lunes, 20 de marzo de 2017

Hoy no hay texto

Hoy no hay texto.

El texto de esta semana se trata (o mejor dicho, se hubiera tratado) de que no hay texto.

Estoy cansado. ¿Se vale? Sí, se vale.

Esto podría tratarse también sobre el cansancio. Pero no.

No lo hará.

lunes, 13 de marzo de 2017

Salamandra

En plena madrugada sonó mi celular, llamaba una de mis mejores amigas para pedirme el favor urgente de acompañarla al departamento de su novio, era situación de emergencia, él no estaba en la ciudad y necesitaba alimentar a su mascota de ese entonces: una extraña salamandra albina. A ella se le había olvidado el encargo por varios días y no quería aventurarse sola por si tenía que enfrentarse al pequeño cadáver, así que acepté con más curiosidad que desgano y me puse los tenis.

El departamento estaba en una vecindad oscura y en peligro de colapso en la colonia Roma. La puerta era la última al fondo de un segundo patio pasando las escaleras que eran la columna vertebral osteoporosa del edificio. Todo lo que sucedió fue breve y surrealista, como haberse encapsulado en otra dimensión: el departamento era un taller de serigrafía y grabado con apenas un lugar pequeñísimo para la cama. Las paredes estaban llenas de tablas y repisas que casi no pude distinguir bajo la luz amarillenta. El olor a pintura y químicos era penetrante, alucinógeno. La salamandra en cuestión debía estar dentro de una tina en el baño, sin embargo, cuando la buscamos, en la tina no había salamandra, sólo tierra, piedras, ramas y un plato enterrado que servía de estanque; eso significaba que teníamos una salamandra fugitiva en ese sitio, que por sí mismo ya era un laberinto de artefactos amontonados.

La instrucción para alimentarla era clara y simple: había que revolver con un palo el contenido de una cubeta que, sin más preámbulo, contenía una mezcla de basura orgánica y residuos de jardinería donde se “cultivaban” lombrices, el alimento favorito y único de la salamandra; había que capturarlas con la mano, zigzagueantes. Definitivamente era mi amiga quien se encargaría de eso, yo sólo iba de guardia y ahora, en todo caso, de cazador de salamandras. En el justo momento en que pensé si ella mete las manos a la cubeta y la revuelve, es amor verdadero, vi cómo dio el clavado enamorado al fondo de la incubadora. El amor es ensuciarse las manos, se me ocurrió, ya invadido de una cursilería súbita.

Como la salamandra no apareció durante los diez o quince minutos que tardó en recolectar un sabroso puño de gusanos, decidimos esparcirlos en la superficie de la tina para ver si su ¿olor? la atraía en cuanto nos hubiéramos marchado. Así lo hicimos y salimos en silencio porque, además, la otra instrucción era realizar todo en el más completo anonimato, pues los vecinos eran desconfiados y no permitían que extraños entraran al edificio, a riesgo de echarnos a la policía, sobre todo a esas horas de la noche. Después de eso, lo mejor fue quedarme a dormir en casa de ella, no sin antes pasar a una taquería 24 horas por la merecida recompensa.

La mañana siguiente amaneció nublada. Desde el sillón, mientras seguía acostado pero ya despierto, oí que mi amiga discutía por teléfono con su novio. Peleaban por asunto de la salamandra y supongo que otras cosas; cuando colgó, alcancé a escuchar sollozos. Salió del cuarto y la saludé fingiendo no haberme enterado de nada, aunque el corazón se me partió al recordarla revolviendo lombrices apenas unas horas antes. Ella también fingió que no pasaba nada y entonces estábamos a mano. Luego nos pusimos a desayunar en completo silencio.

lunes, 6 de marzo de 2017

Súpersueños

Sobre esta existencia muchas veces se ha pensado que tal vez no existimos y que sólo somos el sueño de algo o alguien que duerme. Si así fuera, preocuparía la idea de esfumarnos de inmediato al momento en que ese 'algo' despertara. Esa teoría es posible y respetable pero hay otra cosa que también me inquieta: ¿qué tal si yo, por ejemplo, soy una especie de criatura indefinible y flotante que sueña que es un ser llamado humano que a su vez se hace llamar Emmanuel y que vive en un tal planeta Tierra, junto a otros millones de humanos? ¿No sería sorprendente? (Bueno, en realidad el sorprendido debería ser yo porque si tú, lector, te sorprendieras, no sería más que mi inconsciente haciendo que uno de los personajes de mi sueño actuara como si se sorprendiera para hacerme creer que está sorprendido). Y que sueño que escribo que ya me di cuenta de que soy 'algo' dormido con súpersueños y que la supuesta vida que todos llevamos no es más que lo que estoy soñando; pero las cosas pueden dar giros dramáticos y quizá la verdad sea que tú, lector, fueses esa criatura indefinible y flotante que sueña que alguien cree que eres tú y que escribe todo esto en un insípido blog de internet para hacértelo saber; entonces tendrías algo así como un “encuentro con tu consciencia”, lo que significaría que yo soy tu consciencia, y quizá ahora te estés revolviendo en tu lecho porque tu sueño está volviéndose intranquilo (asunto alarmante porque si llegaras a despertar todo se iría al carajo). Y no digo que lleves dormido los cuatro mil seiscientos millones de años de la Tierra, sino que tal vez sólo son un par de minutos terrestres pero nos haces creer a todos que han sucedido infinidad de cosas en la historia; aunque volviendo a la otra hipótesis, quizá sea yo el soñador que te aburre mientras scrolleas un insípido blog frente a tus ojos; por eso lo mejor sería que tú o yo, por si las dudas, siguiéramos soñando para mantenernos vivos por el mayor tiempo posible, y si acaso no somos ni tú ni yo y es otro el que sueña, entonces habría que desear que permanezca siempre soñando para no enfermar de miedo por la urgencia saber si aún estamos íntegros y si somos las mismas personas y no entes amorfos con intrépidos súpersueños.

lunes, 27 de febrero de 2017

Sobre "Bianca y los monstruos" de Daniela Birt

Lo primero que se me ocurre al leer unas cuantas líneas de este libro de Daniela Birt es jugar con el título y cambiarlo a Bianca a través del espejo, como un claro homenaje a Lewis Carroll. Los referentes, conscientes o no, parecen bastante nítidos. Sin embargo, a riesgo de equivocarme, no ahondaré más y sólo dejaré esa pequeña pista como una posibilidad paisajística. Bianca y los monstruos es un sólo poema de largo aliento, narrativo, que busca dar testimonio de la incertidumbre física y metafísica de una tempestad interior. Gradualmente el lenguaje se concentra en un espiral donde pareciera, como ante la luz de un faro, que por momentos algunas certezas surgen y las inseguridades desaparecen. No obstante, es evidente que no todas las certezas reconfortan y entonces las imágenes estallan como arpones. Para entrar en la atmósfera, las palabras generan un ambiente de fantasía macabra casi majestuosa, un "wonderland", un "horrorland", un "monsterland". Dentro de la inherente sordidez, incluso los monstruos habitan de manera luminosa las pesadillas.

Entonces, la tristeza
era una luz efímera.
Un gusto extraño. 
Las angustiosas caras 
en la faz del mundo 
que caía a pedazos 
tenían una belleza particular. 
Era un secreto 
que una pequeña gata negra 
descubrió hurgando entre mis memorias. 
Un aire frío se coló 
por debajo de la ropa 
y la piel, 
entre los pliegues 
de una sustancia nebulosa 
y grisácea que suelo llevar dentro. 

Retrato de la enfermedad del sueño, o mejor dicho, la enfermedad de la vida transmitida al sueño, y después, la degeneración del sueño en pesadilla. Una pesadilla es un sueño que ha enfermado, un sueño que, tentativamente, podría curarse al momento de abrir los ojos pero que se extiende hasta las fibras de la realidad que no es otra sino una extensión de la tormenta de Bianca/Daniela a través del mismo cuerpo. Una consciencia produce a la otra. Bianca “conoce las palpitaciones que la hicieron vomitar pedazos de metal como una lluvia que explota”. Parece que su resignación es el síntoma de tanto estímulo asfixiante. Bianca es la dualidad, el espejo negro, el espejo que es un pozo. La frontera (la división quebrantable entre Bianca y el exterior) es un frasco de pastillas psiquiátricas. Este libro confronta la obstinación, la insensibilidad y la torpeza de la psiquiatría, dejando en claro que, tanto los impulsos vitales como los impulsos fatales, son imposibles de dominar desde el diván y la medicina.

No sé
si me quiero tomar las pastillas…
No sé 
qué tantas ganas tengo 
de regresar al estupor vacío 
que me traen siempre las drogas. 
Pero están siempre, 
siempre, 
siempre, 
los monstruos. 
Están las fauces alabastrinas 
y respingonas 
que persiguen a la gente 
con los ojos abiertos. 
Las drogas han evitado 
que la humanidad 
toque el color de mi cabello, 
soy impermeable. 

Pozos como turbios espejos reflejando la otra identidad. Bianca es la consciencia oscura pero también la inocencia de quien no tiene ojos para ver el horror del mundo porque lo ha normalizado. Inocencia que es ingenuidad, el blanco perfecto para ser acechada por los monstruos. Sin embargo, su percepción es profunda, cada textura se realza, cada descripción hostil es sublimada con el lenguaje de la poesía. Hay un vaivén constante de Bianca a los monstruos y de los monstruos a Bianca usando como eje (o como médium, si se quiere) la capacidad expresiva de Daniela Birt. ¿Qué puede reflejarse en los pozos de la poesía sino la sordidez invencible del mundo? Por eso, los monstruos son el dolor y los recuerdos del mundo. Bianca es una presencia autogenerada, y en todo caso, también es una especie de monstruo. ¿De dónde proviene si no es de cierta distorsión de la realidad que embiste los nervios de quien la cruza, de quien se dice estar vivo? El primer monstruo, para empezar, es la vida por enorme. Bianca y los monstruos es un mapa del dolor del pasado, la dualidad del presente y la terrible incertidumbre del futuro: un paisaje sombrío y entrañable donde Bianca juega entre las ruinas de un pensamiento que a veces desea desaparecer. La postura de Bianca, más que alejar la niebla, ha aceptado que es su compañera de juegos, y a Daniela (el espejo blanco) parece no agradarle del todo.

Quiero salvarla para que no sea
tocada por la sombra que
me aleteó en el interior unos 
pétalos marchitos, quiero evitar 
que fluyan en su vientre las 
dalias muertas que cortan e interrumpen. 
Ella se esconde tras las características 
que le asignaron cuando llegó 
del bosque: azul y tierna. 
Los dos colosos hambrientos 
son altos y feos, 
se visten de cuevas, de murciélagos y lentejuelas. 
Son su origen, son su ombligo. 
De ellos también tengo que salvarla. 

Bianca y los monstruos es un libro de exorcismos. Es la poesía la que puede abrir esa salida de emergencia, asomar el rostro y desbocarse como una avalancha. Si no fuera por la poesía estaríamos condenados a vivir bajo el peso de nuestros propios fantasmas. La poesía produce esa catarsis para desasolvar el dolor. Daniela Birt comparte un poco de ese dolor que no puede negarse porque es una legítima huella del mundo, una vía para adentrase en él y conocerlo. ¿Cómo esperaríamos otra cosa que no fuera un vértigo de atmósferas sórdidas, en ese "wonderland" que también es el lenguaje?

Título: Bianca y los monstruos
Autora: Daniela Birt
Editorial: Aquelarre Editoras, México, 2016.

lunes, 20 de febrero de 2017

24

Quédate con quien permanezca siempre abierto; quédate con quien no se preocupe por el sobrecalentamiento de las luces; quédate con quien le dé un valor sagrado al trabajo de madrugada; quédate con quien no sepa lo que significan los pinches letreritos de “Cerrado”; quédate con quien te prepare el café (no encontrarás mejor expresión de amor incondicional), es decir, quédate con las cafeterías que abren las 24 horas.

Una cafetería 24 horas es la definición perfecta de la palabra refugio; una cafetería que permite la introspección silenciosa sobre la amplitud de sus mesas es la confirmación de la palabra refugio. Estaciones para recuperar la fuerza y enfrentarse al mundo o a uno mismo con el combustible de la cafeína. La cafeína estimula el músculo de la imaginación; concentra pero de una forma en que todo parece en movimiento; podría pensarse en la concentración como algo sobrio y pesado, casi estático, pero en este caso se vuelve como un disco girando a gran velocidad. Se requiere una buena dosis para llegar a ese estado de concentración giratoria: hélices de cafeína despedazando la somnolencia. Temblar por el café es entregar los nervios a una especie de danza.

Garabateo estas breves líneas en La Pagoda del Centro Histórico, un domingo a las 3:30am, con un café de casi medio litro y una pieza de pan y estoy agradecido por estos momentos de concentración absoluta en la cúspide de un horario insensato. A esta hora soy el único cliente aunque no lo seré por mucho tiempo: la vida nocturna es más activa de lo pensado y sé que pronto se ocuparán más mesas por las “criaturas de la noche”, como me gusta decirles a los coetáneos. Vine hasta acá por dos motivos: el primero, porque me gusta, porque no puedo resistirme a estos vasos de café llenos de electricidad; y el segundo, porque me parece decepcionante que en pleno 2017 no exista ninguna cafetería 24 horas en la zona por donde vivo (a 50 minutos a pie de aquí y siempre vengo caminando).

La cafetería es una alternativa para el insomnio, un centro de operaciones porque su atmósfera es propicia para pensar y tramar (en una cafetería siempre se trama algo a la vista de todos), un lugar de pensamiento y divagación a veces más intenso que las bibliotecas. Las cafeterías son extensiones amigables de las universidades, de los laboratorios y de los centros de investigación. Estoy seguro de que las más insospechadas han atestiguado la escritura de libros, el esbozo de planos, la lectura de mapas, el bosquejo de pinturas, la composición de canciones, la resolución de ecuaciones, el planteamiento de hipótesis, y todo rodeado por la comodidad de un sillón o una terraza: terrazas para ver el mundo. Abrir una cafetería es un acto de tremenda generosidad y nunca cerrarla lo es al doble. Espacios a todas luces heroicos, invaluables, donde esa generosidad no se cuestiona porque se tomó la decisión de no cerrar la puerta, de tener dispuesta la casa, de precisamente dar la posibilidad de casa, de refugio: un pequeño templo de reflexión en la punta de la noche.

lunes, 13 de febrero de 2017

El idiota de hoy

El autor de este texto se siente especialmente idiota el día de hoy y por eso se disculpa por adelantado por las tonterías y sinsentidos que podrían surgir durante las siguientes líneas. Además, se atreve a hablar de él mismo en tercera persona creyendo que así puede protegerse un poco, despistar, hacer creer que no es él quien habla y que alguien más, desde el anonimato, lo describe. Creer de verdad eso lo convertiría en un pelmazo pero bueno, quién soy yo para juzgarlo así tan pronto. La tercera persona: el truco del avestruz metiendo la cabeza en la tierra para esconderse, para ocultar la estupidez siendo aún más bobo, pero cuando todo fluye con torpeza o de maneras atropelladas hay que tomar las medidas necesarias hasta para echar la culpa al otro o pedir que nos disfracen. El autor de este texto se echó a correr, quiso deslindarse de toda responsabilidad por no tener ahora (y quizá nunca) nada que aportar a los sacrificados lectores; entonces me ocupa a mí, narrador impersonal, para que lo cubra, para que diga unas cuantas palabras en su nombre e intente "protegerlo". Sinceramente creo que es un tonto por creer que nadie notará su estrategia. Así que aquí estoy, dando la cara por él sin sentirme culpable de nada, sólo siguiendo su orden. Yo tampoco tengo mucho que decir pero al menos ya utilicé este espacio. Cuando él vuelva y lea estas líneas seguro se sentirá más tranquilo, no sé si menos apenado pero posiblemente, eso sí, mucho más estúpido.

lunes, 6 de febrero de 2017

Contra Facebook

Es noticia vieja que jamás he tenido una cuenta de Facebook. Pertenezco a esa especie no de desertores sino de legítimos marginales que desde el inicio quisieron quedarse fuera de la fiesta. Varios amigos ven una pequeña forma de mérito en ello que a veces entiendo y a veces no. Especie o élite o logia o secta o lo que sea, definitivamente es algo en peligro de extinción. Son muchas las personas que en algún momento tuvieron una cuenta que luego cerraron pero ellas ya no entran en la categoría real de “resistencia militante”. Sin embargo, aunque no lo parezca (o sí) es un esfuerzo sobrehumano resistir la tentación de meterse al festival de los likes y las palmaditas en la espalda, los new releases, la pirotecnia de memes y las propuestas para cambiar al mundo de una vez por todas.

Existe una presión invisible pero tangible, como la gravedad de un agujero negro, que constantemente quiere atraerme al botón de “crear cuenta” para conectarme a la Matrix. Incontables ocasiones he estado tan cerca, sudando frío, al borde del formulario, con los dedos temblándome, respirando entrecortadamente y siempre me echo para atrás, cierro todas las ventanas y me arranco los audífonos como dos venas que fueran desde mi laptop hasta mi cerebro. No es novedad que me he abstraído de un flujo importante de información pero sobre todo, de comunicación. A pesar de tener Twitter y estar más de 18 horas al día refrescando compulsivamente mi TL, muchas cosas tras bambalinas suceden en Facebook, ese lugar en el que no he fisgoneado como mi curiosidad hubiera querido. He perdido invitaciones importantes y eventos que organizan mis amigos; tantas veces he sentido el arrepentimiento por no haber abierto ya una cuenta que me permitiría mayor oferta de trabajo, mayor difusión y mayor comunicación con mis contactos de otra geografía. No obstante, hace un par de días hice una encuesta en Twitter preguntando si debía abrir Facebook de inmediato; la respuesta fue aplastante: NO LO HAGA, COMPA. ¿Entonces la opinión general asegura que estoy mejor así y que mi titubeo es justificado?

No son pocas las veces en que he visto cómo Facebook genera una ansiedad insoportable dentro de mi círculo de amigos, cómo es fuente de intranquilidad casi a la par de ser una herramienta indispensable de comunicación. Uno de los pocos ganchos que me quedan para seguir resistiendo es enterarme de las microtragedias (y a veces tragedias a secas) que generan algunas desafortunadas interacciones virtuales como una avalancha. A mi personalidad obsesiva no le hacen falta más motivos para ser como es. No pretendo convencer a nadie de nada, la única intención de mi marginalidad (¿abstracción?) es procurarme un espacio de tranquila privacidad lejos de esos estímulos. Tampoco hace falta explicar los perjuicios de auto-expulsarme de uno de los más importantes circuitos de comunicación actual. Es obvio que un conducto se trunca a cambio de esa paz artificial. Creo que eso me convierte en un antisocial declarado. Por naturaleza soy bastante "estresable" y por eso mismo confío en el espacio semi-hermético que me estoy procurando. Uno nunca sabe lo que sucederá después y si esos tentáculos digitales terminarán atrapándome algún día, pero por ahora milito desde mi burbuja que sólo permite la entrada descarada y desmedida de Twitter, porque eso sí, a Twitter le permito todo, lo dejo llegar hasta los rincones más imbéciles de mi vida cotidiana pero su limitante de 140 caracteres es un buen cercado para que no me desborde. Es cierto que alguna vez manejé parcialmente la cuenta de la revista que edité por un par de años pero mi desempeño era terrible y torpe, sin saber siquiera qué botones apretar ni cómo agregar gente. Aun así, confieso que un par de veces la usé para stalkear los perfiles de amigos, enemigos y exnovias y cuando me descubrí haciendo tal barbaridad supe que mi mediocre relación con Facebook debía terminarse.

Facebook, en esencia, permite la hiper-comunicación y la práctica social potenciada, ya lo demás viene con el paquete, a manera de contrato con sangre. Cada vez son más los que se unen. Un día se activarán los perfiles en el registro civil al momento de tramitar las actas de nacimiento, y si antes era un reto lograr esa comunicación lejana, con tantas irresistibles tentaciones, ahora el verdadero reto es no abrir una jodida cuenta.

lunes, 30 de enero de 2017

Ductos

Serpiente
húmeda de piedra      bastión
                                  de suministros
un dragón desmoronado en fuego
en la falla del sistema
                  bajo el sol
secándose la sangre
falla en el sistema de enfriamiento
sed      de la grava
esqueleto de dragón      serpiente acorazada
                                                         agotada
en el embate de la deshidratación
válvulas de piedra ennegrecida por los rayos
su sangre de agua
                            igual de ennegrecida
impactante fósil de dragón de bruma
perdido en medio de sus vértebras
vida estática      vacía de lubricantes
                 por la resolana imposible
esqueleto de serpiente de sequía
en el dominio de kilómetros de arena
          se quedó la sangre abandonada
calcificación de tiempo
hora acorazada
                      piedra negra
                      piedra negra
se disuelven los recuerdos
falla en el sistema de enfriamiento
no hay lubricación
vestigio      válvula inservible
falla en el sistema de bombeo
no hay latido que remueva los alientos desecados
lengua porosa      en tierra porosa
serpiente húmeda de piedra calentada por el sol
ductos fósiles
ya no hay más circulación
la voz sanguínea se atascó en la grava
hasta aquí la sed
                           hasta aquí la irrigación
                                la mancha hirviente
abstracciones de contornos grises
aferradas al sustrato del concreto y los abismos
la furia brota
                     de una fuente negra como el aire.


Fragmentos de este poema fueron utilizados para la elaboración del Gabinete de memorias colectivas, una instalación del artista plástico Antonio Castañeda Ortiz (Torreón, 1979), en la que participaron 12 escritores de todo el país. Este poema intenta mantener como eje medular al histórico acueducto queretano.

lunes, 23 de enero de 2017

Sobre "Zopencos. Comedia de serie B" de Antonio Calera-Grobet

Zopencos de Antonio Calera-Grobet es una novela líquida, no transparente y limpia como se pensaría en el agua, sino más bien como el aceite de coche hallado en el pavimento, saturado de matices y grumos que le dan una textura salvaje, urbana, y bastante sucia en el buen sentido de la palabra. Es una novela líquida porque el lector sólo puede dar un chapuzón en ella y se dejarse resbalar por sus corrientes hasta acabarla, como en un tobogán. Sucia porque sus personajes transcurren en situaciones cáusticas, desenfrenadas, siempre fuera del margen, es decir, reales, sin eufemismo ni floritura. Su nitidez es la nitidez de los suburbios.

La historia transcurre a través del diario (bitácora si se quiere) de Mato Albóndigas, o simplemente Mato, narrador de la vida de Los Gamborreanos, la pandilla a la que pertenece en la desgarbada Ciudad Zooburbia de los años 80’s: un poblado gris a las afueras de la capital, hosco, lleno de terrenos baldíos, camiones de carga y humaredas. Zopencos es la bitácora proyectada hacia y desde los márgenes: los márgenes de la ciudad, de la sociedad y de la expresión. Es una novela de outsiders. Incluso habría que preguntarse hasta qué punto Mato es un outsider dentro de los outsiders, pues su papel de escritor en un grupo donde nadie escribe y donde, por lo general, escribir podría considerarse como una vulnerabilidad, es interesante. Sin embargo, ninguno de los tipos rudos de la pandilla bullea a este miembro que toma nota de todo lo que ocurre e incluso que hace labores de recapitulador o de agenda humana.

La contraportada del libro dice que Zopencos podría ser “…como meter en una martinera un tanto de Corazón, diario de un niño (pero podrido), otro más de la serie televisiva Los años maravillosos o Cuéntame cómo pasó (pero en bizarro), y un trancazo triple del ingrediente exigido en estos menesteres: sexo, droga y rocanrol…” A esto, yo agregaría también una comparación con el cuento “El principio del placer” o la novela Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco pero evidentemente en versión hardcore, sin censura y lado ‘B’, pues los personajes, el ambiente y la escritura, se concentran en torno a ese otro lado ácido, torcido y subterráneo. El mismo título completo lo anticipa: Zopencos. Comedia de serie B. Y no es que nunca antes se haya escrito algo similar, más bien, mucho de lo que transita por estos terrenos se queda en el underground, oculto, con discreta difusión, bajo los pies de la “otra” literatura. En este caso, Zopencos saca la cabeza del fango para dar una bocanada y situarse donde puedan verle sus ojos de anfibio.

Mato Albóndigas confiesa que al principio escribe por obligación escolar, luego por hábito y después por placer. También escribe para mantenerse alejado de otras ocupaciones más extenuantes como el ejercicio y las tareas físicas. Es sincero. La escritura se convierte en un divertimento que paralelamente le permite registrar las anécdotas de su grupo de amigos. El uso del lenguaje y su técnica narrativa delatan que este diario ya tiene una buena trayectoria, pues antes de él, Mato escribía breves anécdotas excéntricas como si las coleccionara en lugar de stickers o discos de música. La cosecha de Mato es la cosecha de Antonio Calera, ambos desenfadados a la hora de la escritura. Antonio se arranca el peso de los libros paquidérmicos como él mismo ha dicho alguna vez. Sin censura abre el torrente verbal como un “tehuacanazo” a la cara. En voz de Mato, Calera sabe que el objetivo es “decir todo lo que uno quiera pero con un par de bolas”. El flujo es ininterrumpido y nutrido de tangentes como una enredadera en busca de nuevas rutas para el alucine y la divagación. Su lenguaje es barrial, lleno de localismos y códigos: pik, vejet, follaj, ginvodrón, lámine, partyzuka, trunko, albuquerque. Cada una de las hebras que conforman las anécdotas de los gamborreanos teje el cuerpo de Ciudad Zooburbia. Un retrato de la urbanidad under comparada con un zoológico que se estira hasta el límite muchas veces absurdo.

El humor es la columna vertebral de Zopencos. Los reglamentarios apodos, las referencias sexuales, los dobles sentidos y la libertad sin pudores son combustible natural, como aquellas descripciones exageradas que derivan en “un flato de la mamá de Dumbo luego de media alberca de alubias blancas” o “nos sentíamos como C3PO y R2D2 trepados en un halcón milenario a la velocidad del hiperespacio, manejado por un incipiente Ewok mientras Chewbaca le da por sus orificios”. La escritura es ácido fosforescente, gas de la risa. Cada miembro de Los Gamborreanos cumple un rol especial, intrínseco, que mantiene el equilibrio de la pandilla. Toda acción es casi una estrategia militar, como los enanos de Blancanieves persiguiendo las piernas inalcanzables de la princesa. Es difícil determinar la edad exacta de todos los miembros, pendulan en una adolescencia desatinada: temprana o tardía. Todos hemos sido parte de algo así, partícipes o testigos pero jamás ajenos.

Autobiográfica y más o menos ficción, Zopencos es tres jales de aire comprimido, un puñetazo a la nariz, un parabrisas quebrado, las colillas de cinco churros de follaj en las bolsas de la chamarra, mucho vodka y mucha ginebra para desayunar, el Trainspotting mexicano a 200 kilómetros por hora, una fiesta al final de la carretera, los nudillos hinchados, David Bowie con Donna Summer con Iggy Pop con Jimmy Hendrix con los Sex Pistols en la licuadora, sexo en el asiento trasero, un golpe con un tubo de acero en la cabeza. Zopencos. Comedia de serie B es esa mancha mutante de aceite en el tapete de entrada, y como diría Mato/Calera: Zopencos con el malo, siempre con el malo, aunque pierda.

Título: Zopencos. Comedia de serie B
Autor: Antonio Calera-Grobet
Editorial: Ficticia, México, 2013.

lunes, 16 de enero de 2017

Sueños III

Lado A

Soy el panadero oficial de Pablo Escobar y tengo la responsabilidad de surtir con baguettes recién hechas la fiesta de cumpleaños de su mejor amigo. Vivo en Medellín pero la reunión será en Cali, territorio peligrosísimo, así que mandan un helicóptero para llevarme hasta allá. Mientras sobrevuelo la ciudad, miro cómo el paisaje se va deconstruyendo y lo que antes eran casas y árboles ahora sólo son enormes bloques de concreto grises y verdes, sin textura alguna. Toda la geografía está hecha de cubos, como grandes pixeles. Llegamos al lugar de la fiesta y me ordenan ir de inmediato a la cocina. Mientras preparo la masa, escucho una balacera en el exterior y por reflejo me tiro al suelo. Después de unos instantes, las detonaciones cesan y comienza la música de baile. Alguien grita que me apresure con el pan y, como por arte de magia, veo que la mesa ya está al tope de mis cotizadas baguettes. Salgo con un par de ayudantes empujando mesitas con ruedas y, en el centro de la multitud, está Pablo Escobar contando chistes. Dejamos el pan en su lugar y alcanzo a ver cómo una comitiva levanta algunos cuerpos y se los lleva en carretillas, resultado de la balacera. Al parecer esto es muy usual en las fiestas porque todos ríen y se ven despreocupados. Justo antes de regresar a la cocina, veo que la geografía de pixeles gigantes nos ha alcanzado y ahora estamos rodeados solamente por cubos de colores, sin textura. Pienso que quizá habitamos en una especie de videojuego. De pronto, otra balacera me saca de esos pensamientos y por reflejo me vuelvo a tirar al piso. El caos reina y aparecen pequeños incendios a mi alrededor. Escucho la voz de Pablo que dice que comience el baile y siento una mano extraña levantarme del brazo. La visión de cubos naranjas que simulan fuego me hace despertar.

Lado B

Ésta es la Matrioska del sueño. Estoy en un sueño que no es un sueño, que es un sueño dentro de un sueño, que es la realidad, que soy yo mirando la oscuridad del techo de la habitación desde la cama. Sueño que estoy despierto. No sueño que estoy soñando. Sueño que no puedo dormir, aunque estoy profundamente dormido. Sueño los bordes de la realidad, sueño los bordes de las cobijas, sueño la sombra, sueño la incomodidad de mi calor corporal. Sueño que tengo los ojos abiertos en el centro de la habitación. Sueño las leves filtraciones de luz por la ventana. Sueño la respiración de quien está a mi lado esta noche. Sueño sobre sueño. La Matrioska del sueño. Sueño que estoy lleno de insomnio y que aún no es demasiado tarde. Que aún es temprano. Sueño que falta mucho para que amanezca, aunque quizá ya está amaneciendo. Así funciona la Matrioska del sueño, sueño sobre sueño. Sueño que estoy en un laberinto de cuatro paredes. Sueño que cierro los ojos y creo que en realidad los abro, pero todo está nublado afuera. O adentro, no lo sé. La Matrioska reproduce mi sueño adentro de otros sueños idénticos. La nombro así, Matrioska, aún soñando. De pronto, creo quedarme dormido, o más bien, soñar que me quedo dormido, y entonces comienzo a emerger del verdadero sueño, del más breve y profundo al final de todos. Abro los ojos y percibo mi tacto. La habitación sigue a oscuras. La respiración de al lado vibra tenuemente. Por la ventana se filtran las primeras sombras blancas. Es la conciencia de mi sueño la que realmente me hace despertar.

lunes, 9 de enero de 2017

El bastón de la memoria

Mi memoria está envejeciendo con rapidez, va a una velocidad increíble hacia la porosidad, hacia la insuficiencia. Me di cuenta, entre varios y diversos síntomas, porque comenzó a necesitar bastón para sostenerse en terrenos donde antes no lo necesitaba. Y tal vez se preguntarán, o tal vez no, cuál podría ser ese bastón. La respuesta es sencilla: el separador de libros. Los separadores son bastones para la memoria que ya no puede transitar con exactitud y confianza por las páginas del libro que se está leyendo.

Mi memoria, contrariamente a lo que se creería de alguien de mi edad, comienza a cojear, a andar con lentitud, a tropezarse, y una de las consecuencias más tristes para mi contexto es que ya no recuerdo la página exacta en la que dejé pausada una lectura, siendo que tiempo atrás, hace algunos años, o incluso meses, era un pequeño mérito y motivo de orgullo no haber necesitado de separador hasta ahora. Mi método sólo consistía en memorizar la página con un despreocupado y simple vistazo y, si al volver al libro me parecía ajeno lo que estaba leyendo, era señal de que la lectura no se había afianzado y entonces volvía atrás hasta que algo me sonara familiar y así también fortalecía la comprensión. Sin embargo, esos días al parecer han quedado en el olvido, valga la exacta ironía. Ahora ya no puedo confiar en que mi memoria no vacilará o se tropezará aparatosamente como un anciano que resbala con un cacahuate.

Afortunadamente, y sirva esto como un resignado consuelo, hay separadores de todo tipo como hay bastones de todo tipo. Y por lo visto existe también cierta cultura del separador, con sus adeptos, amantes y defensores. Por un lado, están los clásicos separadores improvisados, hechos de servilletas, trozos de papel, hojas de árboles y hasta pequeñas basuritas que son capaces de guiar muy bien el paso aunque no posean las formas convencionales e incluso aunque ni siquiera permitan que se empalmen correctamente las páginas. Breves objetos que cumplen una función práctica y novedosa para sus objetivos y que a veces, dada su originalidad, hasta se perfilan como grandes detonadores de pláticas de café.

Por el otro lado, están los separadores auténticos y diseñados para ser lo que son. Rectángulos de papel o plástico o tela o elementos similares que se sincronizan con la anatomía del libro y de las páginas. Separadores que incluyen en su superficie una frase reveladora, una imagen exquisita y en ocasiones hasta alguna función rimbombante como broches magnéticos para mayor sujección o algún sistema de medida de unidad variable (reglas) o un lente de aumento para las letras chiquitas de los contratos o, en la más atractiva de las situaciones, una lamparita para las lecturas en la oscuridad; en fin, modelos equiparables a los bastones que también son paraguas o receptáculos de Whisky o vainas de sables o rebuscados rifles y metralletas para agentes secretos. En definitiva, la oferta es amplia. Los lectores de paso vacilante estamos bien procurados.

Nunca he sido capaz de doblar las esquinas de las páginas para marcarlas como llega a ser costumbre, me parece grosero porque soy un loco de la integridad física de mis libros. Tampoco me voy por la opción del marcador adhesivo fluorescente (post-it) porque me recuerda mis épocas de sanguinaria universidad donde hacíamos más disecciones teóricas que lecturas placenteras. En estos momentos uso tres bastones, digo, separadores diferentes que responden con efectividad a la demanda de libros consumidos. Ninguno es mi favorito pero le tengo especial gusto al que me regalaron en una librería del centro de Chicago por la hazaña de preguntar el precio de un libro que claramente lo tenía en la contraportada; el diseño es de cartón mate con la imagen de una torrecilla de libros vistiendo sombrero, lentes y corbata, simulando a un completo nerd de biblioteca. Los otros dos separadores son muy básicos: uno le hace promoción a la editorial con la que últimamente he trabajado y que demuestra que no sólo hacen grandes libros sino también bellos y modestos separadores y el otro es de mi cadena favorita de librerías-cafeterías y que siempre te regalan en la compra de cualquier cosa. Separadores de uso rudo, para lo que son.

Mi memoria ya no es lo que era y lo lamento mucho. Desconfío a la hora de leer y a la hora de poner a prueba mi retención de páginas que me hace temer que, en un extremo fatalista, la falla se extienda a mi retención de ideas. El horror. Sin embargo, y esto debería admitirse también como un resignado consuelo, usar separador me ha quitado una importante carga de estrés: cuando lo pongo siento que puedo aliviarme por no pensar más en la página marcada y desprenderme con tranquilidad del libro para turnarlo por otro o para salir a caminar o para apagar la luz. Así como el caminante con bastón deja de preocuparse en gran medida por su siguiente paso, sucede algo similar con el apoyo que nos otorga el siempre benevolente, siempre a la mano, improvisado o no, amigo separador.

lunes, 2 de enero de 2017

Últimas tormentas en el sol

es veinte de septiembre
del peor año del mundo
son las tres cuarenta y cinco
estoy bastante flaco
y creo que me hacen falta vitaminas

estamos frente a frente
viéndonos sin vernos
ella recoge y suelta su cabello
intermitentemente e interminable
no sé si está intranquila
pero se ve maravillosa

no sé qué puedo hacer ante ella
mirarla me hace daño
porque pronto estaré en caída libre
yo no sé qué voy a hacer conmigo
y creo que ya no entiendo su lenguaje

es veinte de septiembre
del peor año del mundo
son las tres cuarenta y cinco
estoy bastante flaco
y respiro en puntos suspensivos

estamos frente a frente
viéndonos sin vernos
recuerdo lo que hicimos
con un dolor de terremoto
ella recoge y suelta su cabello
intermitentemente e interminable

¿acaso no he pensado
que ya todo está perdido?
es veinte de septiembre
del peor año del mundo
y creo que me hace falta
la mitad de mí.

lunes, 26 de diciembre de 2016

Sobre "Grandes atletas negros" de Luis Alberto Arellano

El pintor neoyorquino Jean-Michel Basquiat está pintando sobre una plancha del Servicio Médico Forense. Hace trazos enérgicos y raspa con el mango de las brochas el metal frío. Escribe algo en la plancha con los dedos llenos de pintura. Es difícil distinguir las letras entre las figuras y es mejor decidir por la imagen que representan las letras, volverlas una sola mancha dialogando en las líneas. Basquiat está en lo suyo y del otro lado de la plancha forense el poeta Luis Alberto Arellano hace apuntes. No tiene pluma ni lápiz y entonces toma prestados los pinceles de Basquiat. No se sabe si Arellano escribe o pinta pero tampoco es que sea demasiado importante saberlo. ¿Qué está registrando en su libreta? ¿En dónde está el sujeto de estudio? Arellano y Basquiat están absortos frente a sus respectivas obras que al final son la misma. Arellano trabaja en el registro de la situación, analiza y al mismo tiempo construye un cuerpo como si fuera la escena del crimen. En el borde superior de la libreta titula Grandes atletas negros.

Estos son los Grandes Atletas Negros sobre la plancha forense, el brutal uso de la fuerza, la contundencia de lo breve, la telúrica fantasía del cadáver. Arellano plantea en ellos un primer momento cargado de órdenes como sentencias, un manual de comportamiento ante la desgracia y la incertidumbre, un poema largo de instrucciones para sobrevivir a la vida. Flashbacks o cortes en el tiempo. Extractos de una conversación como los extractos de los que se conforman las pinturas de Basquiat. Los Grandes atletas negros son realmente un rompecabezas. Este libro tiene la cabeza rota y se le está saliendo la pintura. Basquiat y Arellano revelan, en mancuerna, el cadáver del fin del mundo como sórdidos analistas entre “ataúdes participando en una competencia de remos”. Arellano sentencia que “el mango de la navaja significa el fin del recorrido” quizá porque este libro pudo escribirse con una navaja, porque Arellano vio cómo Basquiat discretamente usaba un poco de sangre para retocar su obra y quiso hacer lo mismo.

Aprenda su lección.
Su cadáver no le pertenece.
El cuerpo no transmite el odio al cuerpo.
La charla no contamina el agua de rosas.
Todo es propiedad privada.
La mariposa ríe al final.
El aroma no es simétrico.
No confíe en tonterías.

Administrar el horror como se administra 
un hotel en playas tropicales.
El profundo conocimiento 
de la anatomía no te transforma
en un ser humano pleno.
Comunicar los hallazgos a las personas
correctas en el idioma incorrecto.
Cacería de abrigos de segunda mano.
Cloroformo y parricidio para el desayuno.

¿Qué rompecabezas se armará al final? ¿Es una codificación acaso? ¿Nos quiere preparar para la acidez de un mundo deshecho? ¿Cómo aproximarnos a esta libreta de notas que serían poemas que serían sentencias que serían augurios desoladores? En la segunda etapa artística de Jean-Michel Basquiat aparecen algunos homenajes a los grandes atletas negros, esas máquinas humanas y poderosas que surgieron de las periferias para encarar la meta más visible. El conjunto de textos entretejen una tensión valuada en más de “cinco mil dólares” porque Arellano sabe que “a martillazos se puede saber lo que sea”, sobre todo saber “lo que un hombre debe aullar antes de lanzarse al vacío” para buscar en él las “piezas ocultas de un combate secreto contra el mundo”. Esas son las cuatro partes que conforman el libro. En combatir contra el mundo está la clave. Combatirlo porque nos está atacando, porque las notas no son más que un reflejo exterior vertido en las entrañas.

En un segundo momento, se pone a prueba la ametralladora verbal. Leer en voz alta es dirigirse al despeñadero. Un zapping apocalíptico. Entonces Arellano dice que “esto no es un poema” “es un racimo de malas palabras” “es un mapa del vacío” “es un nada me falta” “es una cuestión de tiempo” “esto no es un poema” “es una piara para cerdos horizontales” “es un intento de secuestro” “es el aparato contra la sordera” “es el alma de la fiesta” “esto no es un poema” “es una marea de mariposas africanas” “es la batalla en aguas abisales” “es un tratado de geometría” “es el cargo en tu contra”. Y así, se pone en nuestra contra, es decir, en contra del ensimismamiento. Al decir todo lo que es, también está diciendo que no es nada. Esto no es un poema y tampoco es un libro. ¿Entonces por qué tendríamos que aproximarnos a él de esa manera?

De pronto, como en un paréntesis, aparece la historia de Vladimiro, un ruso en la niebla, la historia de su mejilla sangrante en la niebla. Un ruso transcurriendo el blanco neblinoso de la página como un misterio, una tangente del desamparo que desea llevarnos a la nieve, casi tundra. ¿Qué hace Vladimiro extraviado en el centro de la violencia? La poesía no necesita respuestas o acepta todas las respuestas posibles. La poesía es la pregunta. Vladimiro representa el enigma de la tercera persona. Después de su episodio, desembocamos en un último poema cargado de un cuestionamiento más íntimo, más personal y más parecido a un aterrizaje forzoso en medio del océano.

Sé que ustedes no existen.
Han muerto de ciertas enfermedades
que no reconozco en mi manual
de viajero intergaláctico.
[…]

Eso lo resume todo
artefactos de tracción humana:
la ortopedia para tener un día feliz
como en los cuentos de hadas
[…]

Qué extraño lugar resultó
ser éste
sin nudos corredizos en las corbatas
y repleto
el pasillo de reproducciones baratas de bronce.
[…]

Domina la espesura, el ‘yo’ desamparado. Ya no son órdenes ni instrucciones: es el recuento de los daños. Nosotros no existimos y el mundo es un lugar enrarecido. El destino es un agujero negro. Entonces, esto no es un libro, es una pintura, pinceladas que trazó Luis Alberto Arellano, ‘el perito forense’, ante la plancha de operaciones junto a Jean-Michel Basquiat, ‘el cirujano plástico’. Un preámbulo al Apocalipsis con la furia de esos grandes atletas negros.

Título: Grandes atletas negros
Autor: Luis Alberto Arellano
Editorial: Luzzeta, México, 2014.

lunes, 19 de diciembre de 2016

Palabras de agradecimiento

Estoy profundamente emocionado porque al fin aprobaron la patente de mi más ambiciosa creación como diseñador de modas y tanatólogo: un cinturón de cuero de la más alta calidad que a lo largo de toda su superficie lleva grabada en fuego la frase “salida de emergencia”. El cinturón es combinable con cualquier tipo de pantalón, es discreto y está disponible en colores blanco, marrón y negro. En la punta posee un arillo de metal reforzado especial para sujetarse firmemente a un gancho fijado al techo o a cualquier elemento similar sin correr el riesgo de romperse o desgarrarse ante la presión del peso. El arillo también puede correrse a una posición céntrica para lograr que el cinturón forme un nudo resistente por si fuera necesario sujetarlo a un tubo o viga más confiable. El interior del cinturón está recubierto por un material suave que evita cualquier tipo de irritación en el cuello y ayuda a volver más confortables los últimos segundos. Cabe decir que aún sigue en trámites para distribuirse en las grandes cadenas comerciales pero mientras ya puede adquirirse en internet a un bajísimo costo de lanzamiento. Mi lema siempre ha sido: Cuando se llega a la vida, lo mejor es tener ubicada la salida de emergencia, y ese lema ahora se ha transformado en el slogan para mi producto. Creo que es una idea revolucionaria traer la salida de emergencia de este puto mundo al alcance de la mano, en la cintura, cuando por primera y única vez se le necesite. Confío en que mi invento será muy bien recibido, estoy completamente seguro.

lunes, 12 de diciembre de 2016

mAiri kaarBa | luammEne zcyViaa

Entre julio y octubre de este año hice un viaje acompañado solamente por mi maleta y la poesía completa de Amiri Baraka (1934 - 2014). Al viaje era complicado llevar más libros por el posible exceso de equipaje, así que para sacar más provecho de lo que sería mi única lectura, hice un ejercicio: ‘construí’ un texto tomando mis versos y estrofas favoritas de 27 poemas aleatorios de Baraka, en su idioma original (inglés), e hice una traducción libre, es decir, imprecisa y cambiando palabras y conjugaciones a mi arbitrio con el objetivo de ensamblar todo en un sólo collage que tuviera coherencia y dijera lo que yo quería decir en ese entonces. De este modo, ninguno de los versos sería totalmente de Baraka pero tampoco mío. La intención era encontrar un punto medio utilizándolo de guía. Quien conozca un poco de Amiri Baraka sabrá que sus poemas tienen una explícita carga política y social, sin embargo, me enfoqué en aquellos textos (la mayoría de juventud) donde lo visceral se hace mucho más presente. Aquí el resultado: 


“las cosas han tenido que ser así”
“cada noche cuento las estrellas”
“y cada noche obtengo el mismo número”
“y cuando no hay estrellas para contar”
“entonces cuento sus espacios vacíos”
“cráneos de cocodrilo afilan sus dientes”
“oh, nena, no seas tímida”
“parte de mi encanto genera sentimientos azules”
“¿acaso tengo capacidad para la gracia?”
“eso es parte de mi encanto”
“un poco de nostalgia que de pronto”
“se transforma en terribles pensamientos de muerte”
“qué estúpido es ser tan sentimental”
“como para llamarle ‘amor’ a cualquier cosa”
“mi boca está muy abierta”
“pero no tengo nada que decir”
“eso también es parte de mi encanto”

“mi máscara negra está atrapada en el polvo”
“debemos salvarnos de ti”
“o salvarnos de mí que es mejor”
“de todas las cosas que he hecho”
“o que no he hecho todavía”
“¿pero a quién debo amar entonces?”
“he dormido de espaldas”
“a cualquier tipo de verdadera comunicación”

“tan simple como el acto de abrir mis ojos”
“sobre las escaleras de madera se estrellan las lágrimas”
“es inútil hablar de algo como el tiempo”
“los fantasmas cubrirán tu carne”
“buscando esconderse atrás de tus mentiras”
“como la endemoniada esfinge levantándose al crepúsculo”
“estoy pensando en cómo han pasado las estaciones”
“tan simple como el acto de cerrar mis ojos”
“has olvidado el color que se refleja en las colinas”
“mientras tocas el agua”
“yo he olvidado todo”
“dijiste que me amabas tratando de entender las nubes y la luz”

“a veces siento que tengo que expresarme”
“y entonces lo que tenga que ser expresado”
“cae de mi boca como escamas de ceniza”
“y cuando esas escamas se endurecen”
“todo parece hecho de luz verde”
“supongo que el color puede desaparecer la incertidumbre”
“como sea todo es luz verde”

“pretendiendo ser especial revivo en las mañanas”
“no soy tan hermoso”
“debe existir algo intensamente genial en este mundo”
“una cura mística”
“algo para lograr que tu enemigo se rinda contra la pared”
“pero sin rabia”
“sólo sintiéndote feliz porque desde el balcón”
“tu mujer observa que has triunfado”
“y así años después cuando viajes en el autobús”
“mires cómo es tu mano invencible la que sujeta el metal”
“aunque entonces seas viejo”

“la superficie terrestre intenta poner límites a la violencia”
“anoche hablando de nosotros nos amamos”
“si pienso fuertemente en mí”
“entonces la miseria de mi vida no es tan cierta”
“practicar la soledad es una virtud”
“una pequeña necesidad que nunca supimos que teníamos”
“¿a alguien le importa que haya sido así?”
“el amor es movimiento”
“pero también puedo decirte sin moverme que te amo”
“o que te he perdido”

“estoy adentro de alguien que me odia”
“miro desde sus ojos”
“percibo su aliento que se convierte en sonido”
“el aire frío sopla frente a mi rostro”
“esto es el amor humano y vivo dentro”
“he nacido para morir donde el amor se abra en mis brazos”
“ahora podemos ser algo menos miserable”
“porque entre nosotros hay un héroe”
“ésta es la danza de la rebelión”

“¿puedes escucharme?”
“aquí estoy otra vez”
“tu dinamita”
“¿puedes escucharme?”
“mi alma se mueve”
“es el alma que me diste”
“digo ‘mi alma’ y se mueve”
“es el alma que me diste”
“estoy cansado de perderme tras las máscaras”
“porque un hombre no puede amar calladamente”
“ésta es una larga historia”
“nuestros enemigos no son tan poderosos si hacemos el amor”
“la palabra ‘amor’ es una pieza que el lenguaje usa para pelear”

“¿quién soy yo para amar tan profundamente?”
“¿cuánto es demasiado íntimo?”
“a veces vivo contra la noche”
“contra las afiladas mesas de los bares”
“y no sé cómo averiguar si alguien me busca”
“he aprendido a repetir el sonido de mis huesos”
“veo que amo lo que no debería amar”
“soy lo que creo que soy”
“eres lo que creo que eres”
“en tus sueños me han devorado las bestias”
“el silencio es tan importante como nuestra propia vida”
“nos hemos creado como héroes y amantes”
“pero es una verdad clara que nos hemos abandonado”
“y no eres capaz de sentir lo rápido que voy hacia la muerte”

“¿qué podría venir mañana que no pueda venir hoy?”
“espera un poco más de mí de lo que ya te he dado”
“estoy tratando de decirte más de lo que he dicho”
“si no estás en casa, ¿en dónde estás entonces?”
“no puedo decir quién soy a menos que aceptes que soy real”
“aquí hay algunos sentimientos para ti”
“veremos si te gustan”
“y entonces seré aquello que revelen”
“a menos que aceptes que soy real podré sentir”
“mi corazón es amplio como para contener algo de historia”
“un poema es una tontería a menos que se convierta en un árbol”
“¿quién eres tú escuchándome?”
“¿quién eres tú escuchándote a ti misma?”
“estoy seguro de que hay alguien a quien amas”
“y estoy seguro de que algunas veces soy yo”

“te huelo”
“te siento”
“pero verás que todavía estoy lejos de entenderte”
“sé que no eres Dios pero eres todo en lo que creo”
“las ideas son reflejos de la vida material”
“soy visible”
“tengo la capacidad para ser visto”
“el problema es que no me ves”

“cuando el cielo estaba lejos”
“y cuando la poesía no era real”
“yo solía ser ignorante y silencioso”
“solía ser un niño emocionado”
“solía pensar que todo tenía alma y corazón”
“solía pensar que los muertos estaban muertos para siempre”
“solía llorar si necesitaba mentir”
“y solía pensar que todo tenía solución”
“¿pero qué amor no es frágil?”
“¿qué amor no está en peligro?”
“todo este dolor”
“es imprescindible”.
LAX | BOS | PVD
Septiembre, 2016