluntad propia, veo que levitan oscilando entre el agua y el muelle, como titubeando, como si fuera su primera vez de entrar al agua. Yo no puedo hacer nada al respecto, sólo dejarme fluir. De vez en cuando unos pasos cruzan el puente de mi cuello. Apenas puedo ver una parte de todo el panorama, con mis ojos dando al cielo sin nubes. En un momento de distracción siento que por fin las góndolas indecisas entran al agua pero en vez de quedarse en la superficie, se han hundido como submarinos y la sensación que me da es la de haberme tragado un par de cápsulas analgésicas. Carraspeo y hago salpicar un poco de agua.

lunes, 17 de abril de 2017

Cosas para no hacer con dolor de cabeza

despertar y de inmediato
aspirar los fantasmas

    hallarse en el sustrato de la realidad infalible
    cometiendo errores en bloques de sincronía

escribir sobre la vigilia
y las pesadillas clavadas en el vórtice del espejo

    tampoco ser una máquina tibia
    abstracta y abyecta

o cuestionar los caminos que faltan
hasta llegar al caudal nevado del río

    creer en la niebla absoluta
    saboteando relámpagos kamikazes

ni intentar burlar lo indiscutible
evitar lo inevitable

    o tocarse el estómago como buscando zafiros
    ardiendo en los hornos de la respiración

cuestionar los caminos que faltan
y reaccionar como avispas a los encuentros desafortunados

    tampoco desear ver la sombra
    honda en sus niveles de vacío basáltico

o polarizar el consumo de ácidos a escalas agónicas
mientras se baja por una escalera infinita

    nunca corregir un poema
    sobre todo si viaja en olas de electricidad.

lunes, 10 de abril de 2017

Sobre "Historia siniestra" de Alberto Chimal

No cabe duda de que coexistimos con una realidad siniestra, por no decir devastadora y desolada. Incluso en los pequeños detalles de la cotidianidad más rutinaria se encuentra el salitre inquietante que atenta contra la tranquilidad. Horas plagadas de parásitos invisibles, de horror y desesperanza. Historia siniestra de Alberto Chimal es una caja de Petri donde se evidencian esas manchas que incitan a interiorizar la tragedia, a tener una conciencia cada vez más pronunciada del fin del mundo a partir de las microscópicas pulsiones que nos asedian cada día.

La primera de sus dos partes, “Ciudad X”, consta de cien escenas mínimas y fragmentadas, como detonadores o catalizadores del Apocalipsis. Cien escenas ordenadas en una cuenta regresiva que eriza la atención y nos dirige en picada hacia un terrible desenlace. Escenas muchas veces fantasmales y carentes de explicación, a la usanza paranormal, que juegan con la perplejidad del lector y lo hacen dudar no sólo de su propia cordura sino de la cordura del mundo. Fragmentos que funcionan como un rompecabezas sombrío que, al terminar de ensamblarse, nos demuestra que el fin del mundo siempre ha estado aquí, detrás de todas las paredes y detrás de las pequeñas tragedias. Cada escena es la muerte de alguna esperanza y el nacimiento de la incertidumbre.

100 personas - mujeres, hombres, viejos y jóvenes - dicen a la vez estas palabras.

99 cuerpos aparecen enterrados en una fosa clandestina.

98 alumnas de un colegio faltaron a su clase de las siete. Las hallan formadas, en posición de firmes, en la Plaza Central.

97 perros callejeros entran en la catedral, caminan por un pasillo lateral, salen sin que nadie atine a detenerlos.

96 legisladores miran a un compañero, dormido en un asiento de la asamblea. Se retuerce. Un hilo de saliva le cae de la boca.

95, escribe una vidente, que no sabe que lo es y cree ser sólo una secretaria, atorada de por vida en un trabajo de mierda.

94 figurillas de piedra exhibidas en el Museo de Antropología amanecen hechas polvo en sus vitrinas cerradas.

[...]

El fin del mundo puede ser eso, la destrucción de las certezas y el reinado amenazante de los enigmas. Cien imágenes que suceden una a una como latidos enfermos que desembocan en infarto inevitable. La propuesta es más bien desoladora, sin los cataclismos propios del cliché apocalíptico. La característica de estas catástrofes es magnética, como si se estuviera ante titulares de periódicos de nota roja que aluden a la sensibilidad y, por qué no decirlo, al morbo. Alberto Chimal deja claro que la representación de la fatalidad tiene infinitas caras al combinar tragedias generales y particulares que, a fin de cuentas, son lo que el día a día nos da a cada uno de nosotros.

La segunda parte, “Día común”, es una bitácora de hallazgos, de historias accidentales. Una serie de fotografías tomadas por el propio autor a las que incluye un texto brevísimo que hace la diferencia entre lo que se ve y lo que está vedado tras bambalinas. Ese punto indeterminado es el elemento perfecto para crear la historia de cada fotografía donde lo funesto y terrible tiene el protagonismo. Aquí se encuentra lo siniestro de cada situación por más inofensiva que parezca. La vida siempre esconde un lado macabro, a la vista de todos pero que pocos ven. El ojo fatídico de Alberto Chimal encuentra esos hilos ya no negros, sino sangrientos. Leyendo lentamente esta segunda parte se me ocurre el término “conspiración asistida”, que definiría al acto de suponer o buscar la peor versión de las cosas a partir de un referente concreto (en este caso una fotografía), por pequeño que sea.

Tanto la paranoia como las conspiraciones son altamente creativas, alimentadas por una intensa imaginación, y ante todo la imaginación es el lubricante de Historia siniestra. Todos los cuadros podrían pertenecer a una cotidianidad hasta cierto punto serena, sin embargo, con la inserción de los brevísimos textos, las imágenes adquieren un rostro que las torna monstruosas; eso nos hace pensar que no todo es lo que parece, que puede ser mucho peor y que quizá definitivamente lo es. Cualquier historia tiene una historia siniestra paralela, una segunda sangre; aquí la postura funesta de Alberto Chimal, provocada por las verdaderas tragedias universales, daría pie a cuestionarnos si no será que casi siempre somos demasiado optimistas.

Título: Historia siniestra
Autor: Alberto Chimal
Editorial: Cuadrivio, México, 2015.

lunes, 3 de abril de 2017

El primer recuento de los daños

Hace poco más de medio año comencé con este proyecto de publicación semanal. Seis meses con todo tipo de anécdotas y experimentos textuales, algunos con más fortuna que otros pero todos exigiendo el mismo nivel de disciplina que, para ser honesto, en muchas ocasiones me ha hecho sufrir y querer replantearme el proceso entero de la escritura. La verdad no creí que esta dinámica fuera a durar mucho; al principio pensaba que en cualquier momento podría encontrar una excusa para abandonarla. Sin embargo, hasta ahora (a excepción de una honrosa vez), no ha habido un sólo lunes vacío. Aún no tengo muy claro qué sucederá al final con todo esto pero mis intenciones actuales son, al menos, llegar al año completo y quizá después hacer una recopilación de lo que más me agrade o de lo que tenga más clicks. Quién sabe.

Es un gusto ver la circulación de los textos, sobre todo porque muchos son meras anotaciones del día a día que apenas proponen un tema, si bien les va, de conversación cafetera. Decidí poner una pequeña lista que indica las 5 entradas con más visitas en estos seis meses, justo acá en la barra lateral del blog----->. Elementos así pueden ser como una brújula o como un indicador de eso que tiene más posibilidad de hacer eco. Siempre estoy agradecido con aquellos que se intrigan y leen.

Ahora hago un breve recuento por algunas entradas con el objetivo de recordar y también para intentar llevarlas un poco a la superficie después de haber sido parcialmente “enterradas” por la suma natural de los lunes. Para verlas basta picarle a las letras en rojo.

Han surgido varias anécdotas desde septiembre del 2016, unas muy entrañables, como aquella especie de crónica que escribí al volver del festival más impresionante al que he ido hasta ahora: el Burning Man. Siete días de campamento a la mitad del desierto de Nevada, con las provisiones exactas para sobrevivir junto a más de 70,000 personas de todo el mundo, rodeado de música, fuego, tormentas de arena, luces de neón y monumentales instalaciones de arte. Sin duda una experiencia que no olvidaré nunca;

o aquella vez en que narré mi primer episodio de crisis de angustia adolescente, desencadenado por un trastorno de ansiedad recién descubierto y donde casi me fui volando por los cables cruzados de la realidad, una madrugada cualquiera del 2009. Ahora me parece gracioso, pero en serio que no lo fue;

o la vez en que me llevé una libreta de apuntes a Cuba donde intenté hacer un mapa de todo lo que sucedió en esos diez días de goce y disfrute pero que también me hicieron topar de frente con otro contexto social, quizá sencillo de intuir pero no de experimentar, y que me hizo pensar en la idea borrosa y volátil de eso que llamamos identidad latinoamericana;

o la vez en que viajé sólo con una maleta y la poesía completa de Amiri Baraka durante cuatro meses por Estados Unidos para después “construir” un poema híbrido con los versos que más me gustaron y que traduje de manera totalmente libre y alterada a mi conveniencia. En ese viaje tenía muchas cosas que decir y la forma de hacerlo fue a través de un collage de Baraka;

o la vez en que tuve un par de sueños intranquilos (como tantas veces) después de una borrachera y que me hicieron sentir diferentes capas del subconsciente por las que uno transita al momento de cerrar los ojos. Ahí fue donde se me ocurrió el concepto de “La Matrioska del sueño”, interesante y perturbador;

o aquella reciente ocasión en que di mis razones por las que nunca he tenido una cuenta de Facebook ni pienso tenerla, con detalles concisos y hasta cierto punto paranoicos. Semanas después sigo debatiéndome entre la firmeza de mis argumentos y mi evidente debilidad que cada día es seducida por los tentáculos ‘feisbuqueros’ y los canales de abierta comunicación.

En fin, han sido muchas oportunidades de decir alguna cosa sensata y también muchas oportunidades de fallar estrepitosamente. Quisiera estar más cerca de las primeras que de las segundas. Ahora no me queda sino volver a agradecer por la lectura, accidental o planeada, de esta bitácora semanal. Y si por ahí existe alguien que ha esperado con interés todos los lunes, gracias personales, de verdad, de corazón.

lunes, 27 de marzo de 2017

La poesía y los libros de poemas

1)


La poesía es una consecuencia de la locura,

entendiendo a la locura como una pérdida de la cordura,

y la cordura a su vez como las cuerdas que nos sujetan a la normalidad,

a la norma.


Es decir,

la poesía es la consecuencia de una liberación,

de una ruptura de cuerdas.


Las cuerdas que oprimen la sensibilidad.


Las cuerdas que sujetan a la rutina.


La locura rompe esos parámetros,

y aunque la locura no siempre trae consigo poesía,

sí es necesidad de la poesía tener un cuerpo sin cuerdas.


En cualquier tipo de escritura podría procurarse el eje de la poesía.


Que esa la libertad permita el libre paso por todas las páginas.


Que las palabras tengan esa construcción aerodinámica de los dardos poéticos.


2)


Un libro de poemas es una bomba molotov en la mochila,

el incendio latente.


Un libro de poemas no es inofensivo,

es una granada,

es súbito,

es ráfaga.


Un libro de poemas no es caricia ni anestesia,

es hielo o llamarada.


Un libro de poemas es de largo alcance,

de amplio espectro,

de efecto secundario.


Un libro de poemas es incontenible,

llega más allá del papel 

y de la forma del libro.


Cada poema es una espina finísima o una estocada.


Cada poema es brutal y por eso el libro es una embestida de cientos de máquinas de acero.


Un libro de poemas es pozo sin fondo,

abismo,

avería en la realidad,

túnel de espejos.


Un libro de poemas es una caja de herramientas para reconocer la desolación.


Un verdadero libro de poemas quita el sueño,

es una amenaza para la tranquilidad.

lunes, 20 de marzo de 2017

Hoy no hay texto

Hoy no hay texto.

El texto de esta semana se trata (o mejor dicho, se hubiera tratado) de que no hay texto.

Estoy cansado. ¿Se vale? Sí, se vale.

Esto podría tratarse también sobre el cansancio. Pero no.

No lo hará.

lunes, 13 de marzo de 2017

Salamandra

En plena madrugada sonó mi celular, llamaba una de mis mejores amigas para pedirme el favor urgente de acompañarla al departamento de su novio, era situación de emergencia, él no estaba en la ciudad y necesitaba alimentar a su mascota de ese entonces: una extraña salamandra albina. A ella se le había olvidado el encargo por varios días y no quería aventurarse sola por si tenía que enfrentarse al pequeño cadáver, así que acepté con más curiosidad que desgano y me puse los tenis.

El departamento estaba en una vecindad oscura y en peligro de colapso en la colonia Roma. La puerta era la última al fondo de un segundo patio pasando las escaleras que eran la columna vertebral osteoporosa del edificio. Todo lo que sucedió fue breve y surrealista, como haberse encapsulado en otra dimensión: el departamento era un taller de serigrafía y grabado con apenas un lugar pequeñísimo para la cama. Las paredes estaban llenas de tablas y repisas que casi no pude distinguir bajo la luz amarillenta. El olor a pintura y químicos era penetrante, alucinógeno. La salamandra en cuestión debía estar dentro de una tina en el baño, sin embargo, cuando la buscamos, en la tina no había salamandra, sólo tierra, piedras, ramas y un plato enterrado que servía de estanque; eso significaba que teníamos una salamandra fugitiva en ese sitio, que por sí mismo ya era un laberinto de artefactos amontonados.

La instrucción para alimentarla era clara y simple: había que revolver con un palo el contenido de una cubeta que, sin más preámbulo, contenía una mezcla de basura orgánica y residuos de jardinería donde se “cultivaban” lombrices, el alimento favorito y único de la salamandra; había que capturarlas con la mano, zigzagueantes. Definitivamente era mi amiga quien se encargaría de eso, yo sólo iba de guardia y ahora, en todo caso, de cazador de salamandras. En el justo momento en que pensé si ella mete las manos a la cubeta y la revuelve, es amor verdadero, vi cómo dio el clavado enamorado al fondo de la incubadora. El amor es ensuciarse las manos, se me ocurrió, ya invadido de una cursilería súbita.

Como la salamandra no apareció durante los diez o quince minutos que tardó en recolectar un sabroso puño de gusanos, decidimos esparcirlos en la superficie de la tina para ver si su ¿olor? la atraía en cuanto nos hubiéramos marchado. Así lo hicimos y salimos en silencio porque, además, la otra instrucción era realizar todo en el más completo anonimato, pues los vecinos eran desconfiados y no permitían que extraños entraran al edificio, a riesgo de echarnos a la policía, sobre todo a esas horas de la noche. Después de eso, lo mejor fue quedarme a dormir en casa de ella, no sin antes pasar a una taquería 24 horas por la merecida recompensa.

La mañana siguiente amaneció nublada. Desde el sillón, mientras seguía acostado pero ya despierto, oí que mi amiga discutía por teléfono con su novio. Peleaban por asunto de la salamandra y supongo que otras cosas; cuando colgó, alcancé a escuchar sollozos. Salió del cuarto y la saludé fingiendo no haberme enterado de nada, aunque el corazón se me partió al recordarla revolviendo lombrices apenas unas horas antes. Ella también fingió que no pasaba nada y entonces estábamos a mano. Luego nos pusimos a desayunar en completo silencio.

lunes, 6 de marzo de 2017

Súpersueños

Sobre esta existencia muchas veces se ha pensado que tal vez no existimos y que sólo somos el sueño de algo o alguien que duerme. Si así fuera, preocuparía la idea de esfumarnos de inmediato al momento en que ese 'algo' despertara. Esa teoría es posible y respetable pero hay otra cosa que también me inquieta: ¿qué tal si yo, por ejemplo, soy una especie de criatura indefinible y flotante que sueña que es un ser llamado humano que a su vez se hace llamar Emmanuel y que vive en un tal planeta Tierra, junto a otros millones de humanos? ¿No sería sorprendente? (Bueno, en realidad el sorprendido debería ser yo porque si tú, lector, te sorprendieras, no sería más que mi inconsciente haciendo que uno de los personajes de mi sueño actuara como si se sorprendiera para hacerme creer que está sorprendido). Y que sueño que escribo que ya me di cuenta de que soy 'algo' dormido con súpersueños y que la supuesta vida que todos llevamos no es más que lo que estoy soñando; pero las cosas pueden dar giros dramáticos y quizá la verdad sea que tú, lector, fueses esa criatura indefinible y flotante que sueña que alguien cree que eres tú y que escribe todo esto en un insípido blog de internet para hacértelo saber; entonces tendrías algo así como un “encuentro con tu consciencia”, lo que significaría que yo soy tu consciencia, y quizá ahora te estés revolviendo en tu lecho porque tu sueño está volviéndose intranquilo (asunto alarmante porque si llegaras a despertar todo se iría al carajo). Y no digo que lleves dormido los cuatro mil seiscientos millones de años de la Tierra, sino que tal vez sólo son un par de minutos terrestres pero nos haces creer a todos que han sucedido infinidad de cosas en la historia; aunque volviendo a la otra hipótesis, quizá sea yo el soñador que te aburre mientras scrolleas un insípido blog frente a tus ojos; por eso lo mejor sería que tú o yo, por si las dudas, siguiéramos soñando para mantenernos vivos por el mayor tiempo posible, y si acaso no somos ni tú ni yo y es otro el que sueña, entonces habría que desear que permanezca siempre soñando para no enfermar de miedo por la urgencia saber si aún estamos íntegros y si somos las mismas personas y no entes amorfos con intrépidos súpersueños.

lunes, 27 de febrero de 2017

Sobre "Bianca y los monstruos" de Daniela Birt

Lo primero que se me ocurre al leer unas cuantas líneas de este libro de Daniela Birt es jugar con el título y cambiarlo a Bianca a través del espejo, como un claro homenaje a Lewis Carroll. Los referentes, conscientes o no, parecen bastante nítidos. Sin embargo, a riesgo de equivocarme, no ahondaré más y sólo dejaré esa pequeña pista como una posibilidad paisajística. Bianca y los monstruos es un sólo poema de largo aliento, narrativo, que busca dar testimonio de la incertidumbre física y metafísica de una tempestad interior. Gradualmente el lenguaje se concentra en un espiral donde pareciera, como ante la luz de un faro, que por momentos algunas certezas surgen y las inseguridades desaparecen. No obstante, es evidente que no todas las certezas reconfortan y entonces las imágenes estallan como arpones. Para entrar en la atmósfera, las palabras generan un ambiente de fantasía macabra casi majestuosa, un "wonderland", un "horrorland", un "monsterland". Dentro de la inherente sordidez, incluso los monstruos habitan de manera luminosa las pesadillas.

Entonces, la tristeza
era una luz efímera.
Un gusto extraño. 
Las angustiosas caras 
en la faz del mundo 
que caía a pedazos 
tenían una belleza particular. 
Era un secreto 
que una pequeña gata negra 
descubrió hurgando entre mis memorias. 
Un aire frío se coló 
por debajo de la ropa 
y la piel, 
entre los pliegues 
de una sustancia nebulosa 
y grisácea que suelo llevar dentro. 

Retrato de la enfermedad del sueño, o mejor dicho, la enfermedad de la vida transmitida al sueño, y después, la degeneración del sueño en pesadilla. Una pesadilla es un sueño que ha enfermado, un sueño que, tentativamente, podría curarse al momento de abrir los ojos pero que se extiende hasta las fibras de la realidad que no es otra sino una extensión de la tormenta de Bianca/Daniela a través del mismo cuerpo. Una consciencia produce a la otra. Bianca “conoce las palpitaciones que la hicieron vomitar pedazos de metal como una lluvia que explota”. Parece que su resignación es el síntoma de tanto estímulo asfixiante. Bianca es la dualidad, el espejo negro, el espejo que es un pozo. La frontera (la división quebrantable entre Bianca y el exterior) es un frasco de pastillas psiquiátricas. Este libro confronta la obstinación, la insensibilidad y la torpeza de la psiquiatría, dejando en claro que, tanto los impulsos vitales como los impulsos fatales, son imposibles de dominar desde el diván y la medicina.

No sé
si me quiero tomar las pastillas…
No sé 
qué tantas ganas tengo 
de regresar al estupor vacío 
que me traen siempre las drogas. 
Pero están siempre, 
siempre, 
siempre, 
los monstruos. 
Están las fauces alabastrinas 
y respingonas 
que persiguen a la gente 
con los ojos abiertos. 
Las drogas han evitado 
que la humanidad 
toque el color de mi cabello, 
soy impermeable. 

Pozos como turbios espejos reflejando la otra identidad. Bianca es la consciencia oscura pero también la inocencia de quien no tiene ojos para ver el horror del mundo porque lo ha normalizado. Inocencia que es ingenuidad, el blanco perfecto para ser acechada por los monstruos. Sin embargo, su percepción es profunda, cada textura se realza, cada descripción hostil es sublimada con el lenguaje de la poesía. Hay un vaivén constante de Bianca a los monstruos y de los monstruos a Bianca usando como eje (o como médium, si se quiere) la capacidad expresiva de Daniela Birt. ¿Qué puede reflejarse en los pozos de la poesía sino la sordidez invencible del mundo? Por eso, los monstruos son el dolor y los recuerdos del mundo. Bianca es una presencia autogenerada, y en todo caso, también es una especie de monstruo. ¿De dónde proviene si no es de cierta distorsión de la realidad que embiste los nervios de quien la cruza, de quien se dice estar vivo? El primer monstruo, para empezar, es la vida por enorme. Bianca y los monstruos es un mapa del dolor del pasado, la dualidad del presente y la terrible incertidumbre del futuro: un paisaje sombrío y entrañable donde Bianca juega entre las ruinas de un pensamiento que a veces desea desaparecer. La postura de Bianca, más que alejar la niebla, ha aceptado que es su compañera de juegos, y a Daniela (el espejo blanco) parece no agradarle del todo.

Quiero salvarla para que no sea
tocada por la sombra que
me aleteó en el interior unos 
pétalos marchitos, quiero evitar 
que fluyan en su vientre las 
dalias muertas que cortan e interrumpen. 
Ella se esconde tras las características 
que le asignaron cuando llegó 
del bosque: azul y tierna. 
Los dos colosos hambrientos 
son altos y feos, 
se visten de cuevas, de murciélagos y lentejuelas. 
Son su origen, son su ombligo. 
De ellos también tengo que salvarla. 

Bianca y los monstruos es un libro de exorcismos. Es la poesía la que puede abrir esa salida de emergencia, asomar el rostro y desbocarse como una avalancha. Si no fuera por la poesía estaríamos condenados a vivir bajo el peso de nuestros propios fantasmas. La poesía produce esa catarsis para desasolvar el dolor. Daniela Birt comparte un poco de ese dolor que no puede negarse porque es una legítima huella del mundo, una vía para adentrase en él y conocerlo. ¿Cómo esperaríamos otra cosa que no fuera un vértigo de atmósferas sórdidas, en ese "wonderland" que también es el lenguaje?

Título: Bianca y los monstruos
Autora: Daniela Birt
Editorial: Aquelarre Editoras, México, 2016.

lunes, 20 de febrero de 2017

24

Quédate con quien permanezca siempre abierto; quédate con quien no se preocupe por el sobrecalentamiento de las luces; quédate con quien le dé un valor sagrado al trabajo de madrugada; quédate con quien no sepa lo que significan los pinches letreritos de “Cerrado”; quédate con quien te prepare el café (no encontrarás mejor expresión de amor incondicional), es decir, quédate con las cafeterías que abren las 24 horas.

Una cafetería 24 horas es la definición perfecta de la palabra refugio; una cafetería que permite la introspección silenciosa sobre la amplitud de sus mesas es la confirmación de la palabra refugio. Estaciones para recuperar la fuerza y enfrentarse al mundo o a uno mismo con el combustible de la cafeína. La cafeína estimula el músculo de la imaginación; concentra pero de una forma en que todo parece en movimiento; podría pensarse en la concentración como algo sobrio y pesado, casi estático, pero en este caso se vuelve como un disco girando a gran velocidad. Se requiere una buena dosis para llegar a ese estado de concentración giratoria: hélices de cafeína despedazando la somnolencia. Temblar por el café es entregar los nervios a una especie de danza.

Garabateo estas breves líneas en La Pagoda del Centro Histórico, un domingo a las 3:30am, con un café de casi medio litro y una pieza de pan y estoy agradecido por estos momentos de concentración absoluta en la cúspide de un horario insensato. A esta hora soy el único cliente aunque no lo seré por mucho tiempo: la vida nocturna es más activa de lo pensado y sé que pronto se ocuparán más mesas por las “criaturas de la noche”, como me gusta decirles a los coetáneos. Vine hasta acá por dos motivos: el primero, porque me gusta, porque no puedo resistirme a estos vasos de café llenos de electricidad; y el segundo, porque me parece decepcionante que en pleno 2017 no exista ninguna cafetería 24 horas en la zona por donde vivo (a 50 minutos a pie de aquí y siempre vengo caminando).

La cafetería es una alternativa para el insomnio, un centro de operaciones porque su atmósfera es propicia para pensar y tramar (en una cafetería siempre se trama algo a la vista de todos), un lugar de pensamiento y divagación a veces más intenso que las bibliotecas. Las cafeterías son extensiones amigables de las universidades, de los laboratorios y de los centros de investigación. Estoy seguro de que las más insospechadas han atestiguado la escritura de libros, el esbozo de planos, la lectura de mapas, el bosquejo de pinturas, la composición de canciones, la resolución de ecuaciones, el planteamiento de hipótesis, y todo rodeado por la comodidad de un sillón o una terraza: terrazas para ver el mundo. Abrir una cafetería es un acto de tremenda generosidad y nunca cerrarla lo es al doble. Espacios a todas luces heroicos, invaluables, donde esa generosidad no se cuestiona porque se tomó la decisión de no cerrar la puerta, de tener dispuesta la casa, de precisamente dar la posibilidad de casa, de refugio: un pequeño templo de reflexión en la punta de la noche.

lunes, 13 de febrero de 2017

El idiota de hoy

El autor de este texto se siente especialmente idiota el día de hoy y por eso se disculpa por adelantado por las tonterías y sinsentidos que podrían surgir durante las siguientes líneas. Además, se atreve a hablar de él mismo en tercera persona creyendo que así puede protegerse un poco, despistar, hacer creer que no es él quien habla y que alguien más, desde el anonimato, lo describe. Creer de verdad eso lo convertiría en un pelmazo pero bueno, quién soy yo para juzgarlo así tan pronto. La tercera persona: el truco del avestruz metiendo la cabeza en la tierra para esconderse, para ocultar la estupidez siendo aún más bobo, pero cuando todo fluye con torpeza o de maneras atropelladas hay que tomar las medidas necesarias hasta para echar la culpa al otro o pedir que nos disfracen. El autor de este texto se echó a correr, quiso deslindarse de toda responsabilidad por no tener ahora (y quizá nunca) nada que aportar a los sacrificados lectores; entonces me ocupa a mí, narrador impersonal, para que lo cubra, para que diga unas cuantas palabras en su nombre e intente "protegerlo". Sinceramente creo que es un tonto por creer que nadie notará su estrategia. Así que aquí estoy, dando la cara por él sin sentirme culpable de nada, sólo siguiendo su orden. Yo tampoco tengo mucho que decir pero al menos ya utilicé este espacio. Cuando él vuelva y lea estas líneas seguro se sentirá más tranquilo, no sé si menos apenado pero posiblemente, eso sí, mucho más estúpido.

lunes, 6 de febrero de 2017

Contra Facebook

Es noticia vieja que jamás he tenido una cuenta de Facebook. Pertenezco a esa especie no de desertores sino de legítimos marginales que desde el inicio quisieron quedarse fuera de la fiesta. Varios amigos ven una pequeña forma de mérito en ello que a veces entiendo y a veces no. Especie o élite o logia o secta o lo que sea, definitivamente es algo en peligro de extinción. Son muchas las personas que en algún momento tuvieron una cuenta que luego cerraron pero ellas ya no entran en la categoría real de “resistencia militante”. Sin embargo, aunque no lo parezca (o sí) es un esfuerzo sobrehumano resistir la tentación de meterse al festival de los likes y las palmaditas en la espalda, los new releases, la pirotecnia de memes y las propuestas para cambiar al mundo de una vez por todas.

Existe una presión invisible pero tangible, como la gravedad de un agujero negro, que constantemente quiere atraerme al botón de “crear cuenta” para conectarme a la Matrix. Incontables ocasiones he estado tan cerca, sudando frío, al borde del formulario, con los dedos temblándome, respirando entrecortadamente y siempre me echo para atrás, cierro todas las ventanas y me arranco los audífonos como dos venas que fueran desde mi laptop hasta mi cerebro. No es novedad que me he abstraído de un flujo importante de información pero sobre todo, de comunicación. A pesar de tener Twitter y estar más de 18 horas al día refrescando compulsivamente mi TL, muchas cosas tras bambalinas suceden en Facebook, ese lugar en el que no he fisgoneado como mi curiosidad hubiera querido. He perdido invitaciones importantes y eventos que organizan mis amigos; tantas veces he sentido el arrepentimiento por no haber abierto ya una cuenta que me permitiría mayor oferta de trabajo, mayor difusión y mayor comunicación con mis contactos de otra geografía. No obstante, hace un par de días hice una encuesta en Twitter preguntando si debía abrir Facebook de inmediato; la respuesta fue aplastante: NO LO HAGA, COMPA. ¿Entonces la opinión general asegura que estoy mejor así y que mi titubeo es justificado?

No son pocas las veces en que he visto cómo Facebook genera una ansiedad insoportable dentro de mi círculo de amigos, cómo es fuente de intranquilidad casi a la par de ser una herramienta indispensable de comunicación. Uno de los pocos ganchos que me quedan para seguir resistiendo es enterarme de las microtragedias (y a veces tragedias a secas) que generan algunas desafortunadas interacciones virtuales como una avalancha. A mi personalidad obsesiva no le hacen falta más motivos para ser como es. No pretendo convencer a nadie de nada, la única intención de mi marginalidad (¿abstracción?) es procurarme un espacio de tranquila privacidad lejos de esos estímulos. Tampoco hace falta explicar los perjuicios de auto-expulsarme de uno de los más importantes circuitos de comunicación actual. Es obvio que un conducto se trunca a cambio de esa paz artificial. Creo que eso me convierte en un antisocial declarado. Por naturaleza soy bastante "estresable" y por eso mismo confío en el espacio semi-hermético que me estoy procurando. Uno nunca sabe lo que sucederá después y si esos tentáculos digitales terminarán atrapándome algún día, pero por ahora milito desde mi burbuja que sólo permite la entrada descarada y desmedida de Twitter, porque eso sí, a Twitter le permito todo, lo dejo llegar hasta los rincones más imbéciles de mi vida cotidiana pero su limitante de 140 caracteres es un buen cercado para que no me desborde. Es cierto que alguna vez manejé parcialmente la cuenta de la revista que edité por un par de años pero mi desempeño era terrible y torpe, sin saber siquiera qué botones apretar ni cómo agregar gente. Aun así, confieso que un par de veces la usé para stalkear los perfiles de amigos, enemigos y exnovias y cuando me descubrí haciendo tal barbaridad supe que mi mediocre relación con Facebook debía terminarse.

Facebook, en esencia, permite la hiper-comunicación y la práctica social potenciada, ya lo demás viene con el paquete, a manera de contrato con sangre. Cada vez son más los que se unen. Un día se activarán los perfiles en el registro civil al momento de tramitar las actas de nacimiento, y si antes era un reto lograr esa comunicación lejana, con tantas irresistibles tentaciones, ahora el verdadero reto es no abrir una jodida cuenta.

lunes, 30 de enero de 2017

Ductos

Serpiente
húmeda de piedra      bastión
                                  de suministros
un dragón desmoronado en fuego
en la falla del sistema
                  bajo el sol
secándose la sangre
falla en el sistema de enfriamiento
sed      de la grava
esqueleto de dragón      serpiente acorazada
                                                         agotada
en el embate de la deshidratación
válvulas de piedra ennegrecida por los rayos
su sangre de agua
                            igual de ennegrecida
impactante fósil de dragón de bruma
perdido en medio de sus vértebras
vida estática      vacía de lubricantes
                 por la resolana imposible
esqueleto de serpiente de sequía
en el dominio de kilómetros de arena
          se quedó la sangre abandonada
calcificación de tiempo
hora acorazada
                      piedra negra
                      piedra negra
se disuelven los recuerdos
falla en el sistema de enfriamiento
no hay lubricación
vestigio      válvula inservible
falla en el sistema de bombeo
no hay latido que remueva los alientos desecados
lengua porosa      en tierra porosa
serpiente húmeda de piedra calentada por el sol
ductos fósiles
ya no hay más circulación
la voz sanguínea se atascó en la grava
hasta aquí la sed
                           hasta aquí la irrigación
                                la mancha hirviente
abstracciones de contornos grises
aferradas al sustrato del concreto y los abismos
la furia brota
                     de una fuente negra como el aire.


Fragmentos de este poema fueron utilizados para la elaboración del Gabinete de memorias colectivas, una instalación del artista plástico Antonio Castañeda Ortiz (Torreón, 1979), en la que participaron 12 escritores de todo el país. Este poema intenta mantener como eje medular al histórico acueducto queretano.

lunes, 23 de enero de 2017

Sobre "Zopencos. Comedia de serie B" de Antonio Calera-Grobet

Zopencos de Antonio Calera-Grobet es una novela líquida, no transparente y limpia como se pensaría en el agua, sino más bien como el aceite de coche hallado en el pavimento, saturado de matices y grumos que le dan una textura salvaje, urbana, y bastante sucia en el buen sentido de la palabra. Es una novela líquida porque el lector sólo puede dar un chapuzón en ella y se dejarse resbalar por sus corrientes hasta acabarla, como en un tobogán. Sucia porque sus personajes transcurren en situaciones cáusticas, desenfrenadas, siempre fuera del margen, es decir, reales, sin eufemismo ni floritura. Su nitidez es la nitidez de los suburbios.

La historia transcurre a través del diario (bitácora si se quiere) de Mato Albóndigas, o simplemente Mato, narrador de la vida de Los Gamborreanos, la pandilla a la que pertenece en la desgarbada Ciudad Zooburbia de los años 80’s: un poblado gris a las afueras de la capital, hosco, lleno de terrenos baldíos, camiones de carga y humaredas. Zopencos es la bitácora proyectada hacia y desde los márgenes: los márgenes de la ciudad, de la sociedad y de la expresión. Es una novela de outsiders. Incluso habría que preguntarse hasta qué punto Mato es un outsider dentro de los outsiders, pues su papel de escritor en un grupo donde nadie escribe y donde, por lo general, escribir podría considerarse como una vulnerabilidad, es interesante. Sin embargo, ninguno de los tipos rudos de la pandilla bullea a este miembro que toma nota de todo lo que ocurre e incluso que hace labores de recapitulador o de agenda humana.

La contraportada del libro dice que Zopencos podría ser “…como meter en una martinera un tanto de Corazón, diario de un niño (pero podrido), otro más de la serie televisiva Los años maravillosos o Cuéntame cómo pasó (pero en bizarro), y un trancazo triple del ingrediente exigido en estos menesteres: sexo, droga y rocanrol…” A esto, yo agregaría también una comparación con el cuento “El principio del placer” o la novela Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco pero evidentemente en versión hardcore, sin censura y lado ‘B’, pues los personajes, el ambiente y la escritura, se concentran en torno a ese otro lado ácido, torcido y subterráneo. El mismo título completo lo anticipa: Zopencos. Comedia de serie B. Y no es que nunca antes se haya escrito algo similar, más bien, mucho de lo que transita por estos terrenos se queda en el underground, oculto, con discreta difusión, bajo los pies de la “otra” literatura. En este caso, Zopencos saca la cabeza del fango para dar una bocanada y situarse donde puedan verle sus ojos de anfibio.

Mato Albóndigas confiesa que al principio escribe por obligación escolar, luego por hábito y después por placer. También escribe para mantenerse alejado de otras ocupaciones más extenuantes como el ejercicio y las tareas físicas. Es sincero. La escritura se convierte en un divertimento que paralelamente le permite registrar las anécdotas de su grupo de amigos. El uso del lenguaje y su técnica narrativa delatan que este diario ya tiene una buena trayectoria, pues antes de él, Mato escribía breves anécdotas excéntricas como si las coleccionara en lugar de stickers o discos de música. La cosecha de Mato es la cosecha de Antonio Calera, ambos desenfadados a la hora de la escritura. Antonio se arranca el peso de los libros paquidérmicos como él mismo ha dicho alguna vez. Sin censura abre el torrente verbal como un “tehuacanazo” a la cara. En voz de Mato, Calera sabe que el objetivo es “decir todo lo que uno quiera pero con un par de bolas”. El flujo es ininterrumpido y nutrido de tangentes como una enredadera en busca de nuevas rutas para el alucine y la divagación. Su lenguaje es barrial, lleno de localismos y códigos: pik, vejet, follaj, ginvodrón, lámine, partyzuka, trunko, albuquerque. Cada una de las hebras que conforman las anécdotas de los gamborreanos teje el cuerpo de Ciudad Zooburbia. Un retrato de la urbanidad under comparada con un zoológico que se estira hasta el límite muchas veces absurdo.

El humor es la columna vertebral de Zopencos. Los reglamentarios apodos, las referencias sexuales, los dobles sentidos y la libertad sin pudores son combustible natural, como aquellas descripciones exageradas que derivan en “un flato de la mamá de Dumbo luego de media alberca de alubias blancas” o “nos sentíamos como C3PO y R2D2 trepados en un halcón milenario a la velocidad del hiperespacio, manejado por un incipiente Ewok mientras Chewbaca le da por sus orificios”. La escritura es ácido fosforescente, gas de la risa. Cada miembro de Los Gamborreanos cumple un rol especial, intrínseco, que mantiene el equilibrio de la pandilla. Toda acción es casi una estrategia militar, como los enanos de Blancanieves persiguiendo las piernas inalcanzables de la princesa. Es difícil determinar la edad exacta de todos los miembros, pendulan en una adolescencia desatinada: temprana o tardía. Todos hemos sido parte de algo así, partícipes o testigos pero jamás ajenos.

Autobiográfica y más o menos ficción, Zopencos es tres jales de aire comprimido, un puñetazo a la nariz, un parabrisas quebrado, las colillas de cinco churros de follaj en las bolsas de la chamarra, mucho vodka y mucha ginebra para desayunar, el Trainspotting mexicano a 200 kilómetros por hora, una fiesta al final de la carretera, los nudillos hinchados, David Bowie con Donna Summer con Iggy Pop con Jimmy Hendrix con los Sex Pistols en la licuadora, sexo en el asiento trasero, un golpe con un tubo de acero en la cabeza. Zopencos. Comedia de serie B es esa mancha mutante de aceite en el tapete de entrada, y como diría Mato/Calera: Zopencos con el malo, siempre con el malo, aunque pierda.

Título: Zopencos. Comedia de serie B
Autor: Antonio Calera-Grobet
Editorial: Ficticia, México, 2013.

lunes, 16 de enero de 2017

Sueños III

Lado A

Soy el panadero oficial de Pablo Escobar y tengo la responsabilidad de surtir con baguettes recién hechas la fiesta de cumpleaños de su mejor amigo. Vivo en Medellín pero la reunión será en Cali, territorio peligrosísimo, así que mandan un helicóptero para llevarme hasta allá. Mientras sobrevuelo la ciudad, miro cómo el paisaje se va deconstruyendo y lo que antes eran casas y árboles ahora sólo son enormes bloques de concreto grises y verdes, sin textura alguna. Toda la geografía está hecha de cubos, como grandes pixeles. Llegamos al lugar de la fiesta y me ordenan ir de inmediato a la cocina. Mientras preparo la masa, escucho una balacera en el exterior y por reflejo me tiro al suelo. Después de unos instantes, las detonaciones cesan y comienza la música de baile. Alguien grita que me apresure con el pan y, como por arte de magia, veo que la mesa ya está al tope de mis cotizadas baguettes. Salgo con un par de ayudantes empujando mesitas con ruedas y, en el centro de la multitud, está Pablo Escobar contando chistes. Dejamos el pan en su lugar y alcanzo a ver cómo una comitiva levanta algunos cuerpos y se los lleva en carretillas, resultado de la balacera. Al parecer esto es muy usual en las fiestas porque todos ríen y se ven despreocupados. Justo antes de regresar a la cocina, veo que la geografía de pixeles gigantes nos ha alcanzado y ahora estamos rodeados solamente por cubos de colores, sin textura. Pienso que quizá habitamos en una especie de videojuego. De pronto, otra balacera me saca de esos pensamientos y por reflejo me vuelvo a tirar al piso. El caos reina y aparecen pequeños incendios a mi alrededor. Escucho la voz de Pablo que dice que comience el baile y siento una mano extraña levantarme del brazo. La visión de cubos naranjas que simulan fuego me hace despertar.

Lado B

Ésta es la Matrioska del sueño. Estoy en un sueño que no es un sueño, que es un sueño dentro de un sueño, que es la realidad, que soy yo mirando la oscuridad del techo de la habitación desde la cama. Sueño que estoy despierto. No sueño que estoy soñando. Sueño que no puedo dormir, aunque estoy profundamente dormido. Sueño los bordes de la realidad, sueño los bordes de las cobijas, sueño la sombra, sueño la incomodidad de mi calor corporal. Sueño que tengo los ojos abiertos en el centro de la habitación. Sueño las leves filtraciones de luz por la ventana. Sueño la respiración de quien está a mi lado esta noche. Sueño sobre sueño. La Matrioska del sueño. Sueño que estoy lleno de insomnio y que aún no es demasiado tarde. Que aún es temprano. Sueño que falta mucho para que amanezca, aunque quizá ya está amaneciendo. Así funciona la Matrioska del sueño, sueño sobre sueño. Sueño que estoy en un laberinto de cuatro paredes. Sueño que cierro los ojos y creo que en realidad los abro, pero todo está nublado afuera. O adentro, no lo sé. La Matrioska reproduce mi sueño adentro de otros sueños idénticos. La nombro así, Matrioska, aún soñando. De pronto, creo quedarme dormido, o más bien, soñar que me quedo dormido, y entonces comienzo a emerger del verdadero sueño, del más breve y profundo al final de todos. Abro los ojos y percibo mi tacto. La habitación sigue a oscuras. La respiración de al lado vibra tenuemente. Por la ventana se filtran las primeras sombras blancas. Es la conciencia de mi sueño la que realmente me hace despertar.