lunes, 19 de septiembre de 2016

Extranjero perdido en el extranjero

Pongamos esta situación hipotética: un mexicano se declara disidente de su país: un mexicano se declara extranjero en México: un mexicano dice ya no sentir la identidad mexicana, nada que lo avale poseedor de tal excepto el acta de nacimiento: un mexicano sabe que nació en un país que quizá ya no existe: un mexicano se dice avergonzado de la situación nacional, quiere renunciar a lo irrenunciable: un mexicano, al que posiblemente se le da mejor decir que hacer, dice que no encaja en el perfil del mexicano aunque es obvio que varios vicios los ejemplifica (despotricar contra México es muy de mexicanos): en resumen, este mexicano es un mal mexicano. ¿En qué situación se colocaría con estas declaraciones? Declaraciones de desmarcación, de negación. ¿Son una descortesía? ¿Un atrevimiento? ¿Alguien podría sentirse injuriado? Creo que no. Sólo está el auto-destierro, el desfogue, la retirada huraña del que se va de la “fiesta” dando un portazo por cuenta propia sin que nadie se lo pida. Bueno, así me siento, así se siente gente cercana, comparto algunos de los arrebatos de este hipotético personaje.

Escribir estas líneas fue particularmente difícil, sobre todo porque mantener la víscera alejada me resulta casi como negar mi apreciación actual de la realidad. Hace unos días tuvieron lugar las celebraciones de “Independencia”, por ahora no estoy en México y podría justificar mi nula participación con la lejanía y la escasez de paisanos pero sería mentira porque sé que aun estando en México, en pleno Centro Histórico, no tendría nada que celebrar. No ahora. No sé qué tan hueco o cargado de sentido sea decir que “mi país no me representa” o decir incluso que ahora “no tengo país”, no sólo por no estar en él sino porque me niego a reconocerme en lo que se ha convertido, porque me siento ajeno en lo que alcanzo a ver. La decepción es un quiste.

Decidí salir de México y eventualmente regresaré porque así tiene que ser, por asuntos migratorios, familiares y porque allí están mis amigos, pero volvería a irme. Quizá siempre habré de irme y debo interiorizarlo, aunque en esencia, irse contiene la posibilidad de regresar y las posibilidades también se cotejan. Llevo algunos meses fuera y creo que he podido tomar una distancia que permite otros ángulos de visión, no más nítidos u opacos pero sí distintos. La epidermis de México luce folklórica y apetecible (por no flaquear con el adjetivo de pintoresca) como cubierta por una intriga en que no se sabe dónde termina el mito y dónde empieza la ardorosa realidad. Hay un encanto de lugar prohibido, de un lugar del que se habla con recato. También la distancia lo hace parecer un sólo sitio donde se concentra el sabido ‘cliché’ de la mexicanidad, si es que algo como eso es posible. Hablar de México no estando en México es resumir en el discurso un sólo ente porque sería interminable detallar cada una de las distintas costumbres y territorios (me he sorprendido de que muy poca gente sabe que está dividido en estados); por eso, es inevitable que México se unifique en el pensamiento y de pronto sea, a secas, un sólo lugar en el lenguaje: México, amalgama indefinible de significados.

No aguanto el nacionalismo vacío, sobre todo cuando exalta una ruina que no termina de caer a pedazos. No soporto la promoción de modelos sociales que sólo funcionan en estructuras jerárquicas, arcaicas, piramidales. Por eso rechazo las fiestas patrias, porque lo único que celebro, de manera concreta, es la suerte de los paisajes, la comida, los amigos que allí he conocido, la familia que me ha tocado y, por supuesto, las culturas y tradiciones que no comenzaron en los amargos tiempos actuales. Para eso no tengo que sentirme patriota ni esperar por un día en específico. ¿Quién a estas alturas estaría orgulloso sin anteponer el enojo, el temor, la desesperanza, la brutal impotencia? Perdón, yo no puedo, mi orgullo no es tan grande ni tan miope. El país está agonizando mientras la gente agoniza al menos de dos maneras posibles: frente al televisor o con un tiro en medio de la carretera. Anestesia suministrada por medios locales: fin del pensamiento. En México la agonía se está volviendo una tradición.

No me reconozco en el país donde gobierna el cinismo al lado de la desigualdad y la enajenación. La vida sigue porque siempre debe seguir aunque se camine entre sangre, aunque se nade entre sangre, aunque nos ahoguemos en la sangre de otros, pero sin aceptar eso como la normalidad, sin apropiarnos de la pesadilla, porque el día en que esta realidad se asimile terminará de imponerse y el país entonces sí estará muerto. Reconocer mas no aceptar. Reconocer la violencia, identificarla, saber que está ahí pero no aceptarla, no apropiarla aunque sea parte del espacio vital. Mucho menos cubrirla con pirotecnia y mariachis. Aceptarla sería enfermar. México tiene la enfermedad del fuego, las llamas están bajo la carne, son interiores, carbonizan desde adentro, son letales. No puedo dejar de lado la víscera ni cerrar los ojos, no me siento perteneciente a lo que me rodea. No sé de qué manera meter las manos si he visto las manos de otros quemarse o removerse inútilmente en el fango. ¿Habrá que mirar con más detenimiento desde afuera? ¿Hay una respuesta en sentarse y observar de lejos, como tentando al vacío? Cada vez que experimento esa realidad me desconozco más en mí y en ella.

lunes, 12 de septiembre de 2016

Myd

7...

En el kilómetro 366 de la carretera Ancient Park hay una roca volcánica junto al camino que marca una desviación de terracería. Después de andar por ella un par de horas en auto, aparece un gran arco también de roca que indica la llegada al pueblo de Myd.

6...

Totalmente alejado de cualquier urbanización, el pueblo de Myd se caracteriza por tener un parque central en el que hay una pirámide negra y metálica de unos treinta metros de altura. Los habitantes aseguran que ya estaba allí antes de que ellos llegaran hace más de un siglo y que de muchas maneras ha sido el pilar de su desarrollo, pues el pueblo la utilizó como centro exacto al momento de erigir las viviendas y trazar las calles de manera hexagonal.

5...

La pirámide es la fuente energética de todo el pueblo. Cada cierto tiempo emite impulsos eléctricos que los habitantes almacenan en rústicas ‘baterías’ hechas de metal que sujetan con alambres alrededor de la base. De igual modo, cuando las condiciones del clima se vuelven demasiado inclementes, la estructura cubre el área con emisiones de calor en el invierno o de vientos acondicionadores si las temperaturas se elevan demasiado. Por éste y más fenómenos, los pobladores instauraron en sus calendarios días de celebración a la pirámide en los que pasan las noches bebiendo, bailando y cantando, agradecidos por las bendiciones recibidas.

4...

La pirámide consta de una base de cuatro esquinas simétricas que surgen de la tierra y que conducen hasta la afilada punta. El cuerpo es de metal negro de apariencia brutalmente sólida. Por ningún lado se le notan uniones o remaches, lo que indica que es de una sola pieza, pero de vez en cuando, de alguna de sus paredes se desprende una especie de ‘escama’ metálica que los lugareños guardan y utilizan para la fabricación de herramientas y baterías. A pesar de eso, la pirámide no presenta daños ni rajaduras, como si ella misma se restaurara.

3...

A lo largo del tiempo, Myd desarrolló tecnologías en función a las cualidades de la pirámide: carretas autoimpulsadas, detectores de agua subterránea y de raíces comestibles, e incluso remedios medicinales hechos con la lluvia que escurre desde la punta de la estructura y que se guarda en frascos de madera tallada. La sociedad funciona como cualquier otra, añadiendo la despreocupación por la obtención de recursos energéticos.

2...

Ninguno de los habitantes ha cuestionado la procedencia de la pirámide, o eso fue lo que me dijeron cuando llegué por casualidad. Todos aseguran que les tiene sin cuidado su origen mientras siga funcionando como hasta la fecha. Sin embargo, veo algo en sus ojos, algo quizá parecido al temor. También dicen que nadie debe tocarla directamente con las manos o con cualquier parte del cuerpo por el riesgo latente de que se ‘active’ de pronto y los lastime.

1...

Hoy, tres meses después de mi primer viaje, me dirijo por segunda ocasión para estudiar más a fondo las características y peculiaridades de Myd. Llego a la seña de roca volcánica y horas después al arco que inaugura el pueblo. Bajo del Jeep y me interno en las calles que ahora están misteriosamente vacías. Aún no he visto a nadie. Algunas casas tienen las puertas y ventanas rotas o abiertas. Doy vuelta en la avenida principal en dirección al parque: con horror alcanzo a ver que la pirámide ha desaparecido. Avanzo más despacio y conforme me acerco veo que el terreno donde estaba está destruido. Me detengo. Hay algo que parece una figura humana totalmente desnuda en el centro del parque. Está de pie. Quiero dar media vuelta y no puedo, estoy congelado. La figura me ha visto y se aproxima a mí sin mover las piernas.

lunes, 5 de septiembre de 2016

Burning Man

1. Ignition

Tomar la carretera es el preámbulo. Vamos hacia el Burning Man en el desierto de Nevada. Será muy difícil describirlo porque algo así carece de descripción. Tomamos una arteria larguísima con la velocidad de la adrenalina en el sistema nervioso: una carretera que parte el desierto y que sólo existe en la imaginación. Una carretera es un espacio sin tiempo, cuando se atraviesa todo lo demás desaparece. Tú y la carretera. Nosotros y la carretera. La imagen al frente se repite en el retrovisor. Sólo existe la música saliendo de la radio. Sólo existe el calor y las tolvaneras. Nunca estaremos más cerca de ser una bala. El polvo se levanta tras el auto como una estela de oro y el sol rebota en los lentes oscuros. Nos miramos a través del anonimato de esos lentes. El polvo sigue acelerando y el auto se traga las líneas del pavimento como se traga los cientos de kilómetros que dejamos atrás. La carretera es la superficie traspasada por nuestro filo, la dejamos abierta como una herida partiendo a la mitad los campos y las montañas. Somos el proyectil separando trozos de tierra. Así también se arrancan cosas de nosotros que no necesitamos. Cada kilómetro recorrido es una limpieza del cuerpo. Vamos con ansiedad hacia el polvo al que pertenecemos. Una experiencia como ésta removerá las fibras aletargadas, así tendrá que ser. El Burning Man llega en el momento preciso, en la hora exacta de quemar el cuerpo en el festival más grande del mundo. Hora de enfrentarse al poder del desierto, al reto de las tormentas de arena y del polvo alcalino. Tomar las maletas para irse al fuego. Black Rock City espera: la gran ciudad en forma de ‘C’ que tiene la fuerza de atracción de un pequeño sistema solar, un agujero negro frente a las montañas, una fuerza de gravedad hacia la que ya vamos. Debo repetirlo varias veces para sentirlo real. Al Burning Man no se llega, se aterriza. Estamos en la vía de la elevación. El Burning Man, por erigirse como una flor en el desierto, llama a la congregación de la misma manera que la vida nos llama.

2. Burn

Es increíble darse cuenta de todas las cosas que convergen en el festival todos los años, los últimos días de agosto. Siete días en el desierto entre el fuego y la música. Purificación y pirotecnia. Sentir la inmensidad del desierto habitado y habitable. Confiar en el polvo y entregarse a él. In dust we trust. Eso es lo que ocurre cuando se transpira el baile a altas horas de la noche, entre luces de neón y máscaras. Comienza el Burning Man. No es posible describir nada. Estamos inmersos en la arena, en la fuerza de los ventarrones. Paisajes surrealistas como espejismos. Estos son los mecanismos de sorpresa de la lógica fragmentándose. Polvo retando a la piel en el centro de Black Rock City como en un sueño: esa ciudad que tantas veces pareció tan lejana. Partícula giratoria de un inmenso reloj de sol y sombras. La escultura del hombre ardiente se levanta ante todos como el eje, como la fuerza de atracción. Los campamentos se erigen poblando lo impredecible. Nos vamos a quemar y de eso se trata en este horno. Compartir y ser comunidad. La barrera del lenguaje verbal deja de existir porque en lo corporal todos nos entendemos. En el Burning Man, la dialéctica del arte tiene un doble sentido: nada es lo que parece o todo es exactamente lo que parece. Supervivencia a los altos estímulos porque nada está quieto ni en silencio. Es la colonización de la fantasía: ciudad eléctrica que no para su emisión de luces y ruido y carcajadas. Peatones sonámbulos con los nervios al filo del vórtice. Retórica del paisaje, retórica del hábitat. Una ciudad desplegada como un abanico. ¿Cómo se erige una ciudad así tan grande, diseñada bajo la simetría natural del eco? La ciudad se erige porque es necesario erigirla, porque se necesita entre la nada. Una neurona temporal del planeta. La ciudad de los sismos. Una cicatriz luminiscente y musical, una hondonada de abstracción y engranes.

3. Explosion

Todo tiene un trasfondo que no vemos, una puerta trasera, pero en ciertas circunstancias eso se hace visible y sorprendente. En ambientes limítrofes las cosas se desdoblan, pierden capas de censura. La interpretación se mueve de lugar y permite otros acercamientos. Es complejo enfrentarse a lo nuevo. Es complejo pensar mientras hay exposición a estímulos intensísimos. En ese caso, es mejor ser torrente o partícula que se deja arrastrar y refrescar por el río. No siempre son visibles las puertas traseras, no siempre se puede estar tras las bambalinas de la interpretación. Hablo desde el margen de los márgenes. La emoción se desborda en esta atmósfera festiva y es difícil concentrarse, asirse a la objetividad. Sin embargo, las puertas traseras están abriéndose, permitiendo echar una mirada furtiva hacia adentro: lo que encuentro es distinto e incomprensible. Lo único que puedo escuchar es la música, y adentro de mí, más música y destellos de la noche artificial. Hay cosas que no son compatibles con el lenguaje de la escritura y lo único que puede abordarlas es el lenguaje del cuerpo en carne viva y gotas de sudor. Hay lenguajes que no pasan por análisis o al menos no lo hacen mientras los estímulos suceden. Hay lenguajes que sólo pueden interpretarse cuando se desentierran y desentrañan. En la maraña de estímulos, los discursos se unifican y son como un grito de éxtasis.

4. Ashes

Escenas de amplio espectro, de efecto secundario, de acción retardada: conducción en el desierto, perseguir en bicicleta a un gigantesco auto cubierto de luces y rodeado de otras bicicletas, sintiendo la música proyectada desde las múltiples bocinas, esquivando las dunas, seguirlo hasta detenernos y bailar en torno a él como si fuera un tótem, como si toda la noche fuera un ritual, y en definitiva lo es. El espectro del Burning Man seguirá presente sin diluir su energía. Su presencia rebasa el tiempo y los kilómetros. Sus ondas regresan con tan sólo pensar en él unos segundos. Mientras más pasan los días su huella se hace más profunda. Tal vez lo que viví en esos momentos fue interpretado por mis sentidos como un sueño y ahora que se han dado cuenta de que todo fue real despiertan sobreestimulados por la sorpresa. Tengo en la piel la sensación del polvo caliente. La intensidad fue tanta que dejó secuelas afortunadas. El desierto demanda, no quiere alejarnos, sus tentáculos son las resonancias. Si ni siquiera he podido quitar los restos de polvo de mis botas, ¿cómo pienso quitarlos ya de adentro de mi pecho?

Página del festival: burningman.org