lunes, 16 de enero de 2017

Sueños III

Lado A

Soy el panadero oficial de Pablo Escobar y tengo la responsabilidad de surtir con baguettes recién hechas la fiesta de cumpleaños de su mejor amigo. Vivo en Medellín pero la reunión será en Cali, territorio peligrosísimo, así que mandan un helicóptero para llevarme hasta allá. Mientras sobrevuelo la ciudad, miro cómo el paisaje se va deconstruyendo y lo que antes eran casas y árboles ahora sólo son enormes bloques de concreto grises y verdes, sin textura alguna. Toda la geografía está hecha de cubos, como grandes pixeles. Llegamos al lugar de la fiesta y me ordenan ir de inmediato a la cocina. Mientras preparo la masa, escucho una balacera en el exterior y por reflejo me tiro al suelo. Después de unos instantes, las detonaciones cesan y comienza la música de baile. Alguien grita que me apresure con el pan y, como por arte de magia, veo que la mesa ya está al tope de mis cotizadas baguettes. Salgo con un par de ayudantes empujando mesitas con ruedas y, en el centro de la multitud, está Pablo Escobar contando chistes. Dejamos el pan en su lugar y alcanzo a ver cómo una comitiva levanta algunos cuerpos y se los lleva en carretillas, resultado de la balacera. Al parecer esto es muy usual en las fiestas porque todos ríen y se ven despreocupados. Justo antes de regresar a la cocina, veo que la geografía de pixeles gigantes nos ha alcanzado y ahora estamos rodeados solamente por cubos de colores, sin textura. Pienso que quizá habitamos en una especie de videojuego. De pronto, otra balacera me saca de esos pensamientos y por reflejo me vuelvo a tirar al piso. El caos reina y aparecen pequeños incendios a mi alrededor. Escucho la voz de Pablo que dice que comience el baile y siento una mano extraña levantarme del brazo. La visión de cubos naranjas que simulan fuego me hace despertar.

Lado B

Ésta es la Matrioska del sueño. Estoy en un sueño que no es un sueño, que es un sueño dentro de un sueño, que es la realidad, que soy yo mirando la oscuridad del techo de la habitación desde la cama. Sueño que estoy despierto. No sueño que estoy soñando. Sueño que no puedo dormir, aunque estoy profundamente dormido. Sueño los bordes de la realidad, sueño los bordes de las cobijas, sueño la sombra, sueño la incomodidad de mi calor corporal. Sueño que tengo los ojos abiertos en el centro de la habitación. Sueño las leves filtraciones de luz por la ventana. Sueño la respiración de quien está a mi lado esta noche. Sueño sobre sueño. La Matrioska del sueño. Sueño que estoy lleno de insomnio y que aún no es demasiado tarde. Que aún es temprano. Sueño que falta mucho para que amanezca, aunque quizá ya está amaneciendo. Así funciona la Matrioska del sueño, sueño sobre sueño. Sueño que estoy en un laberinto de cuatro paredes. Sueño que cierro los ojos y creo que en realidad los abro, pero todo está nublado afuera. O adentro, no lo sé. La Matrioska reproduce mi sueño adentro de otros sueños idénticos. La nombro así, Matrioska, aún soñando. De pronto, creo quedarme dormido, o más bien, soñar que me quedo dormido, y entonces comienzo a emerger del verdadero sueño, del más breve y profundo al final de todos. Abro los ojos y percibo mi tacto. La habitación sigue a oscuras. La respiración de al lado vibra tenuemente. Por la ventana se filtran las primeras sombras blancas. Es la conciencia de mi sueño la que realmente me hace despertar.

lunes, 9 de enero de 2017

El bastón de la memoria

Mi memoria está envejeciendo con rapidez, va a una velocidad increíble hacia la porosidad, hacia la insuficiencia. Me di cuenta, entre varios y diversos síntomas, porque comenzó a necesitar bastón para sostenerse en terrenos donde antes no lo necesitaba. Y tal vez se preguntarán, o tal vez no, cuál podría ser ese bastón. La respuesta es sencilla: el separador de libros. Los separadores son bastones para la memoria que ya no puede transitar con exactitud y confianza por las páginas del libro que se está leyendo.

Mi memoria, contrariamente a lo que se creería de alguien de mi edad, comienza a cojear, a andar con lentitud, a tropezarse, y una de las consecuencias más tristes para mi contexto es que ya no recuerdo la página exacta en la que dejé pausada una lectura, siendo que tiempo atrás, hace algunos años, o incluso meses, era un pequeño mérito y motivo de orgullo no haber necesitado de separador hasta ahora. Mi método sólo consistía en memorizar la página con un despreocupado y simple vistazo y, si al volver al libro me parecía ajeno lo que estaba leyendo, era señal de que la lectura no se había afianzado y entonces volvía atrás hasta que algo me sonara familiar y así también fortalecía la comprensión. Sin embargo, esos días al parecer han quedado en el olvido, valga la exacta ironía. Ahora ya no puedo confiar en que mi memoria no vacilará o se tropezará aparatosamente como un anciano que resbala con un cacahuate.

Afortunadamente, y sirva esto como un resignado consuelo, hay separadores de todo tipo como hay bastones de todo tipo. Y por lo visto existe también cierta cultura del separador, con sus adeptos, amantes y defensores. Por un lado, están los clásicos separadores improvisados, hechos de servilletas, trozos de papel, hojas de árboles y hasta pequeñas basuritas que son capaces de guiar muy bien el paso aunque no posean las formas convencionales e incluso aunque ni siquiera permitan que se empalmen correctamente las páginas. Breves objetos que cumplen una función práctica y novedosa para sus objetivos y que a veces, dada su originalidad, hasta se perfilan como grandes detonadores de pláticas de café.

Por el otro lado, están los separadores auténticos y diseñados para ser lo que son. Rectángulos de papel o plástico o tela o elementos similares que se sincronizan con la anatomía del libro y de las páginas. Separadores que incluyen en su superficie una frase reveladora, una imagen exquisita y en ocasiones hasta alguna función rimbombante como broches magnéticos para mayor sujección o algún sistema de medida de unidad variable (reglas) o un lente de aumento para las letras chiquitas de los contratos o, en la más atractiva de las situaciones, una lamparita para las lecturas en la oscuridad; en fin, modelos equiparables a los bastones que también son paraguas o receptáculos de Whisky o vainas de sables o rebuscados rifles y metralletas para agentes secretos. En definitiva, la oferta es amplia. Los lectores de paso vacilante estamos bien procurados.

Nunca he sido capaz de doblar las esquinas de las páginas para marcarlas como llega a ser costumbre, me parece grosero porque soy un loco de la integridad física de mis libros. Tampoco me voy por la opción del marcador adhesivo fluorescente (post-it) porque me recuerda mis épocas de sanguinaria universidad donde hacíamos más disecciones teóricas que lecturas placenteras. En estos momentos uso tres bastones, digo, separadores diferentes que responden con efectividad a la demanda de libros consumidos. Ninguno es mi favorito pero le tengo especial gusto al que me regalaron en una librería del centro de Chicago por la hazaña de preguntar el precio de un libro que claramente lo tenía en la contraportada; el diseño es de cartón mate con la imagen de una torrecilla de libros vistiendo sombrero, lentes y corbata, simulando a un completo nerd de biblioteca. Los otros dos separadores son muy básicos: uno le hace promoción a la editorial con la que últimamente he trabajado y que demuestra que no sólo hacen grandes libros sino también bellos y modestos separadores y el otro es de mi cadena favorita de librerías-cafeterías y que siempre te regalan en la compra de cualquier cosa. Separadores de uso rudo, para lo que son.

Mi memoria ya no es lo que era y lo lamento mucho. Desconfío a la hora de leer y a la hora de poner a prueba mi retención de páginas que me hace temer que, en un extremo fatalista, la falla se extienda a mi retención de ideas. El horror. Sin embargo, y esto debería admitirse también como un resignado consuelo, usar separador me ha quitado una importante carga de estrés: cuando lo pongo siento que puedo aliviarme por no pensar más en la página marcada y desprenderme con tranquilidad del libro para turnarlo por otro o para salir a caminar o para apagar la luz. Así como el caminante con bastón deja de preocuparse en gran medida por su siguiente paso, sucede algo similar con el apoyo que nos otorga el siempre benevolente, siempre a la mano, improvisado o no, amigo separador.

lunes, 2 de enero de 2017

Últimas tormentas en el sol

es veinte de septiembre
del peor año del mundo
son las tres cuarenta y cinco
estoy bastante flaco
y creo que me hacen falta vitaminas

estamos frente a frente
viéndonos sin vernos
ella recoge y suelta su cabello
intermitentemente e interminable
no sé si está intranquila
pero se ve maravillosa

no sé qué puedo hacer ante ella
mirarla me hace daño
porque pronto estaré en caída libre
yo no sé qué voy a hacer conmigo
y creo que ya no entiendo su lenguaje

es veinte de septiembre
del peor año del mundo
son las tres cuarenta y cinco
estoy bastante flaco
y respiro en puntos suspensivos

estamos frente a frente
viéndonos sin vernos
recuerdo lo que hicimos
con un dolor de terremoto
ella recoge y suelta su cabello
intermitentemente e interminable

¿acaso no he pensado
que ya todo está perdido?
es veinte de septiembre
del peor año del mundo
y creo que me hace falta
la mitad de mí.

lunes, 26 de diciembre de 2016

Sobre "Grandes atletas negros" de Luis Alberto Arellano

El pintor neoyorquino Jean-Michel Basquiat está pintando sobre una plancha del Servicio Médico Forense. Hace trazos enérgicos y raspa con el mango de las brochas el metal frío. Escribe algo en la plancha con los dedos llenos de pintura. Es difícil distinguir las letras entre las figuras y es mejor decidir por la imagen que representan las letras, volverlas una sola mancha dialogando en las líneas. Basquiat está en lo suyo y del otro lado de la plancha forense el poeta Luis Alberto Arellano hace apuntes. No tiene pluma ni lápiz y entonces toma prestados los pinceles de Basquiat. No se sabe si Arellano escribe o pinta pero tampoco es que sea demasiado importante saberlo. ¿Qué está registrando en su libreta? ¿En dónde está el sujeto de estudio? Arellano y Basquiat están absortos frente a sus respectivas obras que al final son la misma. Arellano trabaja en el registro de la situación, analiza y al mismo tiempo construye un cuerpo como si fuera la escena del crimen. En el borde superior de la libreta titula Grandes atletas negros.

Estos son los Grandes Atletas Negros sobre la plancha forense, el brutal uso de la fuerza, la contundencia de lo breve, la telúrica fantasía del cadáver. Arellano plantea en ellos un primer momento cargado de órdenes como sentencias, un manual de comportamiento ante la desgracia y la incertidumbre, un poema largo de instrucciones para sobrevivir a la vida. Flashbacks o cortes en el tiempo. Extractos de una conversación como los extractos de los que se conforman las pinturas de Basquiat. Los Grandes atletas negros son realmente un rompecabezas. Este libro tiene la cabeza rota y se le está saliendo la pintura. Basquiat y Arellano revelan, en mancuerna, el cadáver del fin del mundo como sórdidos analistas entre “ataúdes participando en una competencia de remos”. Arellano sentencia que “el mango de la navaja significa el fin del recorrido” quizá porque este libro pudo escribirse con una navaja, porque Arellano vio cómo Basquiat discretamente usaba un poco de sangre para retocar su obra y quiso hacer lo mismo.

Aprenda su lección.
Su cadáver no le pertenece.
El cuerpo no transmite el odio al cuerpo.
La charla no contamina el agua de rosas.
Todo es propiedad privada.
La mariposa ríe al final.
El aroma no es simétrico.
No confíe en tonterías.

Administrar el horror como se administra 
un hotel en playas tropicales.
El profundo conocimiento 
de la anatomía no te transforma
en un ser humano pleno.
Comunicar los hallazgos a las personas
correctas en el idioma incorrecto.
Cacería de abrigos de segunda mano.
Cloroformo y parricidio para el desayuno.

¿Qué rompecabezas se armará al final? ¿Es una codificación acaso? ¿Nos quiere preparar para la acidez de un mundo deshecho? ¿Cómo aproximarnos a esta libreta de notas que serían poemas que serían sentencias que serían augurios desoladores? En la segunda etapa artística de Jean-Michel Basquiat aparecen algunos homenajes a los grandes atletas negros, esas máquinas humanas y poderosas que surgieron de las periferias para encarar la meta más visible. El conjunto de textos entretejen una tensión valuada en más de “cinco mil dólares” porque Arellano sabe que “a martillazos se puede saber lo que sea”, sobre todo saber “lo que un hombre debe aullar antes de lanzarse al vacío” para buscar en él las “piezas ocultas de un combate secreto contra el mundo”. Esas son las cuatro partes que conforman el libro. En combatir contra el mundo está la clave. Combatirlo porque nos está atacando, porque las notas no son más que un reflejo exterior vertido en las entrañas.

En un segundo momento, se pone a prueba la ametralladora verbal. Leer en voz alta es dirigirse al despeñadero. Un zapping apocalíptico. Entonces Arellano dice que “esto no es un poema” “es un racimo de malas palabras” “es un mapa del vacío” “es un nada me falta” “es una cuestión de tiempo” “esto no es un poema” “es una piara para cerdos horizontales” “es un intento de secuestro” “es el aparato contra la sordera” “es el alma de la fiesta” “esto no es un poema” “es una marea de mariposas africanas” “es la batalla en aguas abisales” “es un tratado de geometría” “es el cargo en tu contra”. Y así, se pone en nuestra contra, es decir, en contra del ensimismamiento. Al decir todo lo que es, también está diciendo que no es nada. Esto no es un poema y tampoco es un libro. ¿Entonces por qué tendríamos que aproximarnos a él de esa manera?

De pronto, como en un paréntesis, aparece la historia de Vladimiro, un ruso en la niebla, la historia de su mejilla sangrante en la niebla. Un ruso transcurriendo el blanco neblinoso de la página como un misterio, una tangente del desamparo que desea llevarnos a la nieve, casi tundra. ¿Qué hace Vladimiro extraviado en el centro de la violencia? La poesía no necesita respuestas o acepta todas las respuestas posibles. La poesía es la pregunta. Vladimiro representa el enigma de la tercera persona. Después de su episodio, desembocamos en un último poema cargado de un cuestionamiento más íntimo, más personal y más parecido a un aterrizaje forzoso en medio del océano.

Sé que ustedes no existen.
Han muerto de ciertas enfermedades
que no reconozco en mi manual
de viajero intergaláctico.
[…]

Eso lo resume todo
artefactos de tracción humana:
la ortopedia para tener un día feliz
como en los cuentos de hadas
[…]

Qué extraño lugar resultó
ser éste
sin nudos corredizos en las corbatas
y repleto
el pasillo de reproducciones baratas de bronce.
[…]

Domina la espesura, el ‘yo’ desamparado. Ya no son órdenes ni instrucciones: es el recuento de los daños. Nosotros no existimos y el mundo es un lugar enrarecido. El destino es un agujero negro. Entonces, esto no es un libro, es una pintura, pinceladas que trazó Luis Alberto Arellano, ‘el perito forense’, ante la plancha de operaciones junto a Jean-Michel Basquiat, ‘el cirujano plástico’. Un preámbulo al Apocalipsis con la furia de esos grandes atletas negros.

Título: Grandes atletas negros
Autor: Luis Alberto Arellano
Editorial: Luzzeta, México, 2014.

lunes, 19 de diciembre de 2016

Palabras de agradecimiento

Estoy profundamente emocionado porque al fin aprobaron la patente de mi más ambiciosa creación como diseñador de modas y tanatólogo: un cinturón de cuero de la más alta calidad que a lo largo de toda su superficie lleva grabada en fuego la frase “salida de emergencia”. El cinturón es combinable con cualquier tipo de pantalón, es discreto y está disponible en colores blanco, marrón y negro. En la punta posee un arillo de metal reforzado especial para sujetarse firmemente a un gancho fijado al techo o a cualquier elemento similar sin correr el riesgo de romperse o desgarrarse ante la presión del peso. El arillo también puede correrse a una posición céntrica para lograr que el cinturón forme un nudo resistente por si fuera necesario sujetarlo a un tubo o viga más confiable. El interior del cinturón está recubierto por un material suave que evita cualquier tipo de irritación en el cuello y ayuda a volver más confortables los últimos segundos. Cabe decir que aún sigue en trámites para distribuirse en las grandes cadenas comerciales pero mientras ya puede adquirirse en internet a un bajísimo costo de lanzamiento. Mi lema siempre ha sido: Cuando se llega a la vida, lo mejor es tener ubicada la salida de emergencia, y ese lema ahora se ha transformado en el slogan para mi producto. Creo que es una idea revolucionaria traer la salida de emergencia de este puto mundo al alcance de la mano, en la cintura, cuando por primera y única vez se le necesite. Confío en que mi invento será muy bien recibido, estoy completamente seguro.

lunes, 12 de diciembre de 2016

mAiri kaarBa | luammEne zcyViaa

Entre julio y octubre de este año hice un viaje acompañado solamente por mi maleta y la poesía completa de Amiri Baraka (1934 - 2014). Al viaje era complicado llevar más libros por el posible exceso de equipaje, así que para sacar más provecho de lo que sería mi única lectura, hice un ejercicio: ‘construí’ un texto tomando mis versos y estrofas favoritas de 27 poemas aleatorios de Baraka, en su idioma original (inglés), e hice una traducción libre, es decir, imprecisa y cambiando palabras y conjugaciones a mi arbitrio con el objetivo de ensamblar todo en un sólo collage que tuviera coherencia y dijera lo que yo quería decir en ese entonces. De este modo, ninguno de los versos sería totalmente de Baraka pero tampoco mío. La intención era encontrar un punto medio utilizándolo de guía. Quien conozca un poco de Amiri Baraka sabrá que sus poemas tienen una explícita carga política y social, sin embargo, me enfoqué en aquellos textos (la mayoría de juventud) donde lo visceral se hace mucho más presente. Aquí el resultado: 


“las cosas han tenido que ser así”
“cada noche cuento las estrellas”
“y cada noche obtengo el mismo número”
“y cuando no hay estrellas para contar”
“entonces cuento sus espacios vacíos”
“cráneos de cocodrilo afilan sus dientes”
“oh, nena, no seas tímida”
“parte de mi encanto genera sentimientos azules”
“¿acaso tengo capacidad para la gracia?”
“eso es parte de mi encanto”
“un poco de nostalgia que de pronto”
“se transforma en terribles pensamientos de muerte”
“qué estúpido es ser tan sentimental”
“como para llamarle ‘amor’ a cualquier cosa”
“mi boca está muy abierta”
“pero no tengo nada que decir”
“eso también es parte de mi encanto”

“mi máscara negra está atrapada en el polvo”
“debemos salvarnos de ti”
“o salvarnos de mí que es mejor”
“de todas las cosas que he hecho”
“o que no he hecho todavía”
“¿pero a quién debo amar entonces?”
“he dormido de espaldas”
“a cualquier tipo de verdadera comunicación”

“tan simple como el acto de abrir mis ojos”
“sobre las escaleras de madera se estrellan las lágrimas”
“es inútil hablar de algo como el tiempo”
“los fantasmas cubrirán tu carne”
“buscando esconderse atrás de tus mentiras”
“como la endemoniada esfinge levantándose al crepúsculo”
“estoy pensando en cómo han pasado las estaciones”
“tan simple como el acto de cerrar mis ojos”
“has olvidado el color que se refleja en las colinas”
“mientras tocas el agua”
“yo he olvidado todo”
“dijiste que me amabas tratando de entender las nubes y la luz”

“a veces siento que tengo que expresarme”
“y entonces lo que tenga que ser expresado”
“cae de mi boca como escamas de ceniza”
“y cuando esas escamas se endurecen”
“todo parece hecho de luz verde”
“supongo que el color puede desaparecer la incertidumbre”
“como sea todo es luz verde”

“pretendiendo ser especial revivo en las mañanas”
“no soy tan hermoso”
“debe existir algo intensamente genial en este mundo”
“una cura mística”
“algo para lograr que tu enemigo se rinda contra la pared”
“pero sin rabia”
“sólo sintiéndote feliz porque desde el balcón”
“tu mujer observa que has triunfado”
“y así años después cuando viajes en el autobús”
“mires cómo es tu mano invencible la que sujeta el metal”
“aunque entonces seas viejo”

“la superficie terrestre intenta poner límites a la violencia”
“anoche hablando de nosotros nos amamos”
“si pienso fuertemente en mí”
“entonces la miseria de mi vida no es tan cierta”
“practicar la soledad es una virtud”
“una pequeña necesidad que nunca supimos que teníamos”
“¿a alguien le importa que haya sido así?”
“el amor es movimiento”
“pero también puedo decirte sin moverme que te amo”
“o que te he perdido”

“estoy adentro de alguien que me odia”
“miro desde sus ojos”
“percibo su aliento que se convierte en sonido”
“el aire frío sopla frente a mi rostro”
“esto es el amor humano y vivo dentro”
“he nacido para morir donde el amor se abra en mis brazos”
“ahora podemos ser algo menos miserable”
“porque entre nosotros hay un héroe”
“ésta es la danza de la rebelión”

“¿puedes escucharme?”
“aquí estoy otra vez”
“tu dinamita”
“¿puedes escucharme?”
“mi alma se mueve”
“es el alma que me diste”
“digo ‘mi alma’ y se mueve”
“es el alma que me diste”
“estoy cansado de perderme tras las máscaras”
“porque un hombre no puede amar calladamente”
“ésta es una larga historia”
“nuestros enemigos no son tan poderosos si hacemos el amor”
“la palabra ‘amor’ es una pieza que el lenguaje usa para pelear”

“¿quién soy yo para amar tan profundamente?”
“¿cuánto es demasiado íntimo?”
“a veces vivo contra la noche”
“contra las afiladas mesas de los bares”
“y no sé cómo averiguar si alguien me busca”
“he aprendido a repetir el sonido de mis huesos”
“veo que amo lo que no debería amar”
“soy lo que creo que soy”
“eres lo que creo que eres”
“en tus sueños me han devorado las bestias”
“el silencio es tan importante como nuestra propia vida”
“nos hemos creado como héroes y amantes”
“pero es una verdad clara que nos hemos abandonado”
“y no eres capaz de sentir lo rápido que voy hacia la muerte”

“¿qué podría venir mañana que no pueda venir hoy?”
“espera un poco más de mí de lo que ya te he dado”
“estoy tratando de decirte más de lo que he dicho”
“si no estás en casa, ¿en dónde estás entonces?”
“no puedo decir quién soy a menos que aceptes que soy real”
“aquí hay algunos sentimientos para ti”
“veremos si te gustan”
“y entonces seré aquello que revelen”
“a menos que aceptes que soy real podré sentir”
“mi corazón es amplio como para contener algo de historia”
“un poema es una tontería a menos que se convierta en un árbol”
“¿quién eres tú escuchándome?”
“¿quién eres tú escuchándote a ti misma?”
“estoy seguro de que hay alguien a quien amas”
“y estoy seguro de que algunas veces soy yo”

“te huelo”
“te siento”
“pero verás que todavía estoy lejos de entenderte”
“sé que no eres Dios pero eres todo en lo que creo”
“las ideas son reflejos de la vida material”
“soy visible”
“tengo la capacidad para ser visto”
“el problema es que no me ves”

“cuando el cielo estaba lejos”
“y cuando la poesía no era real”
“yo solía ser ignorante y silencioso”
“solía ser un niño emocionado”
“solía pensar que todo tenía alma y corazón”
“solía pensar que los muertos estaban muertos para siempre”
“solía llorar si necesitaba mentir”
“y solía pensar que todo tenía solución”
“¿pero qué amor no es frágil?”
“¿qué amor no está en peligro?”
“todo este dolor”
“es imprescindible”.
LAX | BOS | PVD
Septiembre, 2016

lunes, 5 de diciembre de 2016

Escribir y e$cribir

Escribo la reseña de un libro; escribo un artículo para una revista técnica que nadie leerá; escribo un ensayo para otra posible revista; escribo semanalmente en este blog y por supuesto, desgraciadamente por supuesto, nadie va a pagarme por nada. Así es este trabajo, un trabajo sucio que alguien tiene que hacer. El sacrificio económico de escribir es enorme. Cuando la lista de textos pendientes está mucho más llena que la cartera algo está saliendo definitivamente mal y llega el momento en que ya no pueden hacerse trabajos de a gratis. Entremos en contexto: a la fecha que escribo estas líneas (diciembre del 2016) tengo 27 años y a sabiendas de que no soy un mozuelo que apenas inicia, tampoco es que tenga un puñado de revelaciones u obras maestras conmigo. Lo que sí tengo es una gran cantidad de dudas sobre por qué ser escritor es sinónimo de precariedad (incluso cruda pobreza) económica. Menciono el asunto de la edad porque supongo que es algo que afecta distinto según las generaciones, por ejemplo, dudo que los escritores que ahora me doblan los años tengan este problema, así como también dudo que no lo hayan tenido en su juventud.

La escritura, además de un medio de expresión, un arte, un goce, etcétera, también es un oficio, sobre todo si se ha decidido ponerla como eje medular y no se quisiera depender de otros trabajos para sobrevivir. ¿Es posible ver a la escritura como un trabajo, si bien no completamente rentable, al menos digno para una vida modesta? Entiendo que un zapatero, cuando apenas aprendía el oficio, obsequiara ciertas composturas para amigos y familiares, incluso a desconocidos, porque quizá ahí el ‘pago’ era su perfeccionamiento, pero una vez que tiene cierto dominio y aunque toda la vida siga aprendiendo y perfeccionando, las composturas ya poseen calidad notable y necesitan apreciarse como tales, como algo que habrá de funcionar para lo que fue pensado. Lo mismo tendría que suceder con lo que se escribe.

¿Por qué seguimos tan lejos del pago justo de los textos? ¿Por el siempre agonizante sistema cultural? ¿A quiénes les está reservado el beneficio? No hablo de pagos provenientes de premios o becas, ni por escribir contenidos masivos en seis o siete artículos diarios (estoy en contra de trabajar para una agencia de medios produciendo textos que, a cambio de un 'buen sueldo', me transformarían en una máquina semiautomática). Esas opciones son diferentes, hablo del día a día, de los textos creativos, de los correos que llegan a diario pidiendo ésto y aquéllo. Y aquí aparece la gran pregunta: ¿Cómo reconocer cuándo cobrar un texto y cuándo no? Dentro de mi infinita ignorancia, creo que la respuesta se sintetiza en una sola línea: si el texto ya está escrito, podría no cobrarse, pero si el texto apenas va a escribirse, es decir, si es un texto por encargo que inicia de cero, entonces tiene todo el derecho a un pago: ese texto que sale por petición, el que quizá nuestro deseo natural no nos habría hecho escribir. Con el material que aguarda en la carpeta puede intentarse conseguir algo aunque sin esperarlo porque, a fin de cuentas, fue impulso personal escribirlo.

Queda claro que el escritor escribe porque quiere, porque lo necesita, porque lo disfruta, porque busca conectar con el otro, y por eso hay que hacer una distinción fundamental: una cosa es escribir para ganar dinero y otra cosa es ganar dinero por escribir. No se trata de pensar que todo lo que escribimos será pagado o que hay que escribir para que nos paguen, más bien, pensar que algunos de nuestros textos podrían ser remunerados según la circunstancia. Regalar textos sobre pedido es un problema, casi el meollo del asunto. No hay bronca en regalar lo que ya estaba en el cajón porque, con pago o no, con petición o no, esos textos iban a salir, pero regalar todo sin distinción a diestra y siniestra es otra cosa. Habría que fomentarse la cultura del pago literario. El circuito cultural está acostumbrado a que los escritores, sobre todo los más jóvenes, trabajen gratis. ¿Por qué sentir pena o sumisión al proponer un pago? Después de todo la otra parte decide y si alguien es lo suficientemente desatinado como para subestimar o sobrevalorar su trabajo, o se aprovechan de él o no vuelven a pedirle nada. Recordemos que estoy hablando desde un contexto de escritores en el limbo de la edad y la trayectoria: ni 'verdes' ni 'vacas sagradas'.

Se me ocurre una brevísima lista de acciones que quizá poco a poco harían una diferencia:

1) Las revistas de literatura, sobre todo las digitales, no deberían exigir textos específicos si no van a pagarlos. De pronto la promesa de la difusión “masiva” no es suficiente. Convocatorias simplemente abiertas son mejor alternativa: que el que quiera publicar que envíe propuesta sujeta a dictamen. Las revistas son buenas plataformas pero si alguna pide textos a partir de cero y además recibe fondos de publicidad, beca o patrocinio, le convendría considerar al escritor como un trabajador y pagarle igual que al diseñador, al publicista, al Community Manager, etcétera. Si la revista no recibe apoyo estará exenta de pagar pero también de solicitar textos específicos y personales.

2) ¿Qué se hace en el caso de las reseñas, sobre todo si son para amigos? Lo único que se me ocurre es que reseña se paga con reseña, o con un par de cervezas, o con una orden de tacos. Cosas que sin duda se compartirían en cualquier otro momento pero que ahora se perfilan como un acto de reciprocidad. Algo que simbolice el pago y la valoración del trabajo aunque no sea con dinero.

3) Los poemas sueltos no se cobran. Tampoco hay que ser. Eso seguramente se estipula en alguna esquina del libro del karma. La única manera en que podríamos cobrar un poema, tal vez, es si nos sentamos en una plaza pública con una máquina de escribir para ofrecer versitos coquetos para cualquier ocasión. Nada más. Por lo pronto, sigamos siendo románticos a la antigua usanza y dejemos que la poesía continúe fuera del capitalismo.

4) En el caso de lecturas públicas, creo que no se les puede poner tarifa como si fuéramos músicos o cantantes (el escritor podrá parecer rockstar pero ya en esencia ni es tan rockstar, caray) aunque si la lectura es parte de un festival con evidente presupuesto, lo mínimo que podríamos esperar es el pago del transporte, alimentación y hospedaje, más si es en un lugar que amerita viaje y estadía.

Será interesante saber quién apoya estas propuestas pero más interesante saber quién estaría en desacuerdo, quién piensa que el escritor no tiene derecho a cobrar por considerarlo un acto de soberbia o de falta de tacto o de banalización de la escritura (intento anticiparme al ataque). Una de las sensaciones de satisfacción más grandes que he tenido es cuando planeo que mi cena sea un burrito del Oxxo y de pronto cae el pago de algún texto que escribí meses atrás para alguna de las pocas revistas que sí pagan y entonces puedo sustituir el burrito por un nada despreciable plato de carne asada con todo y guacamole. Quizá eso no salva la vida pero sí salva la cena.

Ahora la infaltable sección de preguntas sin respuesta: ¿Qué pasa con que pagar un texto no es lo mismo que comprarlo? ¿Qué significa vender un texto? ¿Venderlo es desprenderse de él a cambio de dinero? Trato de entender las diferencias porque hasta ahora lo que he experimentado es la venta de textos sin firma, es decir, textos de ghost writer que posiblemente firmará otro. Podría entenderse que en los textos pagados se apuesta no sólo por el trabajo sino también por el “prestigio” de la pluma, porque de algún modo las revistas, periódicos y editoriales usualmente no pagan a quien sea sino que existe un trasfondo que justifica la publicación y la avala. ¿Qué elementos hacen a un texto (y a su autor) candidato a ser pagado? Terrenos pantanosos sobre los que valdría la pena reflexionar.

Para concluir (si es que hay conclusión), nadie me pidió escribir esto, lo hice porque para mí es importante, porque lo disfruto, porque es lo que hago y por eso no espero nada (aunque si de pronto alguien quiere invitarse los mezcales, los aceptaría de inmediato). Mientras tanto, creo necesario correr la voz, pero sobre todo, cuestionar al respecto.

lunes, 28 de noviembre de 2016

La poesía ante la catástrofe

Siempre hay un momento en el que todos hacemos como que nos gusta la poesía, como si la poesía, por el simple hecho de ser “poesía”, exigiera el gusto indiscutible. Quiero precisar: a veces se asume que cualquier texto que de autodenomine “poema” contiene poesía y por eso merece admiración y asombro casi de antemano. Entonces aplaudimos y fingimos estar maravillados con eso que apenas sentimos o entendemos, por puro compromiso, o porque si no tal vez seamos idiotas. Creo que falta valor para confrontar y debatir los poemas huecos, complacientes, efectistas. El poema no viene con certificado de aprobación porque cada vez que se lee se pone a prueba. Otorgarle ese beneficio desde el comienzo es condescendiente. Creer que el poema es buen texto por el simple hecho de parecer poema es como creer que el poeta es mejor persona por el hecho de ser (parecer) poeta. Quedarse en silencio o incluso hacer evidente la inconformidad debería ser parte cotidiana, no satanizada, del proceso de lectura. En público o en privado.

La poesía, al gestarse en la sensibilidad, es sintomática (produce síntomas, responde a síntomas) y son impulsos corporales los que piden “consumir” (qué palabra tan inexacta) un determinado tipo de poesía dependiendo los ánimos. La poesía, igual que la música, apela en un principio al deseo corporal; como si fuera un regulador o un medicamento o una vitamina, la poesía se “necesita” en dosis y cualidades específicas. Pensándola de ese modo, la poesía que necesito ahora es la que me saca de mi asiento de comodidad, o que me hace ver que todavía existe una dimensión sensible. No necesito una poesía que me aparte del mundo ni que sea un refugio, ni siquiera deseo una poesía que me proponga otro mundo, lo que necesito es una poesía que me ofrezca una nueva forma de mirar, experimentar y entender este mismo mundo. No quiero una poesía que me muestre universos paralelos, sino que me dé herramientas para quebrar este universo en otros. Si el poema quiere hacerme un retrato del mundo, tendría que ser de algo que yo aún no haya visto, es decir, de algo que sólo el autor vea, su revelación o su descubrimiento. Soy un individuo y pertenezco al tejido social pero no soy la sociedad, por eso tampoco busco una poesía “social”, “comprometida” que le hable a la sociedad (para eso mejor un panfleto o un discurso político), sino que me hable a mí directamente, que me haga sentir que sólo es para mí, y entonces así intentar ser un nodo más sensitivo y perceptivo para incidir en ella. Es la forma que conozco, en un primer movimiento.

Me pregunto por el papel que ahora tiene la poesía, ‘nuestra’ poesía, ‘mi’ poesía, en esta realidad devastadora y devastada. Sé que la poesía no va a salvar al mundo, si acaso, nos hace resistir un poco más el mundo, pero de ahí a salvarlo hay un abismo. Me pregunto cómo un poema podría sobreponerse al horror de la tiranía, de la injusticia, de la brutalidad, de la tragedia. Por ejemplo, ¿qué hace la poesía contra Trump?, ¿qué hace contra Peña Nieto?, ¿qué hace contra el hambre?, ¿qué hace contra el SIDA?, ¿qué hace contra el derretimiento de los polos? Por sí misma, sabemos que nada. Una vez vi el viejo y conocido stencil que sentencia “la poesía no es suficiente” acompañado de la figura de un niño, probablemente somalí, frente a un plato vacío. Recurso sentimentalista o no, facilón o no, pudo asestarme su golpe. Y sí, supe que la poesía no era suficiente. Y que si un poema pretende encerrarme en una burbuja, nada quiero saber de él. Y que si nos sentimos muy capaces escribiendo poemas, también deberíamos ser muy capaces de reaccionar ante la catástrofe. Acepto que yo aún no sé cómo hacerlo y no sé si lo logre, pero lo que sí comprendí, al menos en primera instancia, es que un poema que no estremece no es poema; o un poema que no confronta no es poema; o un poema que no implanta el germen de la intriga no es poema; o un poema que no muestra otra posibilidad del mundo no es poema; o un poema que me deja intacto no es poema; o que un poema que complace, que anestesia, no es poema. Ya no. No ahora. No para mí. Después de seleccionar lecturas y después de evitar escribir aquello que no me gustaría leer, ¿cuál sería el siguiente paso?

lunes, 21 de noviembre de 2016

Robo de celulares

La semana pasada un HijoDePuta me robó al salir del metro. En un movimiento rapidísimo de pronto ya no tenía el celular y entonces formé parte de la inmensa multitud a la que le han robado el celular en esta convulsa metrópolis. Después de la rabia y frustración por todos los contactos, archivos de trabajo, fotos, música y PDF's que perdí, el hecho me hizo entender la vulnerabilidad a la que se someten las pertenencias digitales pero también la deriva a la que uno se enfrenta cuando se queda sin comunicación.

Perder el celular me hizo reflexionar sobre el riesgo de tener todos (o gran parte) de los archivos importantes concentrados en un mismo sitio, y también en la estupidez que supondría no tener algún tipo de respaldo. Yo, quizá muy estúpidamente, acostumbro respaldar los documentos sólo en un par de memorias USB que actualizo cada diez o quince días y que guardo en algún cajón de ropa o en una lata vacía de chocolates. No tengo nada en la ‘nube’ porque hay algo demasiado primitivo en mí que me impide confiar totalmente en algo que no puedo ver o tocar. Podré estar jodido, lo sé, pero las memorias USB me dan mucha confianza porque casi siento cada uno de sus bits pulsando en mi mano cuando las tomo. Quedarme sin celular, aunque por fortuna no haya perdido aquello respaldado, me hizo poner en tela de juicio mis métodos rupestres y tal vez deba reconsiderar. Aprendizaje.

Perder el celular me hizo pensar en la posibilidad de incluso volver parcialmente a los soportes analógicos y tener al menos tres libretas en la mochila: un directorio de contactos, un cuaderno de notas y una agenda de pendientes, todas con pequeños bolsillos interiores para guardar fotografías, recortes de periódicos y curiosidades mínimas halladas en la calle, justo como haríamos con lo encontrado por la web. Sólo el agua o el olvido podrían deshacerse de ellas, pues un robo sería poco probable (aunque una vez me robaron una agenda a medio llenar pero ésa es otra historia bastante inaudita). Por ahora ya uso la libreta de notas y la agenda de pendientes y sólo me faltaría el directorio de contactos porque lo que más me dolió perder fue los números de varios amigos (algunos de otras latitudes) que no podré recuperar hasta que nos encontremos frente a frente. Hasta llego a pensar en lo old fashion que sería sacar una pequeña agenda de cuero marrón grabado en fuego y de hojas ahuesadas para anotar un teléfono, una dirección, una página de internet o una cuenta de Twitter. No es por ser fetichista del papel pero... está bien, a nadie engaño, soy fetichista del papel.

Perder el celular me hizo sentir una soledad específica: la soledad del que pierde lo que no había dimensionado que tenía. El robo no significó quedarme sin el equipo (que por lo demás era relativamente barato), sino quedarme a la deriva en el torrente de comunicación entre mis amigos con los que mensajeo diario; significó expulsarme del nodo y significó la ansiedad de no saber si trataban de comunicarse conmigo: no sólo fue quedarme mudo sino también sordo, sin quererlo, de repente. La comunicación se cortó de tajo en ese instante, incluso tenía mensajes pendientes para responder y sabía que esperaba algunos otros con urgencia. Ya nadie se aprende los teléfonos y hablar con alguien a distancia se ha viciado al depender de estos medios concretos que en un instante pueden desaparecer. Con el celular perdí todos mis contactos porque nunca hice respaldo de ellos. También perdí decenas de videos y fotos y en verdad me duele por lo irrepetible de las situaciones. Sólo espero que después de haberlas visto tanto no comiencen a pixelearse poco a poco en mi propia memoria.

Por otro lado, perder el celular y decidir cancelar el número en vez de recuperarlo tuvo un par de aspectos positivos: pude librarme del acoso comercial porque llevaba un tiempo recibiendo llamadas de empresas o bancos que intentaban venderme servicios, lo que muy probablemente significaba una filtración de mi número. Además, por fin logré salirme de ciertos grupos de WhatsApp que por ‘diplomacia’ no había abandonado aunque ya no tenía nada que hacer en ellos, y al mismo tiempo me di cuenta de que muchos de los contactos que tenía no recordaba quiénes eran ni qué hacían ahí ocupando espacio: contactos que uno pide por inercia a sabiendas de que no va a usarlos nunca. Fue una especie de limpieza como cuando se limpia la habitación desordenada y se respira mejor y hasta podríamos tirarnos a dormitar en el piso.

Pero sobre todo, realmente sobre todo, perder el celular me hizo reforzar la idea que tuve hace tiempo y que consiste en patentar un celular con una carga explosiva dentro que pueda detonarse por voz a distancia con un placentero "hasta la vista" en el momento posterior al robo para así volarle las tripas al HijoDePuta que se haya llevado el celular de un pobre y nada psicópata transeúnte. Sería un éxito en este país demente. Negocio millonario. Si lo patentan ya, les compro el más letal de todos.

lunes, 14 de noviembre de 2016

Sueños II

Lado A

Trabajo en una agencia pericial y de investigaciones. Recibimos un llamado para atender un accidente vehicular que involucra a un camión de carga y a un motociclista en el cruce de una avenida importante: por la falta de precaución de ambos conductores, el camión, a exceso de velocidad, embistió al motociclista que avanzaba también a exceso de velocidad. El accidente es tan terrible que al llegar acordonamos la zona y nos disponemos a recoger todos los restos posibles. Con muchísimo desconcierto, descubrimos que los restos del motociclista están hechos de mármol: se trata, ni más ni menos, que de la estatua del David, esculpida por Miguel Ángel, en traje de cuero, botas y estoperoles. La cabeza, intacta y todavía en el interior del casco, es de un increíble detalle, con la nariz respingada y voluminosos rizos en la cabellera. No encontramos documentos ni credenciales pero sí una postal del calendario azteca en el bolsillo de la chamarra, intervenida con rasgaduras y manchas de tinta con una extraña clave: “16-16-17-17”. En un momento de descuido ocasionado por la sorpresa, el conductor del camión se da a la fuga. Miro los ojos sin identidad de mis compañeros; uno de ellos me toca el hombro y me despierta.

Inter

En medio de la noche me intercepta este pensamiento: si yo pudiera convertirme en lo que fuera, me convertiría en una montaña porque siempre me ha atraído el misterio de las piedras, su fuerza contenida, su energía tremenda para mantenerse sólidas, para no estallar como si fueran bombas minerales. Su magnetismo es la herramienta para enlazarse con el mundo, para intervenirlo y habitarlo. Una piedra puede ser paciente y esperar el fin de los tiempos o ser violenta y valerosa cuando es arrojada a un objetivo. Una piedra es una montaña diminuta. Una montaña es una piedra enorme, el dios de las piedras. Si las piedras rezaran, quizá le rezarían a una montaña. Estaría bien ser una montaña. Estoy en esos pensamientos cuando el sueño vuelve.

Lado B

Camino por una playa de arena gris y me encuentro a una chica con vestido larguísimo que me dice, de manera abrupta y sin saludo, que es capaz de controlar los barcos totalmente a la distancia, no conducirlos o navegarlos sino controlarlos desde lejos con el sólo movimiento de sus manos. Está practicando y me da una demostración: si extiende los brazos paralelos con las palmas apuntando a un barco, el barco permanece quieto; si dobla las muñecas para que las palmas vean al piso, el barco avanza lentamente; si sube los brazos paralelos a la altura de los ojos, el barco sale del mar como una roca arrancada de la tierra y flota; si levanta los brazos un poco más, el barco se eleva un poco más. Me dice que puede hacer eso desde las playas y también a bordo de los barcos y que puedo acompañarla a uno en ese mismo instante, sin embargo, invadido por una extraña ansiedad, le doy las gracias y rechazo su invitación. Al parecer mi negativa le enfurece y en un arrebato hace que el barco más cercano salga del agua como un proyectil y se impacte con violencia en uno de los lujosos hoteles que están al otro extremo de la costa. El estallido ensordecedor y los gritos me hacen despertar.

lunes, 7 de noviembre de 2016

Postales de Cuba

El año pasado tuve la oportunidad de ir a Cuba. Fue un viaje muy significativo por la compañía y porque ahí celebré mi cumpleaños número 26. A continuación, más de un año después y con perdón por la tardanza, transcribo algunos breves apuntes de la libreta que pude rescatar:


- Aterrizamos en La Habana y lo primero que llama mi atención es la enorme cantidad de autos clásicos que de este lado del mar consideramos verdaderas y cotizadas reliquias. La postal de La Habana tiene un auto clásico en ella, no importando si el motor y los interiores pertenecen a cinco autos nuevos y diferentes. El calor es hipnótico pero tolerable, a excepción del mortal sol de las dos de la tarde que se extiende por un par de horas y del cual sólo es posible escapar tomando una siesta. La identidad urbana es funcional, un caos controlado. El nacionalismo está tan presente como la resolana. La palabra “Revolución” surge en todos lados y en todas las paredes. La postal de La Habana tiene un graffitti del Che Guevara deslavado por el sol y la sal. Me sorprende lo diferente que es Cuba de México y lo similares que son al mismo tiempo. Pienso entonces que el verdadero y único país es Latinoamérica.

- Pasamos por el malecón en dirección al Café Neruda para tomar los ya recomendados daiquiris. La postal de La Habana incluye al malecón con las olas saliéndose por encima. Lo segundo que llama mi atención son los edificios: parece que las fachadas de las casas están a punto de caerse, un desmoronamiento en pausa, pero los esqueletos son firmes como el hierro, bien plantados. La gente se sienta en sus portones a tomar el fresco con mirada atenta, amable, vigilante. En la postal de La Habana hay alguien sentado ante su puerta sólo viendo la vida que transcurre al fumar un puro. Hay muchos gatos flacos en las calles y casi nada de basura. Voy haciéndome de ideas muy generales. Cuba pone a prueba, desafía la comodidad. Creo que todos, turistas y locales, experimentan algún tipo de reto cada día. La realidad puede ser dura. Cuba tiene limitaciones y prohibiciones que no terminan de disolverse. No es un país difícil de intuir aunque sí puede ser difícil experimentar, pero dentro de esa dificultad existe una apropiación del bienestar: se busca estar bien y de formas creativas se consigue estar bien incluso con lo poco que se tenga. La postal de La Habana es una imagen que apenas (siempre) se está formando.

- En la noche se puede andar tranquilamente. Los cubanos que hemos conocido se enorgullecen al decir que no hay inseguridad en esa parte y que nadie anda por ahí amenazándote con armas. Cuando les digo que soy mexicano se alegran y aumenta su simpatía pero también me preguntan si no he tenido problemas con el narco; al parecer, la mayoría de las noticias que les llegan de acá son las relacionadas con la violencia y la muerte. Pasamos frente a una casa donde se realiza una ceremonia religiosa, con cantos y bailes. Un señor ve nuestros rostros curiosos y después de pensárselo un poco nos invita a entrar con cautela pero preferimos decir que no, que muchas gracias, y seguimos caminando.

- El proceso de construcción de La Habana es constante pero no porque siempre se esté construyendo sino porque la construcción parece que se estancó en el tiempo y es permanente. La Habana no es vieja, es antigua, está en un presente que no es éste, sucede en otra parte y bajo otras leyes. Sería salida fácil decir que La Habana pertenece a otra época pero es que su condición de isla al margen de la globalización la mantiene encapsulada. El acceso limitadísimo a internet es un factor decisivo en la configuración social y en la apreciación del mundo. Sin embargo, en Cuba se revaloriza la auténtica comunicación humana, incluyendo todas sus dificultades. La comunicación surge del cuerpo. El cuerpo de La Habana es pura comunicación, dice cosas que incluso los cubanos ya no escuchan por haberlas escuchado tanto. Su lenguaje se traduce en calor, paisaje, olor y sonido: el cuerpo de la ciudad. Me surge un extraño sentimiento de agradable nostalgia cuando escucho que la gente llama a gritos a sus amigos o familiares desde la calle para pedirles una taza de azúcar, darles un recado o preguntar si pueden salir. Tenía años que no escuchaba a nadie gritar frente a una casa para comunicarse. Ningún traductor, cubano o extranjero, entenderá a totalidad lo que Cuba está diciendo.

- Rihanna (sí, la cantante) está cenando justo en el restaurante de al lado. Al irse, la vemos pasar entre una horda de fanáticos que se han aglomerado por todo el callejón desde que se enteraron de su presencia. La noticia se esparció de boca en boca. Algunos incluso pensaron que se trataba de Beyonce. Una niña se abre paso para tocar su mano y es la única foto que alcanzamos a capturar con la cámara desechable.

- Desde La Habana llegamos hasta Viñales, un pueblo muy tranquilo, colorido y con una impresionante reserva natural. Viñales pertenece a otro tipo de realidad cubana: es Cuba y hay cubanos pero la afluencia extranjera es casi total y además el paisaje es como de pueblo fantástico. El aire está lleno del olor picante de una planta que nadie sabe decir cómo se llama; ese olor me da hambre permanente. Es un pueblo hecho para la contemplación de la vida de campo, para reposar y digerir las experiencias del viaje. Cientos de pollos, gallos y gallinas caminan por las banquetas. Viñales es una burbuja en el tiempo dentro de otra burbuja. Comienzo a pensar que entonces Cuba está compuesta por un cúmulo de burbujas de tiempo, pero apegándome más a una realidad física, sería más atinado decir que Cuba es un cúmulo de islas separadas no por agua sino por carreteras. Cuba: la isla hecha de islas que entre ellas no se conocen totalmente, que apenas se intuyen, que saben que están cerca pero que sus barreras de independencia también les sirven para protegerse. Al parecer entre ellas no quieren tocarse.

- Mientras estamos en Viñales se nos acaba el dinero en efectivo y descubrimos que ninguna de nuestras tarjetas funciona en los únicos dos cajeros del pueblo. Me toca correr buscando cualquier solución, llamando a mi banco en México, gastando el resto del dinero en una llamada de tres minutos que se interrumpe. Paso más de dos horas, en sandalias flojas, dando vueltas cada vez con más angustia a lo largo de toda la avenida principal. Al final, unos amigos nos prestan dinero esa misma noche. Después, para bajar un poco la tensión, a esa experiencia la bautizamos como “El maratón de Viñales”.

- Transcurre la tarde en las playas de Cayo Jutías, en los callejones de La Habana Vieja y en la terraza del Hotel Nacional, entre daiquiris y Cuba Libres. En un momento de la noche recorremos el malecón con una botella de ron Havana Club porque está permitido beber en la vía pública (el refresco de cola se llama “Tu Kola” y me da muchísima risa porque nunca superé los 14 años). Hay mariachis y batucadas y Son cubano y trovadores y merengue y todo es una fiesta de música. El viaje también coincide con la Bienal de La Habana y hay decenas de instalaciones y esculturas que bordean casi de principio a fin el malecón. Mientras tanto, yo me quedo con la escena de encender un puro artesanal en la terraza del hotel, la noche de mi cumpleaños, un día antes de regresar, y que se captura justo con la última foto del rollo de nuestra cámara.

lunes, 31 de octubre de 2016

La figura del escritor

Ahora que estos días se llenan de fiestas de Halloween me doy cuenta de que no tengo ningún disfraz ni las ganas suficientes para improvisarlo. Cuando le conté esto a un amigo me dijo “¿Quieres asustar? Disfrázate de escritor”. Al instante me reí pero de pronto llegó a mi cabeza un tren de imágenes con bastante sentido:

a veces pienso que si alguien hace una reunión de artistas que incluya fotógrafos, pintores, músicos, escultores, actores, bailarines, cineastas y escritores, estoy seguro de que los escritores seríamos el gremio más aburrido y pedante, o peor aún, ambas cosas. Si yo tuviera que alinearme en alguno de estos dos bandos, ¿formaría parte de los aburridos? Ay, caray. El equipo de los aburridos sería el que se expresa mejor escribiendo que hablando y por lo tanto las conversaciones son tímidas, a veces atropelladas, bobas. El bando pedante sería el que sólo sabe conversar citando autores, presumiendo lecturas y criticando lo incriticable. Claro que entre estos polos existen subcategorías y combinaciones: están, por ejemplo, los incendiarios que mezclan un poco de la inadaptación social del primer bando con la pedantería neurótica del segundo para dar resultado a seres malhumorados y en contra de todo; o también están los ingenuos, que no saben manejar la pedantería en defensa propia y más bien permanecen enamorados de su obra en silencio, sonriendo sin hablar mucho o haciéndolo sólo para autopromoverse en descontrol. Mientras tanto, el resto de los artistas de la fiesta miraría con lástima a los escritores que se arrinconan o que importunan a quien pueden. ¡Un gran escenario de terror!

Definitivamente habrá de romperse la idea de que un escritor siempre tiene un buen comentario o una cita en la punta de la lengua. Es muy terrible lo que aún puede salir de una pluma “entrenada” o “consagrada”. Si tan sólo la gente supiera la cantidad de estupideces que sus autores favoritos escriben pero que luego botan a la basura o eliminan del disco duro, se derrumbarían muchos tótems. Aunque jamás sea publicado, aunque se olvide para siempre, aquel nefasto texto ya habrá existido sin importar lo corto de su vida. A veces, eso que tomó tanto tiempo y esfuerzo podría parecer horrible a la mañana siguiente porque las palabras no las dicta ninguna musa celeste, porque aún hay capacidad para el error y aunque escribir sea supuestamente “lo mejor que pueda hacerse”, no queda fuera de la frágil condición humana. Y como lectores, habremos de reconocer que detrás de la genialidad hay kilómetros de titubeo e incertidumbre porque el escritor es mundano y si no falló hoy, podría fallar mañana.

Apoyo la ruptura del cliché estético e ideológico que representa al escritor y al trabajo creativo. Ese cliché asusta bastante y quizá por eso suena que un disfraz tendría sentido, pero más allá de la parodia da muchísima flojera. Una gran obra se escribe en ayunas y en calzones, o en las horas de comida en la oficina, o en el metro de manera fragmentada, o sobre una mesa cualquiera en un momento cualquiera, bien lejos del topos uranus y sin pizca de glamour. El escritor no anda profesando su oficio como un sacerdote (¡aleluya!), también baila cumbias, se enferma del estómago, chilla con películas de Hollywood y tiene deudas con el banco, sobre todo deudas con el banco. Si el cliché pseudo-romántico no existe, ¿para qué estirarlo más allá de Halloween?

lunes, 24 de octubre de 2016

De qué escribo cuando escribo de escribir los lunes

Llevo dos meses con este proyecto de publicar un texto cada semana. Es interesante cómo el mayor problema no consiste en escribir sino en publicar. Durante todo el año pasado tuve la dinámica de escribir una página al día y al final logré tener 365 páginas que se convirtieron en el borrador de un libro de ensayos (claro, después de tirar a la basura unas 100 de ellas) pero la gran diferencia es que no existía el factor de hacerlas públicas inmediatamente y entonces el proceso era mucho menos estresante. Ahora este factor inserta una tensión que muchas veces es difícil manejar. Con esta dinámica el compromiso ya no sólo está en escribir, también está en volver el texto coherente casi contra reloj. Es como si cada semana fuera una oportunidad más para exponerse al desvarío, a la premura, al ridículo, a la contradicción, y eso es casi suicida. El hecho de que los textos no tengan las correcciones obsesivas que acostumbro porque no hay tiempo puede representar un riesgo. Aquí la escritura es bastante apresurada. Uno de los principales motivos de que por lo general mis textos sean tan cortos no es por ser un as de la brevedad sino más bien por ser un obsesivo de la corrección. Un párrafo bien logrado significa tres o cuatro páginas de paja que fueron removidas con una precisión de la que sí podría sentirme orgulloso.

Cada vez que comienzo a escribir algo es empezar desde el cero más profundo de las posibilidades. Me imagino a un maratonista que semanas después de terminar la carrera vuelve a entrenar para la siguiente pero desde el punto en el que tiene que aprender a caminar. Es como si en el transcurso del torrente encarrerado de la escritura, al mismo tiempo que se van plasmando las palabras otras tantas se fueran borrando. No tengo el temple propio de los escritores que sienten que las llevan todas consigo, sorprendiéndose cuando una pieza de su rompecabezas de pronto no embona. Para mí, encontrar piezas disímiles es lo más natural y la sorpresa llega cuando dos piezas encajan casi a la perfección. Todo el tiempo es experimentación y cuestión de suerte porque tengo conciencia de que siempre se puede fallar, porque conozco los borradores que permanecen en el cajón y que nunca verán la luz, porque conozco cuántas cosas se han debido quedar en el tintero. Creo que no olvidar que siempre estamos propensos a caer da fuerza para escribir con la mandíbula apretada, esperando con mucha insistencia que la palabra siguiente sea mejor que la anterior, que se complementen con congruencia y quizá gracia.

Aunque eso sí, siempre estará la posibilidad de la escritura automática. Una inocente trampa para llenar la hoja. Hay un cúmulo de emociones, puentes sensoriales y lenguaje contenido para exprimir. Todas las ideas se agolpan, cambian el grosor de los engranes que llevamos dentro, la relojería que después de un rato se acostumbra a trabajar en la fricción, aunque al principio el desequilibrio la tome por sorpresa y la haga tambalear, rechinar, sentirse fuera de las plataformas. Con la escritura automática se juega a desentrañar lo entrañado, es un juego de suerte y de imaginación, una tirada de dados: jugar con la aleatoria aparición de las palabras, jugar a que nada tiene sentido después de tanta densidad. En el vaporcillo fino de la escritura automática las cosas se refrescan, son superficiales en cierta medida, son transparentes y ligeras, no se enredan demasiado o si se enredan son como hilos fáciles de cortar. Ser una máquina productora de palabras azarosas limpia los conductos atascados por donde transita la espesura. Siempre se necesita una limpieza, un desasolve, aceitar los pistones, desatascar las válvulas. Es interesante pensarnos buscando puntos de contacto con la dureza de un metal sin cuestionarse, sin fallar un sólo movimiento. Es una aspiración fantástica querer ser como una máquina que intenta llenar la hoja, hacer aparecer la escritura que se deja armar, que se deja ensamblar como materia moldeable. Escritura frenética bajo las ruedas de un tren acalorado, metales y piedras rozando en la bruma.

lunes, 17 de octubre de 2016

Sueños I

Lado A

Existe una agencia turística que ofrece tours hacia la muerte, al inframundo, ida y vuelta, a bordo de autobuses especiales de color negro y características submarinas porque el inframundo está bajo el mar. Compro un boleto en la zona de andenes donde se indica el número del próximo autobús. Después de tomar la carretera, llegamos a la costa para internarnos entre las olas. Abajo está ese otro mundo, el de los muertos, casi una réplica del mundo de arriba: un espejo sumergido. Ahí se puede caminar normalmente por las calles pero con el esfuerzo obvio de moverse bajo el agua y sin necesidad de respirar porque el autobús libera un vapor químico que adapta temporalmente los pulmones al nuevo entorno. Las cosas se mueven casi sin sonido, rodeadas de un extraño color sepia: agua turbia. A todos nos entregan un reloj sincronizado que indica el momento del regreso y es de vital importancia que los pasajeros estemos a la hora prevista ya que el sistema para emerger es automático y no esperará a nadie. Después de caminar un poco, el tour incluye la entrada a una tienda de souvenirs llamada “Dolor” donde sólo se exhiben fotos viejas de escenas significativas en la vida de los turistas. Encuentro varias fotos de mi infancia pero también de tiempos recientes y entonces comprendo el motivo del nombre de la tienda. No me llevo nada. Al mirar mi reloj, me doy cuenta de que el autobús está a tres minutos de partir y yo todavía estoy a dos calles de distancia. Comienzo a correr pero mis movimientos son lentísimos, pues estoy bajo el agua. La desesperación me invade cuando al llegar al punto de reunión veo cómo el autobús se eleva dejando una estela de burbujas. Estoy varado en la muerte. Pienso que ahí nadie podrá ayudarme porque desafortunadamente / afortunadamente mis muertos no son muchos y no tendré a quién recurrir. Entonces recuerdo a los dos perros que tuve cuando era niño y pienso que al menos podrán acompañarme. Al momento de querer gritar sus nombres, trago una gran bocanada de agua que me hace despertar.

Lado B

En medio de una selva espesa hay un edificio enorme de oficinas infestado por jaguares como si fueran una plaga: jaguares en los pasillos, en cada sala, encaramados a las vigas de los techos, en el sótano. Yo estoy en el décimo piso, justo a la mitad, tratando de salir. Es de noche y no sé qué hago en ese sitio. Sin embargo no estoy solo, hay más gente entrando y saliendo de las salas de junta, con la diferencia de que, al parecer, soy el único que puede ver a los jaguares y el único que es acechado por ellos. Supuestamente ‘alguien’ pasará a recogerme en una camioneta blindada y para eso tendré que llegar primero al estacionamiento de la planta baja. Intento correr sin hacer ruido pero mis pasos y mi respiración atraen decenas de jaguares que me van persiguiendo. El interior del edificio ha sufrido estragos: las paredes están rasguñadas, hay restos de mamíferos pequeños que fueron devorados, muchas de las luces no funcionan y el olor es casi insoportable. Llego a la zona de elevadores pero todos están inservibles, tienen las puertas forzadas y con marcas de garras gigantescas. A nadie de la poca gente que aún está en el edificio parece importarle y usan las escaleras. Trato de unirme a algún grupo pero mi presencia les incomoda y dan media vuelta o desaparecen en la sombra. Recibo un mensaje en mi celular de la persona que irá a recogerme diciendo que hay demasiado tráfico y que será imposible pasar por mí; el mensaje termina con un ‘buena suerte’. Pienso que sería fácil subir a la azotea para tratar de bajar por la parte de afuera, saltando de balcón en balcón, pero al llegar hasta el último piso descubro una manada de panteras durmiendo en la oscuridad y que apenas se pueden distinguir. No tengo más opción que intentar salir por la puerta principal a como dé lugar. Entonces, usando las escaleras de emergencia llego hasta la planta baja y antes de alcanzar la puerta, tres jaguares furiosos me cierran el paso. Lleno de coraje e ímpetu suicida decido enfrentarlos de una vez por todas porque ya estoy harto e incluso molesto, entonces uno de ellos salta hacia mí y me da un bestial zarpazo en el brazo izquierdo que me tira al piso. Es el color y la temperatura ardiente de mi sangre lo que me despierta.

lunes, 10 de octubre de 2016

Consideraciones superficiales sobre la lluvia

Odio la lluvia.

Ya, lo dije, me lo arranqué del pecho. Alivio.

Siempre he pensado que la lluvia puede hacerlo todo más hermoso pero también más difícil, y lo que detesto es justo eso, las dificultades que acarrea un buen aguacero: el tráfico enloquece, los eventos se suspenden, las cafeterías se llenan, las calcetas se empantanan, las citas se demoran, las salidas se restringen. Es obvio que estoy siendo superficial porque a fin de cuentas el agua igualmente se queda en la superficie (?). Mmm...

Lo único bueno de la lluvia (caray, sé que hay más cosas, pero déjenme con mi momento dramático) es la belleza que le da a las calles después de que ha escampado o cuando se contempla todo, sin presiones, bajo techo. El sonido de la lluvia es casi terapéutico pero hasta ahí, pues todo queda en un nivel contemplativo porque lo que es práctico se descompone. Espero que se entienda el plano básico en que me molesta la lluvia, no hay que irnos más lejos. Me desquicia estar varado en el tráfico a causa de la tormenta, no hay a dónde huir sin empaparse la ropa después de que el aire desdobló el paraguas como un murciélago destazado. Los peores momentos del día para llover son entre las seis de la mañana y once de la noche y las únicas lluvias inofensivas son de madrugada, cuando nadie se entera por estar durmiendo, o en los campos de cultivo y presas donde son indispensables y no hay necesidad de cruzar una avenida o tomar un taxi.

Sin embargo, las lluvias más nefastas son las que duran todo el día con una intensidad mediocre y constante: lo suficiente para mojar poco e interferir mucho. En esos casos me dan unas ganas locas de lanzar puñetazos al aire para tratar de romper una a una todas las gotitas, aunque desisto cuando me doy cuenta de lo perturbadora que sería la escena ante la mirada incomprensiva de la gente. La lluvia cambia los planes y una de las cosas que más me molesta es que me cambien los planes. Así mi nivel de neurosis. (Sí, amigos, sé que estoy muy mal). Creo que en el fondo es eso: la lluvia como representación del cambio inesperado y la anulación de lo previsto, de la pérdida de control. Qué fuerte. Claro que la molestia de vestir ropa fangosa es grande pero no se le compara a una agenda desarticulada en el último minuto.

El único consuelo que ofrece la lluvia al terminar (bendito dios) es el olor que deja entre las calles empedradas. Creo que ese olor es un placer universal y quizá no hay mejor manera de aprovecharlo que salir a pasear solo o acompañado, a manera de tregua o reconciliación...

...aunque al final de todo y después de lo sufrido, no hay lluvia que dure 100 años, ni cambio climático que la resista, ¿o no?