lunes, 28 de noviembre de 2016

La poesía ante la catástrofe

Siempre hay un momento en el que todos hacemos como que nos gusta la poesía, como si la poesía, por el simple hecho de ser “poesía”, exigiera el gusto indiscutible. Quiero precisar: a veces se asume que cualquier texto que de autodenomine “poema” contiene poesía y por eso merece admiración y asombro casi de antemano. Entonces aplaudimos y fingimos estar maravillados con eso que apenas sentimos o entendemos, por puro compromiso, o porque si no tal vez seamos idiotas. Creo que falta valor para confrontar y debatir los poemas huecos, complacientes, efectistas. El poema no viene con certificado de aprobación porque cada vez que se lee se pone a prueba. Otorgarle ese beneficio desde el comienzo es condescendiente. Creer que el poema es buen texto por el simple hecho de parecer poema es como creer que el poeta es mejor persona por el hecho de ser (parecer) poeta. Quedarse en silencio o incluso hacer evidente la inconformidad debería ser parte cotidiana, no satanizada, del proceso de lectura. En público o en privado.

La poesía, al gestarse en la sensibilidad, es sintomática (produce síntomas, responde a síntomas) y son impulsos corporales los que piden “consumir” (qué palabra tan inexacta) un determinado tipo de poesía dependiendo los ánimos. La poesía, igual que la música, apela en un principio al deseo corporal; como si fuera un regulador o un medicamento o una vitamina, la poesía se “necesita” en dosis y cualidades específicas. Pensándola de ese modo, la poesía que necesito ahora es la que me saca de mi asiento de comodidad, o que me hace ver que todavía existe una dimensión sensible. No necesito una poesía que me aparte del mundo ni que sea un refugio, ni siquiera deseo una poesía que me proponga otro mundo, lo que necesito es una poesía que me ofrezca una nueva forma de mirar, experimentar y entender este mismo mundo. No quiero una poesía que me muestre universos paralelos, sino que me dé herramientas para quebrar este universo en otros. Si el poema quiere hacerme un retrato del mundo, tendría que ser de algo que yo aún no haya visto, es decir, de algo que sólo el autor vea, su revelación o su descubrimiento. Soy un individuo y pertenezco al tejido social pero no soy la sociedad, por eso tampoco busco una poesía “social”, “comprometida” que le hable a la sociedad (para eso mejor un panfleto o un discurso político), sino que me hable a mí directamente, que me haga sentir que sólo es para mí, y entonces así intentar ser un nodo más sensitivo y perceptivo para incidir en ella. Es la forma que conozco, en un primer movimiento.

Me pregunto por el papel que ahora tiene la poesía, ‘nuestra’ poesía, ‘mi’ poesía, en esta realidad devastadora y devastada. Sé que la poesía no va a salvar al mundo, si acaso, nos hace resistir un poco más el mundo, pero de ahí a salvarlo hay un abismo. Me pregunto cómo un poema podría sobreponerse al horror de la tiranía, de la injusticia, de la brutalidad, de la tragedia. Por ejemplo, ¿qué hace la poesía contra Trump?, ¿qué hace contra Peña Nieto?, ¿qué hace contra el hambre?, ¿qué hace contra el SIDA?, ¿qué hace contra el derretimiento de los polos? Por sí misma, sabemos que nada. Una vez vi el viejo y conocido stencil que sentencia “la poesía no es suficiente” acompañado de la figura de un niño, probablemente somalí, frente a un plato vacío. Recurso sentimentalista o no, facilón o no, pudo asestarme su golpe. Y sí, supe que la poesía no era suficiente. Y que si un poema pretende encerrarme en una burbuja, nada quiero saber de él. Y que si nos sentimos muy capaces escribiendo poemas, también deberíamos ser muy capaces de reaccionar ante la catástrofe. Acepto que yo aún no sé cómo hacerlo y no sé si lo logre, pero lo que sí comprendí, al menos en primera instancia, es que un poema que no estremece no es poema; o un poema que no confronta no es poema; o un poema que no implanta el germen de la intriga no es poema; o un poema que no muestra otra posibilidad del mundo no es poema; o un poema que me deja intacto no es poema; o que un poema que complace, que anestesia, no es poema. Ya no. No ahora. No para mí. Después de seleccionar lecturas y después de evitar escribir aquello que no me gustaría leer, ¿cuál sería el siguiente paso?

lunes, 21 de noviembre de 2016

Robo de celulares

La semana pasada un HijoDePuta me robó al salir del metro. En un movimiento rapidísimo de pronto ya no tenía el celular y entonces formé parte de la inmensa multitud a la que le han robado el celular en esta convulsa metrópolis. Después de la rabia y frustración por todos los contactos, archivos de trabajo, fotos, música y PDF's que perdí, el hecho me hizo entender la vulnerabilidad a la que se someten las pertenencias digitales pero también la deriva a la que uno se enfrenta cuando se queda sin comunicación.

Perder el celular me hizo reflexionar sobre el riesgo de tener todos (o gran parte) de los archivos importantes concentrados en un mismo sitio, y también en la estupidez que supondría no tener algún tipo de respaldo. Yo, quizá muy estúpidamente, acostumbro respaldar los documentos sólo en un par de memorias USB que actualizo cada diez o quince días y que guardo en algún cajón de ropa o en una lata vacía de chocolates. No tengo nada en la ‘nube’ porque hay algo demasiado primitivo en mí que me impide confiar totalmente en algo que no puedo ver o tocar. Podré estar jodido, lo sé, pero las memorias USB me dan mucha confianza porque casi siento cada uno de sus bits pulsando en mi mano cuando las tomo. Quedarme sin celular, aunque por fortuna no haya perdido aquello respaldado, me hizo poner en tela de juicio mis métodos rupestres y tal vez deba reconsiderar. Aprendizaje.

Perder el celular me hizo pensar en la posibilidad de incluso volver parcialmente a los soportes analógicos y tener al menos tres libretas en la mochila: un directorio de contactos, un cuaderno de notas y una agenda de pendientes, todas con pequeños bolsillos interiores para guardar fotografías, recortes de periódicos y curiosidades mínimas halladas en la calle, justo como haríamos con lo encontrado por la web. Sólo el agua o el olvido podrían deshacerse de ellas, pues un robo sería poco probable (aunque una vez me robaron una agenda a medio llenar pero ésa es otra historia bastante inaudita). Por ahora ya uso la libreta de notas y la agenda de pendientes y sólo me faltaría el directorio de contactos porque lo que más me dolió perder fue los números de varios amigos (algunos de otras latitudes) que no podré recuperar hasta que nos encontremos frente a frente. Hasta llego a pensar en lo old fashion que sería sacar una pequeña agenda de cuero marrón grabado en fuego y de hojas ahuesadas para anotar un teléfono, una dirección, una página de internet o una cuenta de Twitter. No es por ser fetichista del papel pero... está bien, a nadie engaño, soy fetichista del papel.

Perder el celular me hizo sentir una soledad específica: la soledad del que pierde lo que no había dimensionado que tenía. El robo no significó quedarme sin el equipo (que por lo demás era relativamente barato), sino quedarme a la deriva en el torrente de comunicación entre mis amigos con los que mensajeo diario; significó expulsarme del nodo y significó la ansiedad de no saber si trataban de comunicarse conmigo: no sólo fue quedarme mudo sino también sordo, sin quererlo, de repente. La comunicación se cortó de tajo en ese instante, incluso tenía mensajes pendientes para responder y sabía que esperaba algunos otros con urgencia. Ya nadie se aprende los teléfonos y hablar con alguien a distancia se ha viciado al depender de estos medios concretos que en un instante pueden desaparecer. Con el celular perdí todos mis contactos porque nunca hice respaldo de ellos. También perdí decenas de videos y fotos y en verdad me duele por lo irrepetible de las situaciones. Sólo espero que después de haberlas visto tanto no comiencen a pixelearse poco a poco en mi propia memoria.

Por otro lado, perder el celular y decidir cancelar el número en vez de recuperarlo tuvo un par de aspectos positivos: pude librarme del acoso comercial porque llevaba un tiempo recibiendo llamadas de empresas o bancos que intentaban venderme servicios, lo que muy probablemente significaba una filtración de mi número. Además, por fin logré salirme de ciertos grupos de WhatsApp que por ‘diplomacia’ no había abandonado aunque ya no tenía nada que hacer en ellos, y al mismo tiempo me di cuenta de que muchos de los contactos que tenía no recordaba quiénes eran ni qué hacían ahí ocupando espacio: contactos que uno pide por inercia a sabiendas de que no va a usarlos nunca. Fue una especie de limpieza como cuando se limpia la habitación desordenada y se respira mejor y hasta podríamos tirarnos a dormitar en el piso.

Pero sobre todo, realmente sobre todo, perder el celular me hizo reforzar la idea que tuve hace tiempo y que consiste en patentar un celular con una carga explosiva dentro que pueda detonarse por voz a distancia con un placentero "hasta la vista" en el momento posterior al robo para así volarle las tripas al HijoDePuta que se haya llevado el celular de un pobre y nada psicópata transeúnte. Sería un éxito en este país demente. Negocio millonario. Si lo patentan ya, les compro el más letal de todos.

lunes, 14 de noviembre de 2016

Sueños II

Lado A

Trabajo en una agencia pericial y de investigaciones. Recibimos un llamado para atender un accidente vehicular que involucra a un camión de carga y a un motociclista en el cruce de una avenida importante: por la falta de precaución de ambos conductores, el camión, a exceso de velocidad, embistió al motociclista que avanzaba también a exceso de velocidad. El accidente es tan terrible que al llegar acordonamos la zona y nos disponemos a recoger todos los restos posibles. Con muchísimo desconcierto, descubrimos que los restos del motociclista están hechos de mármol: se trata, ni más ni menos, que de la estatua del David, esculpida por Miguel Ángel, en traje de cuero, botas y estoperoles. La cabeza, intacta y todavía en el interior del casco, es de un increíble detalle, con la nariz respingada y voluminosos rizos en la cabellera. No encontramos documentos ni credenciales pero sí una postal del calendario azteca en el bolsillo de la chamarra, intervenida con rasgaduras y manchas de tinta con una extraña clave: “16-16-17-17”. En un momento de descuido ocasionado por la sorpresa, el conductor del camión se da a la fuga. Miro los ojos sin identidad de mis compañeros; uno de ellos me toca el hombro y me despierta.

Inter

En medio de la noche me intercepta este pensamiento: si yo pudiera convertirme en lo que fuera, me convertiría en una montaña porque siempre me ha atraído el misterio de las piedras, su fuerza contenida, su energía tremenda para mantenerse sólidas, para no estallar como si fueran bombas minerales. Su magnetismo es la herramienta para enlazarse con el mundo, para intervenirlo y habitarlo. Una piedra puede ser paciente y esperar el fin de los tiempos o ser violenta y valerosa cuando es arrojada a un objetivo. Una piedra es una montaña diminuta. Una montaña es una piedra enorme, el dios de las piedras. Si las piedras rezaran, quizá le rezarían a una montaña. Estaría bien ser una montaña. Estoy en esos pensamientos cuando el sueño vuelve.

Lado B

Camino por una playa de arena gris y me encuentro a una chica con vestido larguísimo que me dice, de manera abrupta y sin saludo, que es capaz de controlar los barcos totalmente a la distancia, no conducirlos o navegarlos sino controlarlos desde lejos con el sólo movimiento de sus manos. Está practicando y me da una demostración: si extiende los brazos paralelos con las palmas apuntando a un barco, el barco permanece quieto; si dobla las muñecas para que las palmas vean al piso, el barco avanza lentamente; si sube los brazos paralelos a la altura de los ojos, el barco sale del mar como una roca arrancada de la tierra y flota; si levanta los brazos un poco más, el barco se eleva un poco más. Me dice que puede hacer eso desde las playas y también a bordo de los barcos y que puedo acompañarla a uno en ese mismo instante, sin embargo, invadido por una extraña ansiedad, le doy las gracias y rechazo su invitación. Al parecer mi negativa le enfurece y en un arrebato hace que el barco más cercano salga del agua como un proyectil y se impacte con violencia en uno de los lujosos hoteles que están al otro extremo de la costa. El estallido ensordecedor y los gritos me hacen despertar.

lunes, 7 de noviembre de 2016

Postales de Cuba

El año pasado tuve la oportunidad de ir a Cuba. Fue un viaje muy significativo por la compañía y porque ahí celebré mi cumpleaños número 26. A continuación, más de un año después y con perdón por la tardanza, transcribo algunos breves apuntes de la libreta que pude rescatar:


- Aterrizamos en La Habana y lo primero que llama mi atención es la enorme cantidad de autos clásicos que de este lado del mar consideramos verdaderas y cotizadas reliquias. La postal de La Habana tiene un auto clásico en ella, no importando si el motor y los interiores pertenecen a cinco autos nuevos y diferentes. El calor es hipnótico pero tolerable, a excepción del mortal sol de las dos de la tarde que se extiende por un par de horas y del cual sólo es posible escapar tomando una siesta. La identidad urbana es funcional, un caos controlado. El nacionalismo está tan presente como la resolana. La palabra “Revolución” surge en todos lados y en todas las paredes. La postal de La Habana tiene un graffitti del Che Guevara deslavado por el sol y la sal. Me sorprende lo diferente que es Cuba de México y lo similares que son al mismo tiempo. Pienso entonces que el verdadero y único país es Latinoamérica.

- Pasamos por el malecón en dirección al Café Neruda para tomar los ya recomendados daiquiris. La postal de La Habana incluye al malecón con las olas saliéndose por encima. Lo segundo que llama mi atención son los edificios: parece que las fachadas de las casas están a punto de caerse, un desmoronamiento en pausa, pero los esqueletos son firmes como el hierro, bien plantados. La gente se sienta en sus portones a tomar el fresco con mirada atenta, amable, vigilante. En la postal de La Habana hay alguien sentado ante su puerta sólo viendo la vida que transcurre al fumar un puro. Hay muchos gatos flacos en las calles y casi nada de basura. Voy haciéndome de ideas muy generales. Cuba pone a prueba, desafía la comodidad. Creo que todos, turistas y locales, experimentan algún tipo de reto cada día. La realidad puede ser dura. Cuba tiene limitaciones y prohibiciones que no terminan de disolverse. No es un país difícil de intuir aunque sí puede ser difícil experimentar, pero dentro de esa dificultad existe una apropiación del bienestar: se busca estar bien y de formas creativas se consigue estar bien incluso con lo poco que se tenga. La postal de La Habana es una imagen que apenas (siempre) se está formando.

- En la noche se puede andar tranquilamente. Los cubanos que hemos conocido se enorgullecen al decir que no hay inseguridad en esa parte y que nadie anda por ahí amenazándote con armas. Cuando les digo que soy mexicano se alegran y aumenta su simpatía pero también me preguntan si no he tenido problemas con el narco; al parecer, la mayoría de las noticias que les llegan de acá son las relacionadas con la violencia y la muerte. Pasamos frente a una casa donde se realiza una ceremonia religiosa, con cantos y bailes. Un señor ve nuestros rostros curiosos y después de pensárselo un poco nos invita a entrar con cautela pero preferimos decir que no, que muchas gracias, y seguimos caminando.

- El proceso de construcción de La Habana es constante pero no porque siempre se esté construyendo sino porque la construcción parece que se estancó en el tiempo y es permanente. La Habana no es vieja, es antigua, está en un presente que no es éste, sucede en otra parte y bajo otras leyes. Sería salida fácil decir que La Habana pertenece a otra época pero es que su condición de isla al margen de la globalización la mantiene encapsulada. El acceso limitadísimo a internet es un factor decisivo en la configuración social y en la apreciación del mundo. Sin embargo, en Cuba se revaloriza la auténtica comunicación humana, incluyendo todas sus dificultades. La comunicación surge del cuerpo. El cuerpo de La Habana es pura comunicación, dice cosas que incluso los cubanos ya no escuchan por haberlas escuchado tanto. Su lenguaje se traduce en calor, paisaje, olor y sonido: el cuerpo de la ciudad. Me surge un extraño sentimiento de agradable nostalgia cuando escucho que la gente llama a gritos a sus amigos o familiares desde la calle para pedirles una taza de azúcar, darles un recado o preguntar si pueden salir. Tenía años que no escuchaba a nadie gritar frente a una casa para comunicarse. Ningún traductor, cubano o extranjero, entenderá a totalidad lo que Cuba está diciendo.

- Rihanna (sí, la cantante) está cenando justo en el restaurante de al lado. Al irse, la vemos pasar entre una horda de fanáticos que se han aglomerado por todo el callejón desde que se enteraron de su presencia. La noticia se esparció de boca en boca. Algunos incluso pensaron que se trataba de Beyonce. Una niña se abre paso para tocar su mano y es la única foto que alcanzamos a capturar con la cámara desechable.

- Desde La Habana llegamos hasta Viñales, un pueblo muy tranquilo, colorido y con una impresionante reserva natural. Viñales pertenece a otro tipo de realidad cubana: es Cuba y hay cubanos pero la afluencia extranjera es casi total y además el paisaje es como de pueblo fantástico. El aire está lleno del olor picante de una planta que nadie sabe decir cómo se llama; ese olor me da hambre permanente. Es un pueblo hecho para la contemplación de la vida de campo, para reposar y digerir las experiencias del viaje. Cientos de pollos, gallos y gallinas caminan por las banquetas. Viñales es una burbuja en el tiempo dentro de otra burbuja. Comienzo a pensar que entonces Cuba está compuesta por un cúmulo de burbujas de tiempo, pero apegándome más a una realidad física, sería más atinado decir que Cuba es un cúmulo de islas separadas no por agua sino por carreteras. Cuba: la isla hecha de islas que entre ellas no se conocen totalmente, que apenas se intuyen, que saben que están cerca pero que sus barreras de independencia también les sirven para protegerse. Al parecer entre ellas no quieren tocarse.

- Mientras estamos en Viñales se nos acaba el dinero en efectivo y descubrimos que ninguna de nuestras tarjetas funciona en los únicos dos cajeros del pueblo. Me toca correr buscando cualquier solución, llamando a mi banco en México, gastando el resto del dinero en una llamada de tres minutos que se interrumpe. Paso más de dos horas, en sandalias flojas, dando vueltas cada vez con más angustia a lo largo de toda la avenida principal. Al final, unos amigos nos prestan dinero esa misma noche. Después, para bajar un poco la tensión, a esa experiencia la bautizamos como “El maratón de Viñales”.

- Transcurre la tarde en las playas de Cayo Jutías, en los callejones de La Habana Vieja y en la terraza del Hotel Nacional, entre daiquiris y Cuba Libres. En un momento de la noche recorremos el malecón con una botella de ron Havana Club porque está permitido beber en la vía pública (el refresco de cola se llama “Tu Kola” y me da muchísima risa porque nunca superé los 14 años). Hay mariachis y batucadas y Son cubano y trovadores y merengue y todo es una fiesta de música. El viaje también coincide con la Bienal de La Habana y hay decenas de instalaciones y esculturas que bordean casi de principio a fin el malecón. Mientras tanto, yo me quedo con la escena de encender un puro artesanal en la terraza del hotel, la noche de mi cumpleaños, un día antes de regresar, y que se captura justo con la última foto del rollo de nuestra cámara.

lunes, 31 de octubre de 2016

La figura del escritor

Ahora que estos días se llenan de fiestas de Halloween me doy cuenta de que no tengo ningún disfraz ni las ganas suficientes para improvisarlo. Cuando le conté esto a un amigo me dijo “¿Quieres asustar? Disfrázate de escritor”. Al instante me reí pero de pronto llegó a mi cabeza un tren de imágenes con bastante sentido:

a veces pienso que si alguien hace una reunión de artistas que incluya fotógrafos, pintores, músicos, escultores, actores, bailarines, cineastas y escritores, estoy seguro de que los escritores seríamos el gremio más aburrido y pedante, o peor aún, ambas cosas. Si yo tuviera que alinearme en alguno de estos dos bandos, ¿formaría parte de los aburridos? Ay, caray. El equipo de los aburridos sería el que se expresa mejor escribiendo que hablando y por lo tanto las conversaciones son tímidas, a veces atropelladas, bobas. El bando pedante sería el que sólo sabe conversar citando autores, presumiendo lecturas y criticando lo incriticable. Claro que entre estos polos existen subcategorías y combinaciones: están, por ejemplo, los incendiarios que mezclan un poco de la inadaptación social del primer bando con la pedantería neurótica del segundo para dar resultado a seres malhumorados y en contra de todo; o también están los ingenuos, que no saben manejar la pedantería en defensa propia y más bien permanecen enamorados de su obra en silencio, sonriendo sin hablar mucho o haciéndolo sólo para autopromoverse en descontrol. Mientras tanto, el resto de los artistas de la fiesta miraría con lástima a los escritores que se arrinconan o que importunan a quien pueden. ¡Un gran escenario de terror!

Definitivamente habrá de romperse la idea de que un escritor siempre tiene un buen comentario o una cita en la punta de la lengua. Es muy terrible lo que aún puede salir de una pluma “entrenada” o “consagrada”. Si tan sólo la gente supiera la cantidad de estupideces que sus autores favoritos escriben pero que luego botan a la basura o eliminan del disco duro, se derrumbarían muchos tótems. Aunque jamás sea publicado, aunque se olvide para siempre, aquel nefasto texto ya habrá existido sin importar lo corto de su vida. A veces, eso que tomó tanto tiempo y esfuerzo podría parecer horrible a la mañana siguiente porque las palabras no las dicta ninguna musa celeste, porque aún hay capacidad para el error y aunque escribir sea supuestamente “lo mejor que pueda hacerse”, no queda fuera de la frágil condición humana. Y como lectores, habremos de reconocer que detrás de la genialidad hay kilómetros de titubeo e incertidumbre porque el escritor es mundano y si no falló hoy, podría fallar mañana.

Apoyo la ruptura del cliché estético e ideológico que representa al escritor y al trabajo creativo. Ese cliché asusta bastante y quizá por eso suena que un disfraz tendría sentido, pero más allá de la parodia da muchísima flojera. Una gran obra se escribe en ayunas y en calzones, o en las horas de comida en la oficina, o en el metro de manera fragmentada, o sobre una mesa cualquiera en un momento cualquiera, bien lejos del topos uranus y sin pizca de glamour. El escritor no anda profesando su oficio como un sacerdote (¡aleluya!), también baila cumbias, se enferma del estómago, chilla con películas de Hollywood y tiene deudas con el banco, sobre todo deudas con el banco. Si el cliché pseudo-romántico no existe, ¿para qué estirarlo más allá de Halloween?

lunes, 24 de octubre de 2016

De qué escribo cuando escribo de escribir los lunes

Llevo dos meses con este proyecto de publicar un texto cada semana. Es interesante cómo el mayor problema no consiste en escribir sino en publicar. Durante todo el año pasado tuve la dinámica de escribir una página al día y al final logré tener 365 páginas que se convirtieron en el borrador de un libro de ensayos (claro, después de tirar a la basura unas 100 de ellas) pero la gran diferencia es que no existía el factor de hacerlas públicas inmediatamente y entonces el proceso era mucho menos estresante. Ahora este factor inserta una tensión que muchas veces es difícil manejar. Con esta dinámica el compromiso ya no sólo está en escribir, también está en volver el texto coherente casi contra reloj. Es como si cada semana fuera una oportunidad más para exponerse al desvarío, a la premura, al ridículo, a la contradicción, y eso es casi suicida. El hecho de que los textos no tengan las correcciones obsesivas que acostumbro porque no hay tiempo puede representar un riesgo. Aquí la escritura es bastante apresurada. Uno de los principales motivos de que por lo general mis textos sean tan cortos no es por ser un as de la brevedad sino más bien por ser un obsesivo de la corrección. Un párrafo bien logrado significa tres o cuatro páginas de paja que fueron removidas con una precisión de la que sí podría sentirme orgulloso.

Cada vez que comienzo a escribir algo es empezar desde el cero más profundo de las posibilidades. Me imagino a un maratonista que semanas después de terminar la carrera vuelve a entrenar para la siguiente pero desde el punto en el que tiene que aprender a caminar. Es como si en el transcurso del torrente encarrerado de la escritura, al mismo tiempo que se van plasmando las palabras otras tantas se fueran borrando. No tengo el temple propio de los escritores que sienten que las llevan todas consigo, sorprendiéndose cuando una pieza de su rompecabezas de pronto no embona. Para mí, encontrar piezas disímiles es lo más natural y la sorpresa llega cuando dos piezas encajan casi a la perfección. Todo el tiempo es experimentación y cuestión de suerte porque tengo conciencia de que siempre se puede fallar, porque conozco los borradores que permanecen en el cajón y que nunca verán la luz, porque conozco cuántas cosas se han debido quedar en el tintero. Creo que no olvidar que siempre estamos propensos a caer da fuerza para escribir con la mandíbula apretada, esperando con mucha insistencia que la palabra siguiente sea mejor que la anterior, que se complementen con congruencia y quizá gracia.

Aunque eso sí, siempre estará la posibilidad de la escritura automática. Una inocente trampa para llenar la hoja. Hay un cúmulo de emociones, puentes sensoriales y lenguaje contenido para exprimir. Todas las ideas se agolpan, cambian el grosor de los engranes que llevamos dentro, la relojería que después de un rato se acostumbra a trabajar en la fricción, aunque al principio el desequilibrio la tome por sorpresa y la haga tambalear, rechinar, sentirse fuera de las plataformas. Con la escritura automática se juega a desentrañar lo entrañado, es un juego de suerte y de imaginación, una tirada de dados: jugar con la aleatoria aparición de las palabras, jugar a que nada tiene sentido después de tanta densidad. En el vaporcillo fino de la escritura automática las cosas se refrescan, son superficiales en cierta medida, son transparentes y ligeras, no se enredan demasiado o si se enredan son como hilos fáciles de cortar. Ser una máquina productora de palabras azarosas limpia los conductos atascados por donde transita la espesura. Siempre se necesita una limpieza, un desasolve, aceitar los pistones, desatascar las válvulas. Es interesante pensarnos buscando puntos de contacto con la dureza de un metal sin cuestionarse, sin fallar un sólo movimiento. Es una aspiración fantástica querer ser como una máquina que intenta llenar la hoja, hacer aparecer la escritura que se deja armar, que se deja ensamblar como materia moldeable. Escritura frenética bajo las ruedas de un tren acalorado, metales y piedras rozando en la bruma.

lunes, 17 de octubre de 2016

Sueños I

Lado A

Existe una agencia turística que ofrece tours hacia la muerte, al inframundo, ida y vuelta, a bordo de autobuses especiales de color negro y características submarinas porque el inframundo está bajo el mar. Compro un boleto en la zona de andenes donde se indica el número del próximo autobús. Después de tomar la carretera, llegamos a la costa para internarnos entre las olas. Abajo está ese otro mundo, el de los muertos, casi una réplica del mundo de arriba: un espejo sumergido. Ahí se puede caminar normalmente por las calles pero con el esfuerzo obvio de moverse bajo el agua y sin necesidad de respirar porque el autobús libera un vapor químico que adapta temporalmente los pulmones al nuevo entorno. Las cosas se mueven casi sin sonido, rodeadas de un extraño color sepia: agua turbia. A todos nos entregan un reloj sincronizado que indica el momento del regreso y es de vital importancia que los pasajeros estemos a la hora prevista ya que el sistema para emerger es automático y no esperará a nadie. Después de caminar un poco, el tour incluye la entrada a una tienda de souvenirs llamada “Dolor” donde sólo se exhiben fotos viejas de escenas significativas en la vida de los turistas. Encuentro varias fotos de mi infancia pero también de tiempos recientes y entonces comprendo el motivo del nombre de la tienda. No me llevo nada. Al mirar mi reloj, me doy cuenta de que el autobús está a tres minutos de partir y yo todavía estoy a dos calles de distancia. Comienzo a correr pero mis movimientos son lentísimos, pues estoy bajo el agua. La desesperación me invade cuando al llegar al punto de reunión veo cómo el autobús se eleva dejando una estela de burbujas. Estoy varado en la muerte. Pienso que ahí nadie podrá ayudarme porque desafortunadamente / afortunadamente mis muertos no son muchos y no tendré a quién recurrir. Entonces recuerdo a los dos perros que tuve cuando era niño y pienso que al menos podrán acompañarme. Al momento de querer gritar sus nombres, trago una gran bocanada de agua que me hace despertar.

Lado B

En medio de una selva espesa hay un edificio enorme de oficinas infestado por jaguares como si fueran una plaga: jaguares en los pasillos, en cada sala, encaramados a las vigas de los techos, en el sótano. Yo estoy en el décimo piso, justo a la mitad, tratando de salir. Es de noche y no sé qué hago en ese sitio. Sin embargo no estoy solo, hay más gente entrando y saliendo de las salas de junta, con la diferencia de que, al parecer, soy el único que puede ver a los jaguares y el único que es acechado por ellos. Supuestamente ‘alguien’ pasará a recogerme en una camioneta blindada y para eso tendré que llegar primero al estacionamiento de la planta baja. Intento correr sin hacer ruido pero mis pasos y mi respiración atraen decenas de jaguares que me van persiguiendo. El interior del edificio ha sufrido estragos: las paredes están rasguñadas, hay restos de mamíferos pequeños que fueron devorados, muchas de las luces no funcionan y el olor es casi insoportable. Llego a la zona de elevadores pero todos están inservibles, tienen las puertas forzadas y con marcas de garras gigantescas. A nadie de la poca gente que aún está en el edificio parece importarle y usan las escaleras. Trato de unirme a algún grupo pero mi presencia les incomoda y dan media vuelta o desaparecen en la sombra. Recibo un mensaje en mi celular de la persona que irá a recogerme diciendo que hay demasiado tráfico y que será imposible pasar por mí; el mensaje termina con un ‘buena suerte’. Pienso que sería fácil subir a la azotea para tratar de bajar por la parte de afuera, saltando de balcón en balcón, pero al llegar hasta el último piso descubro una manada de panteras durmiendo en la oscuridad y que apenas se pueden distinguir. No tengo más opción que intentar salir por la puerta principal a como dé lugar. Entonces, usando las escaleras de emergencia llego hasta la planta baja y antes de alcanzar la puerta, tres jaguares furiosos me cierran el paso. Lleno de coraje e ímpetu suicida decido enfrentarlos de una vez por todas porque ya estoy harto e incluso molesto, entonces uno de ellos salta hacia mí y me da un bestial zarpazo en el brazo izquierdo que me tira al piso. Es el color y la temperatura ardiente de mi sangre lo que me despierta.

lunes, 10 de octubre de 2016

Consideraciones superficiales sobre la lluvia

Odio la lluvia.

Ya, lo dije, me lo arranqué del pecho. Alivio.

Siempre he pensado que la lluvia puede hacerlo todo más hermoso pero también más difícil, y lo que detesto es justo eso, las dificultades que acarrea un buen aguacero: el tráfico enloquece, los eventos se suspenden, las cafeterías se llenan, las calcetas se empantanan, las citas se demoran, las salidas se restringen. Es obvio que estoy siendo superficial porque a fin de cuentas el agua igualmente se queda en la superficie (?). Mmm...

Lo único bueno de la lluvia (caray, sé que hay más cosas, pero déjenme con mi momento dramático) es la belleza que le da a las calles después de que ha escampado o cuando se contempla todo, sin presiones, bajo techo. El sonido de la lluvia es casi terapéutico pero hasta ahí, pues todo queda en un nivel contemplativo porque lo que es práctico se descompone. Espero que se entienda el plano básico en que me molesta la lluvia, no hay que irnos más lejos.

Me desquicia estar varado en el tráfico a causa de la tormenta, no hay a dónde huir sin empaparse la ropa después de que el aire desdobló el paraguas como un murciélago destazado. Los peores momentos del día para llover son entre las seis de la mañana y once de la noche y las únicas lluvias inofensivas son de madrugada, cuando nadie se entera por estar durmiendo, o en los campos de cultivo y presas donde son indispensables y no hay necesidad de cruzar una avenida o tomar un taxi.

Sin embargo, las lluvias más nefastas son las que duran todo el día con una intensidad mediocre y constante: lo suficiente para mojar poco e interferir mucho. En esos casos me dan unas ganas locas de lanzar puñetazos al aire para tratar de romper una a una todas las gotitas, aunque desisto cuando me doy cuenta de lo perturbadora que sería la escena ante la mirada incomprensiva de la gente.

La lluvia cambia los planes y una de las cosas que más me molesta es que me cambien los planes. Así mi nivel de neurosis. (Sí, amigos, sé que estoy muy mal). Creo que en el fondo es eso: la lluvia como representación del cambio inesperado y la anulación de lo previsto, de la pérdida de control. Qué fuerte. Claro que la molestia de vestir ropa fangosa es grande pero no se le compara a una agenda desarticulada en el último minuto.

El único consuelo que ofrece la lluvia al terminar (bendito dios) es el olor que deja entre las calles empedradas. Creo que ese olor es un placer universal y quizá no hay mejor manera de aprovecharlo que salir a pasear solo o acompañado, a manera de tregua o reconciliación...

...aunque al final de todo y después de lo sufrido, no hay lluvia que dure 100 años, ni cambio climático que la resista, ¿o no?

lunes, 3 de octubre de 2016

Plexuspace

Era julio del 2009, tenía 20 años y todavía no estaba loco. Llevaba siete días escribiendo un cuento que no podía terminar. El final estaba estancado. Llevaba también varias semanas durmiendo poco, estresado por los exámenes extraordinarios de la universidad, tomando diariamente un litro de café y un litro de Coca-Cola, con escasas comidas. En ese momento ya eran las 3am y tenía horas pegado a la pantalla. Releer las apenas tres páginas de extensión que casi me sabía de memoria me causaba dolor de cabeza. La historia quizá era plana y adolescente pero quería tenerle confianza: un día, un tipo anónimo salía de su casa para dar un paseo y antes de llegar a media calle repentinamente su cuerpo se hinchaba, desgarraba su ropa, se hacía redondo y se convertía en un ojo gigantesco que despegaba a gran velocidad hacia el espacio; desde allá, el tipo, acostumbrándose a su nueva condición, disfrutaba viendo y espiando todo cuanto podía ver y espiar a través de sus nuevos “superpoderes”; entonces, en tres o cuatro párrafos, hacía reflexiones o análisis de las criaturas terrenas. Y de eso trataba. El final estaba difícil. Mi taza de café llevaba horas vacía aunque yo seguía haciendo el ademán de dar el último sorbo de manera automática, como un tic nervioso.

En esa época aún vivía en casa de mis padres y su hora de dormir comenzaba antes de la medianoche. Los ronquidos de mi padre siempre me habían distraído y en esa situación de bloqueo parecía que me medían el tiempo como un reloj de aire que atraganta sus fuelles en la otra habitación. No pude más. Apagué la computadora y fui a la cocina por un vaso de agua. El refrigerador chirriaba bajo la luz amarillenta. El agua estaba enrarecida, el ambiente estaba enrarecido. Regresé al cuarto y me metí a la cama. Cerré los ojos por trámite, pues sabía que el sueño tardaría en llegar. La noche era insoportable: dentro de mis ojos cerrados seguía viendo el monitor encendido; seguía viendo al tipo que se hinchaba y desgarraba su ropa para elevarse; seguía viendo al gran ojo que nos miraba a todos desde arriba.

Pasaron treinta minutos de revolverme en las sábanas cuando de repente algo adentro de mi pecho se rompió como de un cristalazo y derramó su contenido helado por todas mis entrañas. Abrí los ojos de golpe. Aquella sustancia estaba congelando mis músculos con una velocidad increíble. Me levanté como pude, tambaleante, respirando el hielo. Fui hacia la cocina atravesando el pasillo giratorio. Busqué el vaso de agua que había dejado a la mitad pero el vaso ya no estaba, en su lugar había un objeto extraño que no reconocí y que no se parecía a nada que hubiese visto antes. El refrigerador tampoco hacía su peculiar sonido, sino que fue sustituido por un aparato igual de extraño que emitía vibraciones ininteligibles. Todos los elementos de la cocina que colgaban de las paredes me parecieron irreconocibles y amenazantes. Los ronquidos de mi padre ya no eran de mi padre, ahora eran de algún animal ajeno con las vías respiratorias obstruidas, luchando por llevar oxígeno a sus células para procesarlo químicamente. Desconocí las características humanas de mi padre. No pude comprender nada. Apenas podía seguir en pie. Atravesé la sala a oscuras y me asomé por la ventana. Sentí que en cualquier momento iba a hincharme y a subir sin frenos al espacio. El miedo era horrible. Vi la calle vacía y me pareció diferente, angustiosa. Sentí que me separaba del mundo y que los pies vacilaban entre el suelo y el aire y que en cualquier momento me convertiría para siempre en algo que no era.

Pero de pronto, miré una de las plantas del patio y de alguna forma inexplicable eso me contuvo un poco. Me quedé viendo detenidamente su estructura, la forma de las hojas, la simetría de sus tejidos y me pareció que eso era lo único que podía ‘comprender’ en aquel momento. No sabía cuál era el mensaje, si es que hubiera alguno, pero la simple sensación de que podía comprender algo, asir algo con la mente en medio del caos, tranquilizó mi respiración. Pensé en la belleza, sólo en la belleza de esa planta, su geometría, su configuración natural, su afortunada presencia. El calor volvía a mi cuerpo y mis músculos se iban descongelando. Quizá habían transcurrido sólo unos diez minutos desde que dejé la cama pero a mí me parecían una eternidad. Si dejaba de mirar la planta, el frío y la sensación aérea regresaban como un látigo, así que me quedé ahí un buen rato. No supe en qué momento una criatura desconocida, que supuse era mi madre, se levantó al baño y me encontró descalzo, hipnotizado en la ventana. Me preguntó que qué me pasaba pero no contesté. Su somnolencia fue más profunda que sus ganas de insistir y me dejó en paz. Yo aún sentía que no podía pensar ni moverme con libertad y estuve ahí parado hasta el amanecer. Como era de esperarse, toda la mañana y la tarde la pasé mal por la falta de sueño y los recurrentes episodios de angustia que me provocaba recordar la madrugada.

Fueron días espantosos (trece para ser exactos) de constante temor y taquicardias por enloquecer, por convertirme en algo desconocido, alucinante, como el personaje del cuento que no sabía cómo acabaría y con el que estaba a todas luces obsesionado. El diagnóstico médico (sugerido por la obvia consternación de mis padres) concluyó que sufría de trastorno de ansiedad manifestado en crisis de angustia, auspiciadas en esa ocasión por el dolor de las preguntas que no tienen respuesta. Usual, nada que no hubiera sentido alguien a los 20 años; nada que no pudiera dispararse a esas edades, en esa situación. El cuento sólo había sido un detonador, un pretexto para preguntarme, para cuestionar el futuro, para ponerme a prueba, para desear saberlo todo, para enfrentar las incertidumbres. Caí en la cuenta de que muchas veces resulta pretencioso creer que sabemos de qué manera acabarán las cosas, o que tenemos una influencia total e indiscutible sobre ellas. Ninguna historia (real o ficticia) tiene obligación de cerrarse o redondearse y podría quedarse así, tan abierta como empezó, fomentando la ansiedad de los obsesivos. Cuando decidí volver a la computadora, después de muchos replanteos, las tres páginas del cuento a interlineado sencillo se redujeron a media cuartilla, sólo lo necesario, y así pudo acabar.

Aproximarnos a cualquier final es aproximarnos más a la incertidumbre de lo que viene que a la certidumbre de lo que fue. ¿Cómo empezar algo, cómo enfrentarlo? ¿Cómo terminar algo, cómo saber que llegó el momento? ¿Cómo saber lo que vendrá después? Las clásicas preguntas que podrían reventar el frasco de nitrógeno del pecho. Tal vez lo mejor sea sólo pensar en la belleza de aquella planta, en la belleza en general: el proceso de construcción de las cosas. El mismo fundamento que articula un árbol, articula un rostro, articula un lenguaje, articula un texto: unidad sobre unidad, partícula sobre partícula. Pensar en eso que nos aterrice para evitar lanzarnos al vacío. Como dice el poeta chileno Raúl Zurita, saber que “La vida es hermosa, incluso ahora”. Hasta el momento, ese anclaje tangible en el mundo me ha funcionado.

lunes, 26 de septiembre de 2016

Ánimos de conversación

Esta semana han sucedido varias cosas como para tener plena conciencia de ellas y, sobre todo, como para formar una opinión clara o al menos aproximada que valga la pena hacer pública. El movimiento de los días se ha pronunciado, no sólo en lo social (como es costumbre) sino también en lo personal. Sigo sin dejar de sorprenderme de la velocidad con que las cosas pueden cambiar sus polaridades: un día todo, al siguiente nada; un día nada, al siguiente todo.

Últimamente siento que tengo poco que decir pero también puede ser que siempre haya tenido poco que decir. La percepción es una ilusión. Tal vez esas cantidades no puedan medirse pero yo siento que sí, y creo que en mi caso ahora son pocas. Nada más terrible que verse reflejado en el posible estanque de la estupidez. Confieso que estos días he callado más de lo que he dicho y he sentido el peso de los silencios incómodos, la presión de los músculos invisibles del aire, hilos que pueden cortarse de un tajo y reventar como látigos en la cara. Algo se agolpa en mi lengua: una red que detiene mis palabras. No puedo poner demasiada resistencia, estoy sin atisbos de enlazarme a la comunicación, torpemente dando tumbos entre el tartamudeo de no poder concretar ciertas frases, de asentir o negar sin energía. Esto es algo que en verdad lamento y que no puedo bien a bien justificar.

Por ejemplo, hoy se cumple el segundo aniversario de la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, sin lograr aún la aplicación de justicia, teniendo los mismos sentimientos de expectativa y frustración. Ya no sé qué más se le puede agregar a lo que se ha dicho de mil maneras. Quería hacer alguna mención sobre ello pero no siempre hay que hablar y está claro que prefiero callar a decir cualquier desatino. También hoy es la noche del debate presidencial estadounidense (estamos a mes y medio de saber si Trump se joderá al mundo), en una realidad cada vez más desfigurada. Y hoy me doy cuenta (de nuevo) de que mi inestabilidad laboral ha tomado decisiones en contra de mis deseos. Es complejo concentrarse cuando cualquier pensamiento obsesivo taladra día y noche. La obsesión es un taladro. Uno puede darse cuenta fácilmente de eso cuando incluso los sueños comienzan a verse invadidos. En los sueños se mezclan y personifican las ansiedades. Los sueños son como una lupa o un microscopio; las pequeñas espinas pueden sentirse como verdaderas estacas. Y sí, efectivamente este párrafo no tiene mucha ilación.

En estos días sobre mi mesa hay muy poco. La caja de herramientas está vacía pero hay muchas preguntas incisivas que despliegan tentáculos. La libertad de moverse parece más un remolino que conduce al fondo de la incertidumbre: la libertad de decidir perderse para encontrarse uno mismo o para ya no volver a encontrarse porque la primera vez fue terrible. El blanco luminoso del vacío deslumbra, hace apartar la vista. La concentración se evapora. Hoy es difícil apresar con la punta de los dedos la más mínima chispa que active la comunicación. Dormito con los ojos abiertos. Hoy todo parece tan opaco como una pintura o un paisaje que se está difuminando.

lunes, 19 de septiembre de 2016

Extranjero perdido en el extranjero

Pongamos esta situación hipotética: un mexicano se declara disidente de su país: un mexicano se declara extranjero en México: un mexicano dice ya no sentir la identidad mexicana, nada que lo avale poseedor de tal excepto el acta de nacimiento: un mexicano sabe que nació en un país que quizá ya no existe: un mexicano se dice avergonzado de la situación nacional, quiere renunciar a lo irrenunciable: un mexicano, al que posiblemente se le da mejor decir que hacer, dice que no encaja en el perfil del mexicano aunque es obvio que varios vicios los ejemplifica (despotricar contra México es muy de mexicanos): en resumen, este mexicano es un mal mexicano. ¿En qué situación se colocaría con estas declaraciones? Declaraciones de desmarcación, de negación. ¿Son una descortesía? ¿Un atrevimiento? ¿Alguien podría sentirse injuriado? Creo que no. Sólo está el auto-destierro, el desfogue, la retirada huraña del que se va de la “fiesta” dando un portazo por cuenta propia sin que nadie se lo pida. Bueno, así me siento, así se siente gente cercana, comparto algunos de los arrebatos de este hipotético personaje.

Escribir estas líneas fue particularmente difícil, sobre todo porque mantener la víscera alejada me resulta casi como negar mi apreciación actual de la realidad. Hace unos días tuvieron lugar las celebraciones de “Independencia”, por ahora no estoy en México y podría justificar mi nula participación con la lejanía y la escasez de paisanos pero sería mentira porque sé que aun estando en México, en pleno Centro Histórico, no tendría nada que celebrar. No ahora. No sé qué tan hueco o cargado de sentido sea decir que “mi país no me representa” o decir incluso que ahora “no tengo país”, no sólo por no estar en él sino porque me niego a reconocerme en lo que se ha convertido, porque me siento ajeno en lo que alcanzo a ver. La decepción es un quiste.

Decidí salir de México y eventualmente regresaré porque así tiene que ser, por asuntos migratorios, familiares y porque allí están mis amigos, pero volvería a irme. Quizá siempre habré de irme y debo interiorizarlo, aunque en esencia, irse contiene la posibilidad de regresar y las posibilidades también se cotejan. Llevo algunos meses fuera y creo que he podido tomar una distancia que permite otros ángulos de visión, no más nítidos u opacos pero sí distintos. La epidermis de México luce folklórica y apetecible (por no flaquear con el adjetivo de pintoresca) como cubierta por una intriga en que no se sabe dónde termina el mito y dónde empieza la ardorosa realidad. Hay un encanto de lugar prohibido, de un lugar del que se habla con recato. También la distancia lo hace parecer un sólo sitio donde se concentra el sabido ‘cliché’ de la mexicanidad, si es que algo como eso es posible. Hablar de México no estando en México es resumir en el discurso un sólo ente porque sería interminable detallar cada una de las distintas costumbres y territorios (me he sorprendido de que muy poca gente sabe que está dividido en estados); por eso, es inevitable que México se unifique en el pensamiento y de pronto sea, a secas, un sólo lugar en el lenguaje: México, amalgama indefinible de significados.

No aguanto el nacionalismo vacío, sobre todo cuando exalta una ruina que no termina de caer a pedazos. No soporto la promoción de modelos sociales que sólo funcionan en estructuras jerárquicas, arcaicas, piramidales. Por eso rechazo las fiestas patrias, porque lo único que celebro, de manera concreta, es la suerte de los paisajes, la comida, los amigos que allí he conocido, la familia que me ha tocado y, por supuesto, las culturas y tradiciones que no comenzaron en los amargos tiempos actuales. Para eso no tengo que sentirme patriota ni esperar por un día en específico. ¿Quién a estas alturas estaría orgulloso sin anteponer el enojo, el temor, la desesperanza, la brutal impotencia? Perdón, yo no puedo, mi orgullo no es tan grande ni tan miope. El país está agonizando mientras la gente agoniza al menos de dos maneras posibles: frente al televisor o con un tiro en medio de la carretera. Anestesia suministrada por medios locales: fin del pensamiento. En México la agonía se está volviendo una tradición.

No me reconozco en el país donde gobierna el cinismo al lado de la desigualdad y la enajenación. La vida sigue porque siempre debe seguir aunque se camine entre sangre, aunque se nade entre sangre, aunque nos ahoguemos en la sangre de otros, pero sin aceptar eso como la normalidad, sin apropiarnos de la pesadilla, porque el día en que esta realidad se asimile terminará de imponerse y el país entonces sí estará muerto. Reconocer mas no aceptar. Reconocer la violencia, identificarla, saber que está ahí pero no aceptarla, no apropiarla aunque sea parte del espacio vital. Mucho menos cubrirla con pirotecnia y mariachis. Aceptarla sería enfermar. México tiene la enfermedad del fuego, las llamas están bajo la carne, son interiores, carbonizan desde adentro, son letales. No puedo dejar de lado la víscera ni cerrar los ojos, no me siento perteneciente a lo que me rodea. No sé de qué manera meter las manos si he visto las manos de otros quemarse o removerse inútilmente en el fango. ¿Habrá que mirar con más detenimiento desde afuera? ¿Hay una respuesta en sentarse y observar de lejos, como tentando al vacío? Cada vez que experimento esa realidad me desconozco más en mí y en ella.

lunes, 12 de septiembre de 2016

Myd (cuento)

7...

En el kilómetro 366 de la carretera Ancient Park hay una roca volcánica junto al camino que marca una desviación de terracería. Después de andar por ella un par de horas en auto, aparece un gran arco también de roca que indica la llegada al pueblo de Myd.

6...

Totalmente alejado de cualquier urbanización, el pueblo de Myd se caracteriza por tener un parque central en el que hay una pirámide negra y metálica de unos treinta metros de altura. Los habitantes aseguran que ya estaba allí antes de que ellos llegaran hace más de un siglo y que de muchas maneras ha sido el pilar de su desarrollo, pues el pueblo la utilizó como centro exacto al momento de erigir las viviendas y trazar las calles de manera hexagonal.

5...

La pirámide es la fuente energética de todo el pueblo. Cada cierto tiempo emite impulsos eléctricos que los habitantes almacenan en rústicas ‘baterías’ hechas de metal que sujetan con alambres alrededor de la base. De igual modo, cuando las condiciones del clima se vuelven demasiado inclementes, la estructura cubre el área con emisiones de calor en el invierno o de vientos acondicionadores si las temperaturas se elevan demasiado. Por éste y más fenómenos, los pobladores instauraron en sus calendarios días de celebración a la pirámide en los que pasan las noches bebiendo, bailando y cantando, agradecidos por las bendiciones recibidas.

4...

La pirámide consta de una base de cuatro esquinas simétricas que surgen de la tierra y que conducen hasta la afilada punta. El cuerpo es de metal negro de apariencia brutalmente sólida. Por ningún lado se le notan uniones o remaches, lo que indica que es de una sola pieza, pero de vez en cuando, de alguna de sus paredes se desprende una especie de ‘escama’ metálica que los lugareños guardan y utilizan para la fabricación de herramientas y baterías. A pesar de eso, la pirámide no presenta daños ni rajaduras, como si ella misma se restaurara.

3...

A lo largo del tiempo, Myd desarrolló tecnologías en función a las cualidades de la pirámide: carretas autoimpulsadas, detectores de agua subterránea y de raíces comestibles, e incluso remedios medicinales hechos con la lluvia que escurre desde la punta de la estructura y que se guarda en frascos de madera tallada. La sociedad funciona como cualquier otra, añadiendo la despreocupación por la obtención de recursos energéticos.

2...

Ninguno de los habitantes ha cuestionado la procedencia de la pirámide, o eso fue lo que me dijeron cuando llegué por casualidad. Todos aseguran que les tiene sin cuidado su origen mientras siga funcionando como hasta la fecha. Sin embargo, veo algo en sus ojos, algo quizá parecido al temor. También dicen que nadie debe tocarla directamente con las manos o con cualquier parte del cuerpo por el riesgo latente de que se ‘active’ de pronto y los lastime.

1...

Hoy, tres meses después de mi primer viaje, me dirijo por segunda ocasión para estudiar más a fondo las características y peculiaridades de Myd. Llego a la seña de roca volcánica y horas después al arco que inaugura el pueblo. Bajo del Jeep y me interno en las calles que ahora están misteriosamente vacías. Aún no he visto a nadie. Algunas casas tienen las puertas y ventanas rotas o abiertas. Doy vuelta en la avenida principal en dirección al parque: con horror alcanzo a ver que la pirámide ha desaparecido. Avanzo más despacio y conforme me acerco veo que el terreno donde estaba está destruido. Me detengo. Hay algo que parece una figura humana totalmente desnuda en el centro del parque. Está de pie. Quiero dar media vuelta y no puedo, estoy congelado. La figura me ha visto y se aproxima a mí sin mover las piernas.

lunes, 5 de septiembre de 2016

Burning Man

1. Ignition

Tomar la carretera es el preámbulo. Vamos hacia el Burning Man en el desierto de Nevada. Será muy difícil describirlo porque algo así carece de descripción. Tomamos una arteria larguísima con la velocidad de la adrenalina en el sistema nervioso: una carretera que parte el desierto y que sólo existe en la imaginación. Una carretera es un espacio sin tiempo, cuando se atraviesa todo lo demás desaparece. Tú y la carretera. Nosotros y la carretera. La imagen al frente se repite en el retrovisor. Sólo existe la música saliendo de la radio. Sólo existe el calor y las tolvaneras. Nunca estaremos más cerca de ser una bala. El polvo se levanta tras el auto como una estela de oro y el sol rebota en los lentes oscuros. Nos miramos a través del anonimato de esos lentes. El polvo sigue acelerando y el auto se traga las líneas del pavimento como se traga los cientos de kilómetros que dejamos atrás. La carretera es la superficie traspasada por nuestro filo, la dejamos abierta como una herida partiendo a la mitad los campos y las montañas. Somos el proyectil separando trozos de tierra. Así también se arrancan cosas de nosotros que no necesitamos. Cada kilómetro recorrido es una limpieza del cuerpo. Vamos con ansiedad hacia el polvo al que pertenecemos. Una experiencia como ésta removerá las fibras aletargadas, así tendrá que ser. El Burning Man llega en el momento preciso, en la hora exacta de quemar el cuerpo en el festival más grande del mundo. Hora de enfrentarse al poder del desierto, al reto de las tormentas de arena y del polvo alcalino. Tomar las maletas para irse al fuego. Black Rock City espera: la gran ciudad en forma de ‘C’ que tiene la fuerza de atracción de un pequeño sistema solar, un agujero negro frente a las montañas, una fuerza de gravedad hacia la que ya vamos. Debo repetirlo varias veces para sentirlo real. Al Burning Man no se llega, se aterriza. Estamos en la vía de la elevación. El Burning Man, por erigirse como una flor en el desierto, llama a la congregación de la misma manera que la vida nos llama.

2. Burn

Es increíble darse cuenta de todas las cosas que convergen en el festival todos los años, los últimos días de agosto. Siete días en el desierto entre el fuego y la música. Purificación y pirotecnia. Sentir la inmensidad del desierto habitado y habitable. Confiar en el polvo y entregarse a él. In dust we trust. Eso es lo que ocurre cuando se transpira el baile a altas horas de la noche, entre luces de neón y máscaras. Comienza el Burning Man. No es posible describir nada. Estamos inmersos en la arena, en la fuerza de los ventarrones. Paisajes surrealistas como espejismos. Estos son los mecanismos de sorpresa de la lógica fragmentándose. Polvo retando a la piel en el centro de Black Rock City como en un sueño: esa ciudad que tantas veces pareció tan lejana. Partícula giratoria de un inmenso reloj de sol y sombras. La escultura del hombre ardiente se levanta ante todos como el eje, como la fuerza de atracción. Los campamentos se erigen poblando lo impredecible. Nos vamos a quemar y de eso se trata en este horno. Compartir y ser comunidad. La barrera del lenguaje verbal deja de existir porque en lo corporal todos nos entendemos. En el Burning Man, la dialéctica del arte tiene un doble sentido: nada es lo que parece o todo es exactamente lo que parece. Supervivencia a los altos estímulos porque nada está quieto ni en silencio. Es la colonización de la fantasía: ciudad eléctrica que no para su emisión de luces y ruido y carcajadas. Peatones sonámbulos con los nervios al filo del vórtice. Retórica del paisaje, retórica del hábitat. Una ciudad desplegada como un abanico. ¿Cómo se erige una ciudad así tan grande, diseñada bajo la simetría natural del eco? La ciudad se erige porque es necesario erigirla, porque se necesita entre la nada. Una neurona temporal del planeta. La ciudad de los sismos. Una cicatriz luminiscente y musical, una hondonada de abstracción y engranes.

3. Explosion

Todo tiene un trasfondo que no vemos, una puerta trasera, pero en ciertas circunstancias eso se hace visible y sorprendente. En ambientes limítrofes las cosas se desdoblan, pierden capas de censura. La interpretación se mueve de lugar y permite otros acercamientos. Es complejo enfrentarse a lo nuevo. Es complejo pensar mientras hay exposición a estímulos intensísimos. En ese caso, es mejor ser torrente o partícula que se deja arrastrar y refrescar por el río. No siempre son visibles las puertas traseras, no siempre se puede estar tras las bambalinas de la interpretación. Hablo desde el margen de los márgenes. La emoción se desborda en esta atmósfera festiva y es difícil concentrarse, asirse a la objetividad. Sin embargo, las puertas traseras están abriéndose, permitiendo echar una mirada furtiva hacia adentro: lo que encuentro es distinto e incomprensible. Lo único que puedo escuchar es la música, y adentro de mí, más música y destellos de la noche artificial. Hay cosas que no son compatibles con el lenguaje de la escritura y lo único que puede abordarlas es el lenguaje del cuerpo en carne viva y gotas de sudor. Hay lenguajes que no pasan por análisis o al menos no lo hacen mientras los estímulos suceden. Hay lenguajes que sólo pueden interpretarse cuando se desentierran y desentrañan. En la maraña de estímulos, los discursos se unifican y son como un grito de éxtasis.

4. Ashes

Escenas de amplio espectro, de efecto secundario, de acción retardada: conducción en el desierto, perseguir en bicicleta a un gigantesco auto cubierto de luces y rodeado de otras bicicletas, sintiendo la música proyectada desde las múltiples bocinas, esquivando las dunas, seguirlo hasta detenernos y bailar en torno a él como si fuera un tótem, como si toda la noche fuera un ritual, y en definitiva lo es. El espectro del Burning Man seguirá presente sin diluir su energía. Su presencia rebasa el tiempo y los kilómetros. Sus ondas regresan con tan sólo pensar en él unos segundos. Mientras más pasan los días su huella se hace más profunda. Tal vez lo que viví en esos momentos fue interpretado por mis sentidos como un sueño y ahora que se han dado cuenta de que todo fue real despiertan sobreestimulados por la sorpresa. Tengo en la piel la sensación del polvo caliente. La intensidad fue tanta que dejó secuelas afortunadas. El desierto demanda, no quiere alejarnos, sus tentáculos son las resonancias. Si ni siquiera he podido quitar los restos de polvo de mis botas, ¿cómo pienso quitarlos ya de adentro de mi pecho?

Página del festival: burningman.org