lunes, 13 de febrero de 2017

El idiota de hoy

El autor de este texto se siente especialmente idiota el día de hoy y por eso se disculpa por adelantado por las tonterías y sinsentidos que podrían surgir durante las siguientes líneas. Además, se atreve a hablar de él mismo en tercera persona creyendo que así puede protegerse un poco, despistar, hacer creer que no es él quien habla y que alguien más, desde el anonimato, lo describe. Creer de verdad eso lo convertiría en un pelmazo pero bueno, quién soy yo para juzgarlo así tan pronto. La tercera persona: el truco del avestruz metiendo la cabeza en la tierra para esconderse, para ocultar la estupidez siendo aún más bobo, pero cuando todo fluye con torpeza o de maneras atropelladas hay que tomar las medidas necesarias hasta para echar la culpa al otro o pedir que nos disfracen. El autor de este texto se echó a correr, quiso deslindarse de toda responsabilidad por no tener ahora (y quizá nunca) nada que aportar a los sacrificados lectores; entonces me ocupa a mí, narrador impersonal, para que lo cubra, para que diga unas cuantas palabras en su nombre e intente "protegerlo". Sinceramente creo que es un tonto por creer que nadie notará su estrategia. Así que aquí estoy, dando la cara por él sin sentirme culpable de nada, sólo siguiendo su orden. Yo tampoco tengo mucho que decir pero al menos ya utilicé este espacio. Cuando él vuelva y lea estas líneas seguro se sentirá más tranquilo, no sé si menos apenado pero posiblemente, eso sí, mucho más estúpido.

lunes, 6 de febrero de 2017

Contra Facebook

Es noticia vieja que jamás he tenido una cuenta de Facebook. Pertenezco a esa especie no de desertores sino de legítimos marginales que desde el inicio quisieron quedarse fuera de la fiesta. Varios amigos ven una pequeña forma de mérito en ello que a veces entiendo y a veces no. Especie o élite o logia o secta o lo que sea, definitivamente es algo en peligro de extinción. Son muchas las personas que en algún momento tuvieron una cuenta que luego cerraron pero ellas ya no entran en la categoría real de “resistencia militante”. Sin embargo, aunque no lo parezca (o sí) es un esfuerzo sobrehumano resistir la tentación de meterse al festival de los likes y las palmaditas en la espalda, los new releases, la pirotecnia de memes y las propuestas para cambiar al mundo de una vez por todas.

Existe una presión invisible pero tangible, como la gravedad de un agujero negro, que constantemente quiere atraerme al botón de “crear cuenta” para conectarme a la Matrix. Incontables ocasiones he estado tan cerca, sudando frío, al borde del formulario, con los dedos temblándome, respirando entrecortadamente y siempre me echo para atrás, cierro todas las ventanas y me arranco los audífonos como dos venas que fueran desde mi laptop hasta mi cerebro. No es novedad que me he abstraído de un flujo importante de información pero sobre todo, de comunicación. A pesar de tener Twitter y estar más de 18 horas al día refrescando compulsivamente mi TL, muchas cosas tras bambalinas suceden en Facebook, ese lugar en el que no he fisgoneado como mi curiosidad hubiera querido. He perdido invitaciones importantes y eventos que organizan mis amigos; tantas veces he sentido el arrepentimiento por no haber abierto ya una cuenta que me permitiría mayor oferta de trabajo, mayor difusión y mayor comunicación con mis contactos de otra geografía. No obstante, hace un par de días hice una encuesta en Twitter preguntando si debía abrir Facebook de inmediato; la respuesta fue aplastante: NO LO HAGA, COMPA. ¿Entonces la opinión general asegura que estoy mejor así y que mi titubeo es justificado?

No son pocas las veces en que he visto cómo Facebook genera una ansiedad insoportable dentro de mi círculo de amigos, cómo es fuente de intranquilidad casi a la par de ser una herramienta indispensable de comunicación. Uno de los pocos ganchos que me quedan para seguir resistiendo es enterarme de las microtragedias (y a veces tragedias a secas) que generan algunas desafortunadas interacciones virtuales como una avalancha. A mi personalidad obsesiva no le hacen falta más motivos para ser como es. No pretendo convencer a nadie de nada, la única intención de mi marginalidad (¿abstracción?) es procurarme un espacio de tranquila privacidad lejos de esos estímulos. Tampoco hace falta explicar los perjuicios de auto-expulsarme de uno de los más importantes circuitos de comunicación actual. Es obvio que un conducto se trunca a cambio de esa paz artificial. Creo que eso me convierte en un antisocial declarado. Por naturaleza soy bastante "estresable" y por eso mismo confío en el espacio semi-hermético que me estoy procurando. Uno nunca sabe lo que sucederá después y si esos tentáculos digitales terminarán atrapándome algún día, pero por ahora milito desde mi burbuja que sólo permite la entrada descarada y desmedida de Twitter, porque eso sí, a Twitter le permito todo, lo dejo llegar hasta los rincones más imbéciles de mi vida cotidiana pero su limitante de 140 caracteres es un buen cercado para que no me desborde. Es cierto que alguna vez manejé parcialmente la cuenta de la revista que edité por un par de años pero mi desempeño era terrible y torpe, sin saber siquiera qué botones apretar ni cómo agregar gente. Aun así, confieso que un par de veces la usé para stalkear los perfiles de amigos, enemigos y exnovias y cuando me descubrí haciendo tal barbaridad supe que mi mediocre relación con Facebook debía terminarse.

Facebook, en esencia, permite la hiper-comunicación y la práctica social potenciada, ya lo demás viene con el paquete, a manera de contrato con sangre. Cada vez son más los que se unen. Un día se activarán los perfiles en el registro civil al momento de tramitar las actas de nacimiento, y si antes era un reto lograr esa comunicación lejana, con tantas irresistibles tentaciones, ahora el verdadero reto es no abrir una jodida cuenta.

lunes, 30 de enero de 2017

Ductos

Serpiente
húmeda de piedra      bastión
                                  de suministros
un dragón desmoronado en fuego
en la falla del sistema
                  bajo el sol
secándose la sangre
falla en el sistema de enfriamiento
sed      de la grava
esqueleto de dragón      serpiente acorazada
                                                         agotada
en el embate de la deshidratación
válvulas de piedra ennegrecida por los rayos
su sangre de agua
                            igual de ennegrecida
impactante fósil de dragón de bruma
perdido en medio de sus vértebras
vida estática      vacía de lubricantes
                 por la resolana imposible
esqueleto de serpiente de sequía
en el dominio de kilómetros de arena
          se quedó la sangre abandonada
calcificación de tiempo
hora acorazada
                      piedra negra
                      piedra negra
se disuelven los recuerdos
falla en el sistema de enfriamiento
no hay lubricación
vestigio      válvula inservible
falla en el sistema de bombeo
no hay latido que remueva los alientos desecados
lengua porosa      en tierra porosa
serpiente húmeda de piedra calentada por el sol
ductos fósiles
ya no hay más circulación
la voz sanguínea se atascó en la grava
hasta aquí la sed
                           hasta aquí la irrigación
                                la mancha hirviente
abstracciones de contornos grises
aferradas al sustrato del concreto y los abismos
la furia brota
                     de una fuente negra como el aire.


Fragmentos de este poema fueron utilizados para la elaboración del Gabinete de memorias colectivas, una instalación del artista plástico Antonio Castañeda Ortiz (Torreón, 1979), en la que participaron 12 escritores de todo el país. Este poema intenta mantener como eje medular al histórico acueducto queretano.

lunes, 23 de enero de 2017

Sobre "Zopencos. Comedia de serie B" de Antonio Calera-Grobet

Zopencos de Antonio Calera-Grobet es una novela líquida, no transparente y limpia como se pensaría en el agua, sino más bien como el aceite de coche hallado en el pavimento, saturado de matices y grumos que le dan una textura salvaje, urbana, y bastante sucia en el buen sentido de la palabra. Es una novela líquida porque el lector sólo puede dar un chapuzón en ella y se dejarse resbalar por sus corrientes hasta acabarla, como en un tobogán. Sucia porque sus personajes transcurren en situaciones cáusticas, desenfrenadas, siempre fuera del margen, es decir, reales, sin eufemismo ni floritura. Su nitidez es la nitidez de los suburbios.

La historia transcurre a través del diario (bitácora si se quiere) de Mato Albóndigas, o simplemente Mato, narrador de la vida de Los Gamborreanos, la pandilla a la que pertenece en la desgarbada Ciudad Zooburbia de los años 80’s: un poblado gris a las afueras de la capital, hosco, lleno de terrenos baldíos, camiones de carga y humaredas. Zopencos es la bitácora proyectada hacia y desde los márgenes: los márgenes de la ciudad, de la sociedad y de la expresión. Es una novela de outsiders. Incluso habría que preguntarse hasta qué punto Mato es un outsider dentro de los outsiders, pues su papel de escritor en un grupo donde nadie escribe y donde, por lo general, escribir podría considerarse como una vulnerabilidad, es interesante. Sin embargo, ninguno de los tipos rudos de la pandilla bullea a este miembro que toma nota de todo lo que ocurre e incluso que hace labores de recapitulador o de agenda humana.

La contraportada del libro dice que Zopencos podría ser “…como meter en una martinera un tanto de Corazón, diario de un niño (pero podrido), otro más de la serie televisiva Los años maravillosos o Cuéntame cómo pasó (pero en bizarro), y un trancazo triple del ingrediente exigido en estos menesteres: sexo, droga y rocanrol…” A esto, yo agregaría también una comparación con el cuento “El principio del placer” o la novela Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco pero evidentemente en versión hardcore, sin censura y lado ‘B’, pues los personajes, el ambiente y la escritura, se concentran en torno a ese otro lado ácido, torcido y subterráneo. El mismo título completo lo anticipa: Zopencos. Comedia de serie B. Y no es que nunca antes se haya escrito algo similar, más bien, mucho de lo que transita por estos terrenos se queda en el underground, oculto, con discreta difusión, bajo los pies de la “otra” literatura. En este caso, Zopencos saca la cabeza del fango para dar una bocanada y situarse donde puedan verle sus ojos de anfibio.

Mato Albóndigas confiesa que al principio escribe por obligación escolar, luego por hábito y después por placer. También escribe para mantenerse alejado de otras ocupaciones más extenuantes como el ejercicio y las tareas físicas. Es sincero. La escritura se convierte en un divertimento que paralelamente le permite registrar las anécdotas de su grupo de amigos. El uso del lenguaje y su técnica narrativa delatan que este diario ya tiene una buena trayectoria, pues antes de él, Mato escribía breves anécdotas excéntricas como si las coleccionara en lugar de stickers o discos de música. La cosecha de Mato es la cosecha de Antonio Calera, ambos desenfadados a la hora de la escritura. Antonio se arranca el peso de los libros paquidérmicos como él mismo ha dicho alguna vez. Sin censura abre el torrente verbal como un “tehuacanazo” a la cara. En voz de Mato, Calera sabe que el objetivo es “decir todo lo que uno quiera pero con un par de bolas”. El flujo es ininterrumpido y nutrido de tangentes como una enredadera en busca de nuevas rutas para el alucine y la divagación. Su lenguaje es barrial, lleno de localismos y códigos: pik, vejet, follaj, ginvodrón, lámine, partyzuka, trunko, albuquerque. Cada una de las hebras que conforman las anécdotas de los gamborreanos teje el cuerpo de Ciudad Zooburbia. Un retrato de la urbanidad under comparada con un zoológico que se estira hasta el límite muchas veces absurdo.

El humor es la columna vertebral de Zopencos. Los reglamentarios apodos, las referencias sexuales, los dobles sentidos y la libertad sin pudores son combustible natural, como aquellas descripciones exageradas que derivan en “un flato de la mamá de Dumbo luego de media alberca de alubias blancas” o “nos sentíamos como C3PO y R2D2 trepados en un halcón milenario a la velocidad del hiperespacio, manejado por un incipiente Ewok mientras Chewbaca le da por sus orificios”. La escritura es ácido fosforescente, gas de la risa. Cada miembro de Los Gamborreanos cumple un rol especial, intrínseco, que mantiene el equilibrio de la pandilla. Toda acción es casi una estrategia militar, como los enanos de Blancanieves persiguiendo las piernas inalcanzables de la princesa. Es difícil determinar la edad exacta de todos los miembros, pendulan en una adolescencia desatinada: temprana o tardía. Todos hemos sido parte de algo así, partícipes o testigos pero jamás ajenos.

Autobiográfica y más o menos ficción, Zopencos es tres jales de aire comprimido, un puñetazo a la nariz, un parabrisas quebrado, las colillas de cinco churros de follaj en las bolsas de la chamarra, mucho vodka y mucha ginebra para desayunar, el Trainspotting mexicano a 200 kilómetros por hora, una fiesta al final de la carretera, los nudillos hinchados, David Bowie con Donna Summer con Iggy Pop con Jimmy Hendrix con los Sex Pistols en la licuadora, sexo en el asiento trasero, un golpe con un tubo de acero en la cabeza. Zopencos. Comedia de serie B es esa mancha mutante de aceite en el tapete de entrada, y como diría Mato/Calera: Zopencos con el malo, siempre con el malo, aunque pierda.

Título: Zopencos. Comedia de serie B
Autor: Antonio Calera-Grobet
Editorial: Ficticia, México, 2013.

lunes, 16 de enero de 2017

Sueños III

Lado A

Soy el panadero oficial de Pablo Escobar y tengo la responsabilidad de surtir con baguettes recién hechas la fiesta de cumpleaños de su mejor amigo. Vivo en Medellín pero la reunión será en Cali, territorio peligrosísimo, así que mandan un helicóptero para llevarme hasta allá. Mientras sobrevuelo la ciudad, miro cómo el paisaje se va deconstruyendo y lo que antes eran casas y árboles ahora sólo son enormes bloques de concreto grises y verdes, sin textura alguna. Toda la geografía está hecha de cubos, como grandes pixeles. Llegamos al lugar de la fiesta y me ordenan ir de inmediato a la cocina. Mientras preparo la masa, escucho una balacera en el exterior y por reflejo me tiro al suelo. Después de unos instantes, las detonaciones cesan y comienza la música de baile. Alguien grita que me apresure con el pan y, como por arte de magia, veo que la mesa ya está al tope de mis cotizadas baguettes. Salgo con un par de ayudantes empujando mesitas con ruedas y, en el centro de la multitud, está Pablo Escobar contando chistes. Dejamos el pan en su lugar y alcanzo a ver cómo una comitiva levanta algunos cuerpos y se los lleva en carretillas, resultado de la balacera. Al parecer esto es muy usual en las fiestas porque todos ríen y se ven despreocupados. Justo antes de regresar a la cocina, veo que la geografía de pixeles gigantes nos ha alcanzado y ahora estamos rodeados solamente por cubos de colores, sin textura. Pienso que quizá habitamos en una especie de videojuego. De pronto, otra balacera me saca de esos pensamientos y por reflejo me vuelvo a tirar al piso. El caos reina y aparecen pequeños incendios a mi alrededor. Escucho la voz de Pablo que dice que comience el baile y siento una mano extraña levantarme del brazo. La visión de cubos naranjas que simulan fuego me hace despertar.

Lado B

Ésta es la Matrioska del sueño. Estoy en un sueño que no es un sueño, que es un sueño dentro de un sueño, que es la realidad, que soy yo mirando la oscuridad del techo de la habitación desde la cama. Sueño que estoy despierto. No sueño que estoy soñando. Sueño que no puedo dormir, aunque estoy profundamente dormido. Sueño los bordes de la realidad, sueño los bordes de las cobijas, sueño la sombra, sueño la incomodidad de mi calor corporal. Sueño que tengo los ojos abiertos en el centro de la habitación. Sueño las leves filtraciones de luz por la ventana. Sueño la respiración de quien está a mi lado esta noche. Sueño sobre sueño. La Matrioska del sueño. Sueño que estoy lleno de insomnio y que aún no es demasiado tarde. Que aún es temprano. Sueño que falta mucho para que amanezca, aunque quizá ya está amaneciendo. Así funciona la Matrioska del sueño, sueño sobre sueño. Sueño que estoy en un laberinto de cuatro paredes. Sueño que cierro los ojos y creo que en realidad los abro, pero todo está nublado afuera. O adentro, no lo sé. La Matrioska reproduce mi sueño adentro de otros sueños idénticos. La nombro así, Matrioska, aún soñando. De pronto, creo quedarme dormido, o más bien, soñar que me quedo dormido, y entonces comienzo a emerger del verdadero sueño, del más breve y profundo al final de todos. Abro los ojos y percibo mi tacto. La habitación sigue a oscuras. La respiración de al lado vibra tenuemente. Por la ventana se filtran las primeras sombras blancas. Es la conciencia de mi sueño la que realmente me hace despertar.

lunes, 9 de enero de 2017

El bastón de la memoria

Mi memoria está envejeciendo con rapidez, va a una velocidad increíble hacia la porosidad, hacia la insuficiencia. Me di cuenta, entre varios y diversos síntomas, porque comenzó a necesitar bastón para sostenerse en terrenos donde antes no lo necesitaba. Y tal vez se preguntarán, o tal vez no, cuál podría ser ese bastón. La respuesta es sencilla: el separador de libros. Los separadores son bastones para la memoria que ya no puede transitar con exactitud y confianza por las páginas del libro que se está leyendo.

Mi memoria, contrariamente a lo que se creería de alguien de mi edad, comienza a cojear, a andar con lentitud, a tropezarse, y una de las consecuencias más tristes para mi contexto es que ya no recuerdo la página exacta en la que dejé pausada una lectura, siendo que tiempo atrás, hace algunos años, o incluso meses, era un pequeño mérito y motivo de orgullo no haber necesitado de separador hasta ahora. Mi método sólo consistía en memorizar la página con un despreocupado y simple vistazo y, si al volver al libro me parecía ajeno lo que estaba leyendo, era señal de que la lectura no se había afianzado y entonces volvía atrás hasta que algo me sonara familiar y así también fortalecía la comprensión. Sin embargo, esos días al parecer han quedado en el olvido, valga la exacta ironía. Ahora ya no puedo confiar en que mi memoria no vacilará o se tropezará aparatosamente como un anciano que resbala con un cacahuate.

Afortunadamente, y sirva esto como un resignado consuelo, hay separadores de todo tipo como hay bastones de todo tipo. Y por lo visto existe también cierta cultura del separador, con sus adeptos, amantes y defensores. Por un lado, están los clásicos separadores improvisados, hechos de servilletas, trozos de papel, hojas de árboles y hasta pequeñas basuritas que son capaces de guiar muy bien el paso aunque no posean las formas convencionales e incluso aunque ni siquiera permitan que se empalmen correctamente las páginas. Breves objetos que cumplen una función práctica y novedosa para sus objetivos y que a veces, dada su originalidad, hasta se perfilan como grandes detonadores de pláticas de café.

Por el otro lado, están los separadores auténticos y diseñados para ser lo que son. Rectángulos de papel o plástico o tela o elementos similares que se sincronizan con la anatomía del libro y de las páginas. Separadores que incluyen en su superficie una frase reveladora, una imagen exquisita y en ocasiones hasta alguna función rimbombante como broches magnéticos para mayor sujección o algún sistema de medida de unidad variable (reglas) o un lente de aumento para las letras chiquitas de los contratos o, en la más atractiva de las situaciones, una lamparita para las lecturas en la oscuridad; en fin, modelos equiparables a los bastones que también son paraguas o receptáculos de Whisky o vainas de sables o rebuscados rifles y metralletas para agentes secretos. En definitiva, la oferta es amplia. Los lectores de paso vacilante estamos bien procurados.

Nunca he sido capaz de doblar las esquinas de las páginas para marcarlas como llega a ser costumbre, me parece grosero porque soy un loco de la integridad física de mis libros. Tampoco me voy por la opción del marcador adhesivo fluorescente (post-it) porque me recuerda mis épocas de sanguinaria universidad donde hacíamos más disecciones teóricas que lecturas placenteras. En estos momentos uso tres bastones, digo, separadores diferentes que responden con efectividad a la demanda de libros consumidos. Ninguno es mi favorito pero le tengo especial gusto al que me regalaron en una librería del centro de Chicago por la hazaña de preguntar el precio de un libro que claramente lo tenía en la contraportada; el diseño es de cartón mate con la imagen de una torrecilla de libros vistiendo sombrero, lentes y corbata, simulando a un completo nerd de biblioteca. Los otros dos separadores son muy básicos: uno le hace promoción a la editorial con la que últimamente he trabajado y que demuestra que no sólo hacen grandes libros sino también bellos y modestos separadores y el otro es de mi cadena favorita de librerías-cafeterías y que siempre te regalan en la compra de cualquier cosa. Separadores de uso rudo, para lo que son.

Mi memoria ya no es lo que era y lo lamento mucho. Desconfío a la hora de leer y a la hora de poner a prueba mi retención de páginas que me hace temer que, en un extremo fatalista, la falla se extienda a mi retención de ideas. El horror. Sin embargo, y esto debería admitirse también como un resignado consuelo, usar separador me ha quitado una importante carga de estrés: cuando lo pongo siento que puedo aliviarme por no pensar más en la página marcada y desprenderme con tranquilidad del libro para turnarlo por otro o para salir a caminar o para apagar la luz. Así como el caminante con bastón deja de preocuparse en gran medida por su siguiente paso, sucede algo similar con el apoyo que nos otorga el siempre benevolente, siempre a la mano, improvisado o no, amigo separador.

lunes, 2 de enero de 2017

Últimas tormentas en el sol

es veinte de septiembre
del peor año del mundo
son las tres cuarenta y cinco
estoy bastante flaco
y creo que me hacen falta vitaminas

estamos frente a frente
viéndonos sin vernos
ella recoge y suelta su cabello
intermitentemente e interminable
no sé si está intranquila
pero se ve maravillosa

no sé qué puedo hacer ante ella
mirarla me hace daño
porque pronto estaré en caída libre
yo no sé qué voy a hacer conmigo
y creo que ya no entiendo su lenguaje

es veinte de septiembre
del peor año del mundo
son las tres cuarenta y cinco
estoy bastante flaco
y respiro en puntos suspensivos

estamos frente a frente
viéndonos sin vernos
recuerdo lo que hicimos
con un dolor de terremoto
ella recoge y suelta su cabello
intermitentemente e interminable

¿acaso no he pensado
que ya todo está perdido?
es veinte de septiembre
del peor año del mundo
y creo que me hace falta
la mitad de mí.

lunes, 26 de diciembre de 2016

Sobre "Grandes atletas negros" de Luis Alberto Arellano

El pintor neoyorquino Jean-Michel Basquiat está pintando sobre una plancha del Servicio Médico Forense. Hace trazos enérgicos y raspa con el mango de las brochas el metal frío. Escribe algo en la plancha con los dedos llenos de pintura. Es difícil distinguir las letras entre las figuras y es mejor decidir por la imagen que representan las letras, volverlas una sola mancha dialogando en las líneas. Basquiat está en lo suyo y del otro lado de la plancha forense el poeta Luis Alberto Arellano hace apuntes. No tiene pluma ni lápiz y entonces toma prestados los pinceles de Basquiat. No se sabe si Arellano escribe o pinta pero tampoco es que sea demasiado importante saberlo. ¿Qué está registrando en su libreta? ¿En dónde está el sujeto de estudio? Arellano y Basquiat están absortos frente a sus respectivas obras que al final son la misma. Arellano trabaja en el registro de la situación, analiza y al mismo tiempo construye un cuerpo como si fuera la escena del crimen. En el borde superior de la libreta titula Grandes atletas negros.

Estos son los Grandes Atletas Negros sobre la plancha forense, el brutal uso de la fuerza, la contundencia de lo breve, la telúrica fantasía del cadáver. Arellano plantea en ellos un primer momento cargado de órdenes como sentencias, un manual de comportamiento ante la desgracia y la incertidumbre, un poema largo de instrucciones para sobrevivir a la vida. Flashbacks o cortes en el tiempo. Extractos de una conversación como los extractos de los que se conforman las pinturas de Basquiat. Los Grandes atletas negros son realmente un rompecabezas. Este libro tiene la cabeza rota y se le está saliendo la pintura. Basquiat y Arellano revelan, en mancuerna, el cadáver del fin del mundo como sórdidos analistas entre “ataúdes participando en una competencia de remos”. Arellano sentencia que “el mango de la navaja significa el fin del recorrido” quizá porque este libro pudo escribirse con una navaja, porque Arellano vio cómo Basquiat discretamente usaba un poco de sangre para retocar su obra y quiso hacer lo mismo.

Aprenda su lección.
Su cadáver no le pertenece.
El cuerpo no transmite el odio al cuerpo.
La charla no contamina el agua de rosas.
Todo es propiedad privada.
La mariposa ríe al final.
El aroma no es simétrico.
No confíe en tonterías.

Administrar el horror como se administra 
un hotel en playas tropicales.
El profundo conocimiento 
de la anatomía no te transforma
en un ser humano pleno.
Comunicar los hallazgos a las personas
correctas en el idioma incorrecto.
Cacería de abrigos de segunda mano.
Cloroformo y parricidio para el desayuno.

¿Qué rompecabezas se armará al final? ¿Es una codificación acaso? ¿Nos quiere preparar para la acidez de un mundo deshecho? ¿Cómo aproximarnos a esta libreta de notas que serían poemas que serían sentencias que serían augurios desoladores? En la segunda etapa artística de Jean-Michel Basquiat aparecen algunos homenajes a los grandes atletas negros, esas máquinas humanas y poderosas que surgieron de las periferias para encarar la meta más visible. El conjunto de textos entretejen una tensión valuada en más de “cinco mil dólares” porque Arellano sabe que “a martillazos se puede saber lo que sea”, sobre todo saber “lo que un hombre debe aullar antes de lanzarse al vacío” para buscar en él las “piezas ocultas de un combate secreto contra el mundo”. Esas son las cuatro partes que conforman el libro. En combatir contra el mundo está la clave. Combatirlo porque nos está atacando, porque las notas no son más que un reflejo exterior vertido en las entrañas.

En un segundo momento, se pone a prueba la ametralladora verbal. Leer en voz alta es dirigirse al despeñadero. Un zapping apocalíptico. Entonces Arellano dice que “esto no es un poema” “es un racimo de malas palabras” “es un mapa del vacío” “es un nada me falta” “es una cuestión de tiempo” “esto no es un poema” “es una piara para cerdos horizontales” “es un intento de secuestro” “es el aparato contra la sordera” “es el alma de la fiesta” “esto no es un poema” “es una marea de mariposas africanas” “es la batalla en aguas abisales” “es un tratado de geometría” “es el cargo en tu contra”. Y así, se pone en nuestra contra, es decir, en contra del ensimismamiento. Al decir todo lo que es, también está diciendo que no es nada. Esto no es un poema y tampoco es un libro. ¿Entonces por qué tendríamos que aproximarnos a él de esa manera?

De pronto, como en un paréntesis, aparece la historia de Vladimiro, un ruso en la niebla, la historia de su mejilla sangrante en la niebla. Un ruso transcurriendo el blanco neblinoso de la página como un misterio, una tangente del desamparo que desea llevarnos a la nieve, casi tundra. ¿Qué hace Vladimiro extraviado en el centro de la violencia? La poesía no necesita respuestas o acepta todas las respuestas posibles. La poesía es la pregunta. Vladimiro representa el enigma de la tercera persona. Después de su episodio, desembocamos en un último poema cargado de un cuestionamiento más íntimo, más personal y más parecido a un aterrizaje forzoso en medio del océano.

Sé que ustedes no existen.
Han muerto de ciertas enfermedades
que no reconozco en mi manual
de viajero intergaláctico.
[…]

Eso lo resume todo
artefactos de tracción humana:
la ortopedia para tener un día feliz
como en los cuentos de hadas
[…]

Qué extraño lugar resultó
ser éste
sin nudos corredizos en las corbatas
y repleto
el pasillo de reproducciones baratas de bronce.
[…]

Domina la espesura, el ‘yo’ desamparado. Ya no son órdenes ni instrucciones: es el recuento de los daños. Nosotros no existimos y el mundo es un lugar enrarecido. El destino es un agujero negro. Entonces, esto no es un libro, es una pintura, pinceladas que trazó Luis Alberto Arellano, ‘el perito forense’, ante la plancha de operaciones junto a Jean-Michel Basquiat, ‘el cirujano plástico’. Un preámbulo al Apocalipsis con la furia de esos grandes atletas negros.

Título: Grandes atletas negros
Autor: Luis Alberto Arellano
Editorial: Luzzeta, México, 2014.

lunes, 19 de diciembre de 2016

Palabras de agradecimiento

Estoy profundamente emocionado porque al fin aprobaron la patente de mi más ambiciosa creación como diseñador de modas y tanatólogo: un cinturón de cuero de la más alta calidad que a lo largo de toda su superficie lleva grabada en fuego la frase “salida de emergencia”. El cinturón es combinable con cualquier tipo de pantalón, es discreto y está disponible en colores blanco, marrón y negro. En la punta posee un arillo de metal reforzado especial para sujetarse firmemente a un gancho fijado al techo o a cualquier elemento similar sin correr el riesgo de romperse o desgarrarse ante la presión del peso. El arillo también puede correrse a una posición céntrica para lograr que el cinturón forme un nudo resistente por si fuera necesario sujetarlo a un tubo o viga más confiable. El interior del cinturón está recubierto por un material suave que evita cualquier tipo de irritación en el cuello y ayuda a volver más confortables los últimos segundos. Cabe decir que aún sigue en trámites para distribuirse en las grandes cadenas comerciales pero mientras ya puede adquirirse en internet a un bajísimo costo de lanzamiento. Mi lema siempre ha sido: Cuando se llega a la vida, lo mejor es tener ubicada la salida de emergencia, y ese lema ahora se ha transformado en el slogan para mi producto. Creo que es una idea revolucionaria traer la salida de emergencia de este puto mundo al alcance de la mano, en la cintura, cuando por primera y única vez se le necesite. Confío en que mi invento será muy bien recibido, estoy completamente seguro.

lunes, 12 de diciembre de 2016

mAiri kaarBa | luammEne zcyViaa

Entre julio y octubre de este año hice un viaje acompañado solamente por mi maleta y la poesía completa de Amiri Baraka (1934 - 2014). Al viaje era complicado llevar más libros por el posible exceso de equipaje, así que para sacar más provecho de lo que sería mi única lectura, hice un ejercicio: ‘construí’ un texto tomando mis versos y estrofas favoritas de 27 poemas aleatorios de Baraka, en su idioma original (inglés), e hice una traducción libre, es decir, imprecisa y cambiando palabras y conjugaciones a mi arbitrio con el objetivo de ensamblar todo en un sólo collage que tuviera coherencia y dijera lo que yo quería decir en ese entonces. De este modo, ninguno de los versos sería totalmente de Baraka pero tampoco mío. La intención era encontrar un punto medio utilizándolo de guía. Quien conozca un poco de Amiri Baraka sabrá que sus poemas tienen una explícita carga política y social, sin embargo, me enfoqué en aquellos textos (la mayoría de juventud) donde lo visceral se hace mucho más presente. Aquí el resultado: 


“las cosas han tenido que ser así”
“cada noche cuento las estrellas”
“y cada noche obtengo el mismo número”
“y cuando no hay estrellas para contar”
“entonces cuento sus espacios vacíos”
“cráneos de cocodrilo afilan sus dientes”
“oh, nena, no seas tímida”
“parte de mi encanto genera sentimientos azules”
“¿acaso tengo capacidad para la gracia?”
“eso es parte de mi encanto”
“un poco de nostalgia que de pronto”
“se transforma en terribles pensamientos de muerte”
“qué estúpido es ser tan sentimental”
“como para llamarle ‘amor’ a cualquier cosa”
“mi boca está muy abierta”
“pero no tengo nada que decir”
“eso también es parte de mi encanto”

“mi máscara negra está atrapada en el polvo”
“debemos salvarnos de ti”
“o salvarnos de mí que es mejor”
“de todas las cosas que he hecho”
“o que no he hecho todavía”
“¿pero a quién debo amar entonces?”
“he dormido de espaldas”
“a cualquier tipo de verdadera comunicación”

“tan simple como el acto de abrir mis ojos”
“sobre las escaleras de madera se estrellan las lágrimas”
“es inútil hablar de algo como el tiempo”
“los fantasmas cubrirán tu carne”
“buscando esconderse atrás de tus mentiras”
“como la endemoniada esfinge levantándose al crepúsculo”
“estoy pensando en cómo han pasado las estaciones”
“tan simple como el acto de cerrar mis ojos”
“has olvidado el color que se refleja en las colinas”
“mientras tocas el agua”
“yo he olvidado todo”
“dijiste que me amabas tratando de entender las nubes y la luz”

“a veces siento que tengo que expresarme”
“y entonces lo que tenga que ser expresado”
“cae de mi boca como escamas de ceniza”
“y cuando esas escamas se endurecen”
“todo parece hecho de luz verde”
“supongo que el color puede desaparecer la incertidumbre”
“como sea todo es luz verde”

“pretendiendo ser especial revivo en las mañanas”
“no soy tan hermoso”
“debe existir algo intensamente genial en este mundo”
“una cura mística”
“algo para lograr que tu enemigo se rinda contra la pared”
“pero sin rabia”
“sólo sintiéndote feliz porque desde el balcón”
“tu mujer observa que has triunfado”
“y así años después cuando viajes en el autobús”
“mires cómo es tu mano invencible la que sujeta el metal”
“aunque entonces seas viejo”

“la superficie terrestre intenta poner límites a la violencia”
“anoche hablando de nosotros nos amamos”
“si pienso fuertemente en mí”
“entonces la miseria de mi vida no es tan cierta”
“practicar la soledad es una virtud”
“una pequeña necesidad que nunca supimos que teníamos”
“¿a alguien le importa que haya sido así?”
“el amor es movimiento”
“pero también puedo decirte sin moverme que te amo”
“o que te he perdido”

“estoy adentro de alguien que me odia”
“miro desde sus ojos”
“percibo su aliento que se convierte en sonido”
“el aire frío sopla frente a mi rostro”
“esto es el amor humano y vivo dentro”
“he nacido para morir donde el amor se abra en mis brazos”
“ahora podemos ser algo menos miserable”
“porque entre nosotros hay un héroe”
“ésta es la danza de la rebelión”

“¿puedes escucharme?”
“aquí estoy otra vez”
“tu dinamita”
“¿puedes escucharme?”
“mi alma se mueve”
“es el alma que me diste”
“digo ‘mi alma’ y se mueve”
“es el alma que me diste”
“estoy cansado de perderme tras las máscaras”
“porque un hombre no puede amar calladamente”
“ésta es una larga historia”
“nuestros enemigos no son tan poderosos si hacemos el amor”
“la palabra ‘amor’ es una pieza que el lenguaje usa para pelear”

“¿quién soy yo para amar tan profundamente?”
“¿cuánto es demasiado íntimo?”
“a veces vivo contra la noche”
“contra las afiladas mesas de los bares”
“y no sé cómo averiguar si alguien me busca”
“he aprendido a repetir el sonido de mis huesos”
“veo que amo lo que no debería amar”
“soy lo que creo que soy”
“eres lo que creo que eres”
“en tus sueños me han devorado las bestias”
“el silencio es tan importante como nuestra propia vida”
“nos hemos creado como héroes y amantes”
“pero es una verdad clara que nos hemos abandonado”
“y no eres capaz de sentir lo rápido que voy hacia la muerte”

“¿qué podría venir mañana que no pueda venir hoy?”
“espera un poco más de mí de lo que ya te he dado”
“estoy tratando de decirte más de lo que he dicho”
“si no estás en casa, ¿en dónde estás entonces?”
“no puedo decir quién soy a menos que aceptes que soy real”
“aquí hay algunos sentimientos para ti”
“veremos si te gustan”
“y entonces seré aquello que revelen”
“a menos que aceptes que soy real podré sentir”
“mi corazón es amplio como para contener algo de historia”
“un poema es una tontería a menos que se convierta en un árbol”
“¿quién eres tú escuchándome?”
“¿quién eres tú escuchándote a ti misma?”
“estoy seguro de que hay alguien a quien amas”
“y estoy seguro de que algunas veces soy yo”

“te huelo”
“te siento”
“pero verás que todavía estoy lejos de entenderte”
“sé que no eres Dios pero eres todo en lo que creo”
“las ideas son reflejos de la vida material”
“soy visible”
“tengo la capacidad para ser visto”
“el problema es que no me ves”

“cuando el cielo estaba lejos”
“y cuando la poesía no era real”
“yo solía ser ignorante y silencioso”
“solía ser un niño emocionado”
“solía pensar que todo tenía alma y corazón”
“solía pensar que los muertos estaban muertos para siempre”
“solía llorar si necesitaba mentir”
“y solía pensar que todo tenía solución”
“¿pero qué amor no es frágil?”
“¿qué amor no está en peligro?”
“todo este dolor”
“es imprescindible”.
LAX | BOS | PVD
Septiembre, 2016

lunes, 5 de diciembre de 2016

Escribir y e$cribir

Escribo la reseña de un libro; escribo un artículo para una revista técnica que nadie leerá; escribo un ensayo para otra posible revista; escribo semanalmente en este blog y por supuesto, desgraciadamente por supuesto, nadie va a pagarme por nada. Así es este trabajo, un trabajo sucio que alguien tiene que hacer. El sacrificio económico de escribir es enorme. Cuando la lista de textos pendientes está mucho más llena que la cartera algo está saliendo definitivamente mal y llega el momento en que ya no pueden hacerse trabajos de a gratis. Entremos en contexto: a la fecha que escribo estas líneas tengo 27 años y a sabiendas de que no soy un mozuelo que apenas inicia, tampoco es que tenga un puñado de revelaciones u obras maestras conmigo. Lo que sí tengo es una gran cantidad de dudas sobre por qué ser escritor es sinónimo de precariedad (incluso cruda pobreza) económica. Menciono el asunto de la edad porque supongo que es algo que afecta distinto según las generaciones, por ejemplo, dudo que los escritores que ahora me doblan los años tengan este problema, así como también dudo que no lo hayan tenido en su juventud.

La escritura, además de un medio de expresión, un arte, un goce, etcétera, también es un oficio, sobre todo si se ha decidido ponerla como eje medular en la vida cotidiana. ¿Será posible ver a la escritura como un trabajo, si bien no completamente rentable, al menos digno para una vida modesta? Entiendo que un zapatero, cuando apenas aprendía el oficio, regalara ciertas composturas para amigos y familiares, o incluso a desconocidos, porque quizá ahí el ‘pago’ era su perfeccionamiento, pero una vez que tiene cierto dominio y aunque toda la vida siga aprendiendo y perfeccionando, las composturas ya poseen una calidad notable y necesitan apreciarse como tales. Lo mismo tendría que suceder con lo que se escribe.

¿Por qué seguimos tan lejos del pago justo de los textos? ¿Por el siempre agonizante sistema cultural? ¿A quiénes les está reservado el beneficio? No hablo de pagos provenientes de premios o becas, ni por escribir contenidos masivos en seis o siete artículos diarios (estoy en contra de trabajar para una agencia de medios produciendo textos que, a cambio de un 'buen sueldo', me transformarían en una máquina semiautomática). Esas opciones son diferentes, hablo del día a día, de los textos creativos, de los correos que llegan a diario pidiendo ésto y aquéllo. Aquí aparece la gran pregunta: ¿Cómo reconocer cuándo cobrar un texto y cuándo no? Dentro de mi infinita ignorancia, creo que la respuesta se sintetiza en una sola línea: si el texto ya está escrito, podría no cobrarse, pero si el texto apenas va a escribirse, es decir, si es un texto por encargo que inicia de cero, entonces tiene todo el derecho a un pago: ese texto que sale por petición, el que quizá nuestro deseo natural no nos habría hecho escribir. Con el material que aguarda en la carpeta puede intentarse conseguir algo aunque sin esperarlo porque, a fin de cuentas, fue un impulso personal escribirlo.

Queda claro que el escritor escribe porque lo desea, porque lo necesita, porque quiere conectar con un Otro, y por eso hay que hacer una distinción fundamental: una cosa es escribir para ganar dinero y otra cosa es ganar dinero por escribir. No se trata de pensar que todo lo que escribimos será pagado o que hay que escribir para que nos paguen, más bien, pensar que algunos de nuestros textos podrían ser remunerados según la circunstancia. Regalar textos sobre pedido es casi el meollo del asunto. No hay problema en regalar lo que ya estaba en el cajón porque, con pago o no, con petición o no, esos textos iban a salir, pero regalar todo sin distinción a diestra y siniestra es otra cosa. Habría que fomentarse aún más la cultura del pago literario. El circuito cultural está acostumbrado a que los escritores, sobre todo los más jóvenes, trabajen gratis. ¿Por qué sentir pena o sumisión al proponer un pago? Recordemos que estoy hablando desde un contexto de escritores en el limbo de la edad y la trayectoria: ni 'verdes' ni 'vacas sagradas'.

Se me ocurre una brevísima lista de acciones que quizá poco a poco harían una diferencia:

1) Las revistas de literatura, sobre todo las digitales, no deberían exigir textos específicos si no van a pagarlos. De pronto la promesa de la difusión “masiva” no es suficiente. Convocatorias simplemente abiertas son mejor alternativa: que el que quiera publicar que envíe su propuesta sujeta a dictamen. Las revistas son buenas plataformas pero si alguna pide textos a partir de cero y además recibe fondos de publicidad, beca o patrocinio, le convendría considerar al escritor como un trabajador y pagarle igual que al diseñador, al publicista, al CM, etcétera. Si la revista no recibe apoyos estaría exenta de pagar pero también de solicitar textos específicos y por encargo.

2) ¿Qué se hace en el caso de los prólogos o las reseñas, sobre todo si son para amigos? Lo único que se me ocurre es que prólogo se paga con prólogo y reseña se paga con reseña, o con un par de cervezas, o con una orden de tacos. Cosas que sin duda se compartirían en cualquier otro momento pero que ahora se estarían perfilando como un acto de reciprocidad, como algo que simboliza el pago y valoración del trabajo aunque no sea con dinero.

3) Los poemas sueltos no se cobran. Tampoco hay que ser. Eso seguramente se estipula en alguna esquina del libro del karma. La única manera en que podríamos cobrar un poema, tal vez, es si nos sentamos en una plaza pública con una máquina de escribir para ofrecer versitos coquetos para cualquier ocasión. Nada más. Por lo pronto, dejar que la poesía continúe fuera del capitalismo parece una postura sensata.

4) En el caso de lecturas públicas, creo que no se les puede poner tarifa definida como si fuéramos músicos o cantantes. El escritor podrá parecer rockstar pero ya en esencia ni es tan rockstar, caray, aunque si la lectura es parte de un festival con evidente presupuesto, lo mínimo que podríamos esperar es el pago del transporte, alimentación y hospedaje, más si es en un lugar que amerita viaje y estadía.

5) El texto es un artefacto planeado, pensado, elaborado, construido, ensamblado, funcional y por lo tanto (según su circunstancia, repito) cotizable. Si el escritor no pierde de vista esto, es posible comenzar a hacerle frente a quienes buscan trabajo regalado.

Será interesante saber quién apoya estas propuestas pero más interesante saber quién estaría en desacuerdo, quién piensa que el escritor no tiene derecho a cobrar por considerarlo un acto de soberbia o de falta de tacto o de banalización de la escritura (intento anticiparme al ataque). Una de las sensaciones de satisfacción más grandes que he tenido es cuando planeo que mi cena sea un burrito del Oxxo y de pronto cae el pago de algún texto escrito meses atrás para alguna de las pocas revistas que sí pagan y entonces puedo sustituir el burrito por una nada despreciable carne asada con todo y guacamole. Quizá eso no salva la vida pero sí salva la cena. Micropolíticas.

Ahora la infaltable sección de preguntas sin respuesta: ¿Qué pasa con que pagar un texto no es lo mismo que comprarlo? ¿Qué significa vender un texto? ¿Venderlo es desprenderse de él a cambio de dinero? Trato de entender las diferencias porque hasta ahora lo que he experimentado es la venta de textos sin firma, es decir, textos de ghost writer que posiblemente firmará otro. Podría entenderse que en los textos pagados se apuesta no sólo por el trabajo sino también por el “prestigio” de la pluma, porque de algún modo las revistas, periódicos y editoriales usualmente no pagan a quien sea sino que existe un trasfondo que justifica la publicación y la avala. ¿Qué elementos hacen a un texto (y a su autor) candidato a ser pagado? Terrenos pantanosos sobre los que valdría la pena reflexionar. Para concluir (si es que hay conclusión así de rápido), nadie me pidió escribir esto, lo hice porque para mí es importante, (aunque si de pronto alguien quiere invitarse los mezcales, los aceptaría de inmediato). Mientras tanto, creo necesario correr la voz pero sobre todo, cuestionarse al respecto.

lunes, 28 de noviembre de 2016

La poesía ante la catástrofe

Siempre hay un momento en el que todos hacemos como que nos gusta la poesía, como si la poesía, por el simple hecho de ser “poesía”, exigiera el gusto indiscutible. Quiero precisar: a veces se asume que cualquier texto que de autodenomine “poema” contiene poesía y por eso merece admiración y asombro casi de antemano. Entonces aplaudimos y fingimos estar maravillados con eso que apenas sentimos o entendemos, por puro compromiso, o porque si no tal vez seamos idiotas. Creo que falta valor para confrontar y debatir los poemas huecos, complacientes, efectistas. El poema no viene con certificado de aprobación porque cada vez que se lee se pone a prueba. Otorgarle ese beneficio desde el comienzo es condescendiente. Creer que el poema es buen texto por el simple hecho de parecer poema es como creer que el poeta es mejor persona por el hecho de ser (parecer) poeta. Quedarse en silencio o incluso hacer evidente la inconformidad debería ser parte cotidiana, no satanizada, del proceso de lectura. En público o en privado.

La poesía, al gestarse en la sensibilidad, es sintomática (produce síntomas, responde a síntomas) y son impulsos corporales los que piden “consumir” (qué palabra tan inexacta) un determinado tipo de poesía dependiendo los ánimos. La poesía, igual que la música, apela en un principio al deseo corporal; como si fuera un regulador o un medicamento o una vitamina, la poesía se “necesita” en dosis y cualidades específicas. Pensándola de ese modo, la poesía que necesito ahora es la que me saca de mi asiento de comodidad, o que me hace ver que todavía existe una dimensión sensible. No necesito una poesía que me aparte del mundo ni que sea un refugio, ni siquiera deseo una poesía que me proponga otro mundo, lo que necesito es una poesía que me ofrezca una nueva forma de mirar, experimentar y entender este mismo mundo. No quiero una poesía que me muestre universos paralelos, sino que me dé herramientas para quebrar este universo en otros. Si el poema quiere hacerme un retrato del mundo, tendría que ser de algo que yo aún no haya visto, es decir, de algo que sólo el autor vea, su revelación o su descubrimiento. Soy un individuo y pertenezco al tejido social pero no soy la sociedad, por eso tampoco busco una poesía “social”, “comprometida” que le hable a la sociedad (para eso mejor un panfleto o un discurso político), sino que me hable a mí directamente, que me haga sentir que sólo es para mí, y entonces así intentar ser un nodo más sensitivo y perceptivo para incidir en ella. Es la forma que conozco, en un primer movimiento.

Me pregunto por el papel que ahora tiene la poesía, ‘nuestra’ poesía, ‘mi’ poesía, en esta realidad devastadora y devastada. Sé que la poesía no va a salvar al mundo, si acaso, nos hace resistir un poco más el mundo, pero de ahí a salvarlo hay un abismo. Me pregunto cómo un poema podría sobreponerse al horror de la tiranía, de la injusticia, de la brutalidad, de la tragedia. Por ejemplo, ¿qué hace la poesía contra Trump?, ¿qué hace contra Peña Nieto?, ¿qué hace contra el hambre?, ¿qué hace contra el SIDA?, ¿qué hace contra el derretimiento de los polos? Por sí misma, sabemos que nada. Una vez vi el viejo y conocido stencil que sentencia “la poesía no es suficiente” acompañado de la figura de un niño, probablemente somalí, frente a un plato vacío. Recurso sentimentalista o no, facilón o no, pudo asestarme su golpe. Y sí, supe que la poesía no era suficiente. Y que si un poema pretende encerrarme en una burbuja, nada quiero saber de él. Y que si nos sentimos muy capaces escribiendo poemas, también deberíamos ser muy capaces de reaccionar ante la catástrofe. Acepto que yo aún no sé cómo hacerlo y no sé si lo logre, pero lo que sí comprendí, al menos en primera instancia, es que un poema que no estremece no es poema; o un poema que no confronta no es poema; o un poema que no implanta el germen de la intriga no es poema; o un poema que no muestra otra posibilidad del mundo no es poema; o un poema que me deja intacto no es poema; o que un poema que complace, que anestesia, no es poema. Ya no. No ahora. No para mí. Después de seleccionar lecturas y después de evitar escribir aquello que no me gustaría leer, ¿cuál sería el siguiente paso?

lunes, 21 de noviembre de 2016

Robo de celulares

La semana pasada un HijoDePuta me robó al salir del metro. En un movimiento rapidísimo de pronto ya no tenía el celular y entonces formé parte de la inmensa multitud a la que le han robado el celular en esta convulsa metrópolis. Después de la rabia y frustración por todos los contactos, archivos de trabajo, fotos, música y PDF's que perdí, el hecho me hizo entender la vulnerabilidad a la que se someten las pertenencias digitales pero también la deriva a la que uno se enfrenta cuando se queda sin comunicación.

Perder el celular me hizo reflexionar sobre el riesgo de tener todos (o gran parte) de los archivos importantes concentrados en un mismo sitio, y también en la estupidez que supondría no tener algún tipo de respaldo. Yo, quizá muy estúpidamente, acostumbro respaldar los documentos sólo en un par de memorias USB que actualizo cada diez o quince días y que guardo en algún cajón de ropa o en una lata vacía de chocolates. No tengo nada en la ‘nube’ porque hay algo demasiado primitivo en mí que me impide confiar totalmente en algo que no puedo ver o tocar. Podré estar jodido, lo sé, pero las memorias USB me dan mucha confianza porque casi siento cada uno de sus bits pulsando en mi mano cuando las tomo. Quedarme sin celular, aunque por fortuna no haya perdido aquello respaldado, me hizo poner en tela de juicio mis métodos rupestres y tal vez deba reconsiderar. Aprendizaje.

Perder el celular me hizo pensar en la posibilidad de incluso volver parcialmente a los soportes analógicos y tener al menos tres libretas en la mochila: un directorio de contactos, un cuaderno de notas y una agenda de pendientes, todas con pequeños bolsillos interiores para guardar fotografías, recortes de periódicos y curiosidades mínimas halladas en la calle, justo como haríamos con lo encontrado por la web. Sólo el agua o el olvido podrían deshacerse de ellas, pues un robo sería poco probable (aunque una vez me robaron una agenda a medio llenar pero ésa es otra historia bastante inaudita). Por ahora ya uso la libreta de notas y la agenda de pendientes y sólo me faltaría el directorio de contactos porque lo que más me dolió perder fue los números de varios amigos (algunos de otras latitudes) que no podré recuperar hasta que nos encontremos frente a frente. Hasta llego a pensar en lo old fashion que sería sacar una pequeña agenda de cuero marrón grabado en fuego y de hojas ahuesadas para anotar un teléfono, una dirección, una página de internet o una cuenta de Twitter. No es por ser fetichista del papel pero... está bien, a nadie engaño, soy fetichista del papel.

Perder el celular me hizo sentir una soledad específica: la soledad del que pierde lo que no había dimensionado que tenía. El robo no significó quedarme sin el equipo (que por lo demás era relativamente barato), sino quedarme a la deriva en el torrente de comunicación entre mis amigos con los que mensajeo diario; significó expulsarme del nodo y significó la ansiedad de no saber si trataban de comunicarse conmigo: no sólo fue quedarme mudo sino también sordo, sin quererlo, de repente. La comunicación se cortó de tajo en ese instante, incluso tenía mensajes pendientes para responder y sabía que esperaba algunos otros con urgencia. Ya nadie se aprende los teléfonos y hablar con alguien a distancia se ha viciado al depender de estos medios concretos que en un instante pueden desaparecer. Con el celular perdí todos mis contactos porque nunca hice respaldo de ellos. También perdí decenas de videos y fotos y en verdad me duele por lo irrepetible de las situaciones. Sólo espero que después de haberlas visto tanto no comiencen a pixelearse poco a poco en mi propia memoria.

Por otro lado, perder el celular y decidir cancelar el número en vez de recuperarlo tuvo un par de aspectos positivos: pude librarme del acoso comercial porque llevaba un tiempo recibiendo llamadas de empresas o bancos que intentaban venderme servicios, lo que muy probablemente significaba una filtración de mi número. Además, por fin logré salirme de ciertos grupos de WhatsApp que por ‘diplomacia’ no había abandonado aunque ya no tenía nada que hacer en ellos, y al mismo tiempo me di cuenta de que muchos de los contactos que tenía no recordaba quiénes eran ni qué hacían ahí ocupando espacio: contactos que uno pide por inercia a sabiendas de que no va a usarlos nunca. Fue una especie de limpieza como cuando se limpia la habitación desordenada y se respira mejor y hasta podríamos tirarnos a dormitar en el piso.

Pero sobre todo, realmente sobre todo, perder el celular me hizo reforzar la idea que tuve hace tiempo y que consiste en patentar un celular con una carga explosiva dentro que pueda detonarse por voz a distancia con un placentero "hasta la vista" en el momento posterior al robo para así volarle las tripas al HijoDePuta que se haya llevado el celular de un pobre y nada psicópata transeúnte. Sería un éxito en este país demente. Negocio millonario. Si lo patentan ya, les compro el más letal de todos.

lunes, 14 de noviembre de 2016

Sueños II

Lado A

Trabajo en una agencia pericial y de investigaciones. Recibimos un llamado para atender un accidente vehicular que involucra a un camión de carga y a un motociclista en el cruce de una avenida importante: por la falta de precaución de ambos conductores, el camión, a exceso de velocidad, embistió al motociclista que avanzaba también a exceso de velocidad. El accidente es tan terrible que al llegar acordonamos la zona y nos disponemos a recoger todos los restos posibles. Con muchísimo desconcierto, descubrimos que los restos del motociclista están hechos de mármol: se trata, ni más ni menos, que de la estatua del David, esculpida por Miguel Ángel, en traje de cuero, botas y estoperoles. La cabeza, intacta y todavía en el interior del casco, es de un increíble detalle, con la nariz respingada y voluminosos rizos en la cabellera. No encontramos documentos ni credenciales pero sí una postal del calendario azteca en el bolsillo de la chamarra, intervenida con rasgaduras y manchas de tinta con una extraña clave: “16-16-17-17”. En un momento de descuido ocasionado por la sorpresa, el conductor del camión se da a la fuga. Miro los ojos sin identidad de mis compañeros; uno de ellos me toca el hombro y me despierta.

Inter

En medio de la noche me intercepta este pensamiento: si yo pudiera convertirme en lo que fuera, me convertiría en una montaña porque siempre me ha atraído el misterio de las piedras, su fuerza contenida, su energía tremenda para mantenerse sólidas, para no estallar como si fueran bombas minerales. Su magnetismo es la herramienta para enlazarse con el mundo, para intervenirlo y habitarlo. Una piedra puede ser paciente y esperar el fin de los tiempos o ser violenta y valerosa cuando es arrojada a un objetivo. Una piedra es una montaña diminuta. Una montaña es una piedra enorme, el dios de las piedras. Si las piedras rezaran, quizá le rezarían a una montaña. Estaría bien ser una montaña. Estoy en esos pensamientos cuando el sueño vuelve.

Lado B

Camino por una playa de arena gris y me encuentro a una chica con vestido larguísimo que me dice, de manera abrupta y sin saludo, que es capaz de controlar los barcos totalmente a la distancia, no conducirlos o navegarlos sino controlarlos desde lejos con el sólo movimiento de sus manos. Está practicando y me da una demostración: si extiende los brazos paralelos con las palmas apuntando a un barco, el barco permanece quieto; si dobla las muñecas para que las palmas vean al piso, el barco avanza lentamente; si sube los brazos paralelos a la altura de los ojos, el barco sale del mar como una roca arrancada de la tierra y flota; si levanta los brazos un poco más, el barco se eleva un poco más. Me dice que puede hacer eso desde las playas y también a bordo de los barcos y que puedo acompañarla a uno en ese mismo instante, sin embargo, invadido por una extraña ansiedad, le doy las gracias y rechazo su invitación. Al parecer mi negativa le enfurece y en un arrebato hace que el barco más cercano salga del agua como un proyectil y se impacte con violencia en uno de los lujosos hoteles que están al otro extremo de la costa. El estallido ensordecedor y los gritos me hacen despertar.

lunes, 7 de noviembre de 2016

Postales de Cuba

El año pasado tuve la oportunidad de ir a Cuba. Fue un viaje muy significativo por la compañía y porque ahí celebré mi cumpleaños número 26. A continuación, más de un año después y con perdón por la tardanza, transcribo algunos breves apuntes de la libreta que pude rescatar:


- Aterrizamos en La Habana y lo primero que llama mi atención es la enorme cantidad de autos clásicos que de este lado del mar consideramos verdaderas y cotizadas reliquias. La postal de La Habana tiene un auto clásico en ella, no importando si el motor y los interiores pertenecen a cinco autos nuevos y diferentes. El calor es hipnótico pero tolerable, a excepción del mortal sol de las dos de la tarde que se extiende por un par de horas y del cual sólo es posible escapar tomando una siesta. La identidad urbana es funcional, un caos controlado. El nacionalismo está tan presente como la resolana. La palabra “Revolución” surge en todos lados y en todas las paredes. La postal de La Habana tiene un graffitti del Che Guevara deslavado por el sol y la sal. Me sorprende lo diferente que es Cuba de México y lo similares que son al mismo tiempo. Pienso entonces que el verdadero y único país es Latinoamérica.

- Pasamos por el malecón en dirección al Café Neruda para tomar los ya recomendados daiquiris. La postal de La Habana incluye al malecón con las olas saliéndose por encima. Lo segundo que llama mi atención son los edificios: parece que las fachadas de las casas están a punto de caerse, un desmoronamiento en pausa, pero los esqueletos son firmes como el hierro, bien plantados. La gente se sienta en sus portones a tomar el fresco con mirada atenta, amable, vigilante. En la postal de La Habana hay alguien sentado ante su puerta sólo viendo la vida que transcurre al fumar un puro. Hay muchos gatos flacos en las calles y casi nada de basura. Voy haciéndome de ideas muy generales. Cuba pone a prueba, desafía la comodidad. Creo que todos, turistas y locales, experimentan algún tipo de reto cada día. La realidad puede ser dura. Cuba tiene limitaciones y prohibiciones que no terminan de disolverse. No es un país difícil de intuir aunque sí puede ser difícil experimentar, pero dentro de esa dificultad existe una apropiación del bienestar: se busca estar bien y de formas creativas se consigue estar bien incluso con lo poco que se tenga. La postal de La Habana es una imagen que apenas (siempre) se está formando.

- En la noche se puede andar tranquilamente. Los cubanos que hemos conocido se enorgullecen al decir que no hay inseguridad en esa parte y que nadie anda por ahí amenazándote con armas. Cuando les digo que soy mexicano se alegran y aumenta su simpatía pero también me preguntan si no he tenido problemas con el narco; al parecer, la mayoría de las noticias que les llegan de acá son las relacionadas con la violencia y la muerte. Pasamos frente a una casa donde se realiza una ceremonia religiosa, con cantos y bailes. Un señor ve nuestros rostros curiosos y después de pensárselo un poco nos invita a entrar con cautela pero preferimos decir que no, que muchas gracias, y seguimos caminando.

- El proceso de construcción de La Habana es constante pero no porque siempre se esté construyendo sino porque la construcción parece que se estancó en el tiempo y es permanente. La Habana no es vieja, es antigua, está en un presente que no es éste, sucede en otra parte y bajo otras leyes. Sería salida fácil decir que La Habana pertenece a otra época pero es que su condición de isla al margen de la globalización la mantiene encapsulada. El acceso limitadísimo a internet es un factor decisivo en la configuración social y en la apreciación del mundo. Sin embargo, en Cuba se revaloriza la auténtica comunicación humana, incluyendo todas sus dificultades. La comunicación surge del cuerpo. El cuerpo de La Habana es pura comunicación, dice cosas que incluso los cubanos ya no escuchan por haberlas escuchado tanto. Su lenguaje se traduce en calor, paisaje, olor y sonido: el cuerpo de la ciudad. Me surge un extraño sentimiento de agradable nostalgia cuando escucho que la gente llama a gritos a sus amigos o familiares desde la calle para pedirles una taza de azúcar, darles un recado o preguntar si pueden salir. Tenía años que no escuchaba a nadie gritar frente a una casa para comunicarse. Ningún traductor, cubano o extranjero, entenderá a totalidad lo que Cuba está diciendo.

- Rihanna (sí, la cantante) está cenando justo en el restaurante de al lado. Al irse, la vemos pasar entre una horda de fanáticos que se han aglomerado por todo el callejón desde que se enteraron de su presencia. La noticia se esparció de boca en boca. Algunos incluso pensaron que se trataba de Beyonce. Una niña se abre paso para tocar su mano y es la única foto que alcanzamos a capturar con la cámara desechable.

- Desde La Habana llegamos hasta Viñales, un pueblo muy tranquilo, colorido y con una impresionante reserva natural. Viñales pertenece a otro tipo de realidad cubana: es Cuba y hay cubanos pero la afluencia extranjera es casi total y además el paisaje es como de pueblo fantástico. El aire está lleno del olor picante de una planta que nadie sabe decir cómo se llama; ese olor me da hambre permanente. Es un pueblo hecho para la contemplación de la vida de campo, para reposar y digerir las experiencias del viaje. Cientos de pollos, gallos y gallinas caminan por las banquetas. Viñales es una burbuja en el tiempo dentro de otra burbuja. Comienzo a pensar que entonces Cuba está compuesta por un cúmulo de burbujas de tiempo, pero apegándome más a una realidad física, sería más atinado decir que Cuba es un cúmulo de islas separadas no por agua sino por carreteras. Cuba: la isla hecha de islas que entre ellas no se conocen totalmente, que apenas se intuyen, que saben que están cerca pero que sus barreras de independencia también les sirven para protegerse. Al parecer entre ellas no quieren tocarse.

- Mientras estamos en Viñales se nos acaba el dinero en efectivo y descubrimos que ninguna de nuestras tarjetas funciona en los únicos dos cajeros del pueblo. Me toca correr buscando cualquier solución, llamando a mi banco en México, gastando el resto del dinero en una llamada de tres minutos que se interrumpe. Paso más de dos horas, en sandalias flojas, dando vueltas cada vez con más angustia a lo largo de toda la avenida principal. Al final, unos amigos nos prestan dinero esa misma noche. Después, para bajar un poco la tensión, a esa experiencia la bautizamos como “El maratón de Viñales”.

- Transcurre la tarde en las playas de Cayo Jutías, en los callejones de La Habana Vieja y en la terraza del Hotel Nacional, entre daiquiris y Cuba Libres. En un momento de la noche recorremos el malecón con una botella de ron Havana Club porque está permitido beber en la vía pública (el refresco de cola se llama “Tu Kola” y me da muchísima risa porque nunca superé los 14 años). Hay mariachis y batucadas y Son cubano y trovadores y merengue y todo es una fiesta de música. El viaje también coincide con la Bienal de La Habana y hay decenas de instalaciones y esculturas que bordean casi de principio a fin el malecón. Mientras tanto, yo me quedo con la escena de encender un puro artesanal en la terraza del hotel, la noche de mi cumpleaños, un día antes de regresar, y que se captura justo con la última foto del rollo de nuestra cámara.