lunes, 26 de junio de 2017

Apuntes sobre la música

La música es algo de primera necesidad para mí. Me es muy difícil tener periodos largos sin música durante el día. Las veces en que llego a olvidar mis audífonos o se me acaba la batería o me quedo sin datos o conexión a Internet me siento ansioso y vulnerable, como si me faltaran medicamentos, una dosis de insulina, un anticonvulsivo, un inhalador para el asma o cualquier otra sustancia vital. Sin música viene el extravío. Incluso a veces no puedo detenerme y llego tarde a las citas por quedarme escuchando “la última canción” que al final terminan siendo cuatro o cinco o seis. No hay viaje ni trayecto sin música. Escucharla me permite ordenar mis pensamientos y comprenderlos gradualmente. Gracias a ella puedo ver imágenes, soñar despierto, emocionarme. La música estabiliza la presión arterial, sincroniza los ritmos del cuerpo: respiración, latidos, flujos, movimiento. La música, en general para cualquier adicto a ella como yo, se toca sobre el pentagrama nervioso.

Alguna vez leí en algún sitio que escuchamos música para regular nuestros estados de ánimo. Esa revelación me hizo ver a la música como un vehículo de sanación por todos los ángulos. Pienso que muchos conflictos personales parten de una desestabilización de los estados anímicos y es ésta la que muchas veces, dependiendo su intensidad, puede extenderse hasta el terreno social propiciando conflictos sociales. Entonces, la música también podría ser una medicina social. Creo que no es tan descabellado pensar que la música va a salvarnos a todos. Sin ella ya nos habríamos aniquilado por completo.

La música equilibra, es un instrumento de manipulación y de trance. Cuando las cosas giran (bailan) en torno a ella nada puede salir mal o al menos el mal no se sentirá tan grande. La música es espora, hay que confiar en su poder propagatorio, viral en muchísimos instantes. La construcción musical es algo afortunado, es sintonía y sincronía: un sonido que antes no estaba junto a otro junto a otro junto a otro. Paisajes sonoros que se entretejen con el ánimo. También por eso, los músicos son personas poderosísimas.

A veces el acto de recordar algo es mucho más vívido que otras. A veces los recuerdos traen consigo estados de ánimo y eso es a lo más que puede aspirar un recuerdo: llamar a la fibra de la experiencia. La música es una de las herramientas más efectivas para hacerlo, por eso resulta práctico estar rodeado de ella ya que así se pueden empatar las experiencias con un respectivo soundtrack generado poco a poco, conforme pasan el tiempo, los eventos y las canciones. El recuerdo se transforma en sombra pero no en su acepción nebulosa sino en la forma de silueta. El tiempo pasado se materializa como un cuerpo y al cerrar los ojos casi puede sentirse su plena presencia. La música es una máquina del tiempo. De pronto el recuerdo ya está ahí instalándose con toda su atmósfera de ánimos. Llegan como olas inesperadas y también a veces, muchas veces, pueden ser incómodos: es una lástima cuando se deben dejar de escuchar buenas canciones con tal de evitar evocaciones tristes o desgraciadas.

La vida se puede medir en soundtracks. Cada escena cotidiana puede acompañarse de música y cuando eso ocurre las experiencias se empalman, crean un nuevo nivel en la memoria que aglutinará evento y sonido en un sólo recuerdo. Es decir que después una canción evocará momentos específicos. Cuando hay muchos momentos significativos en la vida de alguien que tuvieron música cerca, se habrá creado un soundtrack identificable y manipulable. El soundtrack es una forma de medir la historia y de consolidarla.

Al rememorar el pasado no sólo se tiene constancia de lo vivido, también pueden repasarse eventos que marcaron etapas y que son un pilar en la construcción de nuestras identidades. Quien ha podido medir su vida en soundtracks tiene una oportunidad de dejarse constancia, de reconocer su pasado emotivo y permitir a la música ser un catalizador de su historia, una extensión etérea de su cuerpo sensible.

lunes, 19 de junio de 2017

Sueños V

Lado A

Mi padre está vivo, pero sigue en el hospital. El hospital parece más una prisión y los médicos son militares con batas blancas, hostiles y armados. Cientos de máquinas y medidores cardíacos rodean las camas de las habitaciones; los pulsos arrítmicos y electrónicos de esos aparatos son lo único que puede escucharse, además de algunos lamentos moribundos. Mi padre ya se ve saludable y quiere salir de ahí desesperadamente pero se lo prohíben. Nos pide ayuda a toda la familia y organiza un plan que traza en pedazos de papel y servilletas que oculta entre las sábanas de la vista de los médicos militares. El plan incluye robar una llave para conseguir uniformes y credenciales de acceso para que todos pasemos desapercibidos. Somos más de 30 personas intentando liberar a mi padre que nos comanda mediante un radio desde su habitación. La operación encubierta se desarrolla en la noche; entramos sigilosos al almacén de uniformes y nos cambiamos de ropa; completamos nuestro arsenal con linternas, radios, cuerdas y baterías de emergencia para celulares. Los pasillos del hospital son inmensos y se bifurcan cada tantos metros. Somos 30 personas que poco a poco se dividen en pequeños grupos según las instrucciones del plan hasta que abarcamos las instalaciones. Yo voy en el primer grupo con mi madre, mi primo J y alguien que no alcanzo a reconocer. Llegamos a la habitación de mi padre que nos espera haciéndose el dormido porque, al parecer, ya todo el personal se ha dado cuenta de la operación y las cámaras están vigilando. Desconectamos sin dolor todas sus sondas, su electrocardiograma, su oxígeno, sus sueros: son decenas de cables. Él se ve mejor que nunca pero también está nervioso, pues falta el trayecto a la salida. Decidimos que sea mi primo J quien lo escolte hasta allá mientras mi madre y yo permanecemos en la habitación para hacer frente a cualquier médico hostil; la otra persona que nos acompaña ha desaparecido. Se escucha agitación dentro del hospital, sirenas, gritos, quizá algunas detonaciones, han cortado la luz y mi madre y yo estamos tras la puerta dispuestos a todo. Constantemente nos monitoreamos por los radios y algunos minutos después J se comunica diciendo que mi padre ha logrado salir, que está justo bajo la ventana de la habitación y que necesito arrojarle por ella su ropa y una maleta. Me da tanta emoción que no lo pienso y prefiero aventarme con todo y cosas a pesar de que estamos a más de 10 pisos de altura, en una noche cerrada. La caída no produce vértigo ni duele. Ya de frente a mi padre le doy la maleta y la ropa (él aún sigue casi desnudo, sólo con una bata minúscula) y noto que estamos rodeados de árboles. Por el radio me llegan sonidos violentos del hospital y se alcanzan a ver a la distancia las luces de las patrullas. Le pregunto que qué hará y me dice que por unos días deberá esconderse lejos hasta que dejen de buscarlo y que después llegará a casa. En el bolsillo traigo un GPS y se lo entrego para que sea más fácil encontrar el camino pero cuando lo miramos, descubrimos que la pantalla está inservible y nos reímos aunque yo estoy preocupado. Miro su rostro, tiene menos cabello, menos arrugas y parece que no es él, pero sí es él. Me da las gracias y se interna en un sendero entre los arbustos. Por un momento que siento infinito todo se queda en silencio hasta que una abrupta interferencia en la radio me hace despertar.

Lado B

Mi padre está vivo y encontró el camino de vuelta a casa.

Ojalá esto no fuera un sueño.

lunes, 12 de junio de 2017

De la libreta sobre la libreta

1)

De pronto, por diversas circunstancias, comencé a llenarme de libretas que me han regalado o que he conseguido. Ahora tengo algunas de características muy diferentes, sus tamaños y texturas varían pero todas comparten el elemento que más valoro: hojas blancas, sin guía o delimitación. La anatomía de una libreta indirectamente condiciona la forma en que escribiremos en ella; por lo general, el tamaño podría sugerir una prosa fluida o versificaciones cortadas, dependiendo de las palabras que se ajusten por línea; la firmeza y superficie de la pasta podría sugerirnos una libreta de uso rudo, para llevar en la mochila a donde sea, a prueba de todo, o una hogareña y habrá de esperar sobre la mesa de centro o junto a la cama; el hecho de que quepa en el bolsillo del pantalón también dirá mucho de lo que podría contener debido a su velocidad de reacción, de "desenvaine", de ser "la libreta más rápida del oeste", bitácora.

La manera en que una libreta llega a nosotros da pistas de lo que podrá ofrecernos: si vamos al centro comercial para comprarla, sin duda escogeríamos aquella que se ajusta a nuestras necesidades, su objetivo está casi previsto y planeado; recibirla de obsequio incluye siempre el mensaje implícito de “ponte a escribir” o “sigue escribiendo” y no sé cómo pueda agradecerse tal depósito de confianza; y encontrarse una libreta nueva sería de lo más extraño pero si ocurre, sólo por hacer justicia al buen karma habríamos de llenarla de inmediato con lo primero que nos venga a la mente. Después de estos datos curiosos, es obvio que mi fetichismo por ellas es de magnitudes considerables.

2)

La lluvia intensa de esta semana (aunada a mi descuido de dejar ventanas abiertas) hizo que una de mis libretas se mojara. Al principio me escandalicé pero después de pensarlo (y tratar de darme un resignado consuelo) noté que eso le dio cierta naturalidad y desenfado a lo que estaba escrito: lo aterrizó en la realidad pura y concreta lejos del mundo impoluto de las ideas. La tinta se corrió hacia las esquinas y algunas líneas desaparecieron y eso me hizo pensar en la vulnerabilidad e impermanencia de las cosas, pero sobre todo, de las palabras que se jactan de trascender en el tiempo. ¿Realmente lo hacen? El hecho de que esos textos corrieran el riesgo de desaparecer les quitó un peso innecesario y vanidoso que muchas veces, sin notarlo, me acartonaba. Así, saber que nada permanece y que incluso la preocupación y el dolor también pueden irse, como todo en la vida, es una gran esperanza.

Después del incidente garabateo en ella con más tranquilidad y creo que de una manera más libre. El efecto de las hojas arrugadas está en un punto intermedio entre la piel y la madera, materia orgánica, y hace notar que por ahí también pasa el tiempo y que la escritura no está encapsulada, sino al contrario, inmersa en una profunda e impredecible vitalidad. Eso rectifica que la escritura es real y así como interpreta y modifica al mundo, éste también puede hacerlo con ella. El texto se lee y se deslava; el recipiente en que mejor puede conservarse y perdurar es en el cuerpo y la memoria hasta que eventualmente se extingan; la "amenaza" de su finitud me hizo verlo menos avasallante, con mayor espacio de respiración. Evidenciar la fragilidad de los objetos es el camino más inmediato para reubicarnos en el mundo material y reconocer que, junto con ellos, pertenecemos a la misma escala de valores mortales. En un plano estrictamente existencial, quizá nada es superior a nada, ni siquiera el dolor.

lunes, 5 de junio de 2017

Domingos de cine

El domingo es el peor día para estar solo. En domingo nada sucede. Los domingos el silencio es un enjambre de abejas, la calma no es calma, es pausa, realidad detenida en un salto forzado. Descansar en domingo muchas veces no es descansar, es aburrirse y sólo puede descansarse cuando se comparte la cama. Se edifican las murallas en domingo. Todo se aletarga, es el punto y aparte de los días, el salto de párrafo, el limbo en la narrativa semanal, el momento de duda, de mordisquear el lápiz. Tomar siestas en domingo es sumirse en una dimensión repetitiva. La realidad se confunde con el sueño y la somnolencia se traslada a nuevos puntos de la tarde. Tomar una siesta en domingo es filtrar el cansancio por una gotera del sueño. En el fondo de los lagos es domingo siempre. Todas las fotografías en sepia son domingos. Si alguien muere en domingo nos enteramos hasta el lunes. Pero eso sí, y de esto no hay duda, el domingo es el mejor día para ir al cine en solitario o mirar una película de Netflix acompañados en casa.

Ver películas en casa y en pareja es un acto de comunión donde la comunicación ocurre al mirar la pantalla a sabiendas de que el otro ve lo mismo y por lo tanto hay conexión. Si alguno de los dos se levanta sin aviso e interrumpe esa atmósfera de intuiciones sería algo irresponsable; obviamente se puede poner pausa y no hay problema pero si de pronto la otra persona pide que continuemos sin ella entonces todo cambia, se evidencia que también sería capaz de continuar sin nosotros. En las salas de cine esto no es así, su intención es hacer comunidad a pesar de la cierta privacidad con que se ven ciertas películas. Antes de trasladarse a los hogares, el cine siempre fue comunitario, proyectado en una sala llena de gente que se acompañaba mas no se interfería. El espectador junto a nosotros disfruta con lo mismo y entonces hay complicidad. El que nos deja viendo la película solos rechaza ser nuestro cómplice.

Por otra parte, ver una película en soledad es más parecido a leer un libro: se empieza y se termina a solas como un trance personal. El cine es el lugar donde se unen las coyunturas del tiempo. El cine puede reparar la soledad. El cine es un lugar para estar en silencio y comer palomitas; un lugar para aislarse momentáneamente en el anonimato: pequeño espacio desde donde se es testigo, vouyerista, crítico de sobremesa y hasta fisgón. Después de terminada la película uno regresa a la descarnada realidad. Con el encendido de las luces la ilusión desaparece. El lobby de los cines podría ser más amable con esa transición, estar a media luz e irse iluminando gradualmente conforme uno se aproxima a la salida, disimular el afuera donde los sonidos se vayan insertando con suavidad para no reintroducirnos tan de tajo en el mundo, pero no es así. En el lobby ya está previsto todo el caos de las filas, de los videojuegos y de las compras apresuradas. En los domingos de cine se juntan dos saltos temporales para intentar alzar un puente. Dos dimensiones separadas por una membrana de proyección, una pantalla.

lunes, 29 de mayo de 2017

Había una vez un marzo

Comienza algo y nadie sabe lo que pasará después. Nos estamos traduciendo, interpretando, indagando en lo que queremos decir. Ella es hoy. La miro y mi respiración tiembla. Las palabras se esconden en el fondo de mi pecho, son aliento entrecortado. Hay cosas que no puedo expresar. Nadie sospecha lo que habrá de venir. El encuentro sucedió contra todo pronóstico y el futuro quedó inmediatamente sembrado. Estamos aquí, pasó lo que tenía que pasar. Ella está abriéndose paso. Está besando y mordiendo mi corazón. Va a llevarme a algún lugar que no conozco y yo también me estoy abriendo paso en ella. Me está probando.      Es mi reto.      La explosión hirviente de mi sangre.      El colapso de espinas.      Es mi agitación a medianoche.      Es mi corazón taladro.      Ella es la sombra en la ventana.      El ladrido de los perros.      Es mi brújula imperfecta.      Es mi ubicación en el vórtice mortal de la galaxia.         Es la música que se me clava en las arterias.         Es un tajo de mis nervios.         Es el ramo marchito de mis nervios.         Es mi convulsión, mi suerte.         Estoy por reventar como una bomba de entrañas.         Es mi Chernobyl.         Mis ganas de romper el mundo.         Es mi bala perdida y encontrada.         Mi hélice de flores.           Ella es mi salvación y mi cuerda floja.           Es mi espasmo y mi mareo y mi anestesia.           Es mi fuerza y mi desmayo.           Es mi prueba.           Es mi examen de agonía.           Ella es tan volátil.           A veces quiero desaparecer y otras veces quiero que me abrace y que me asfixie de una vez por todas.           Para siempre.           Muy fácil puedo cerrar los ojos y dejar de ver el camino.                Ella es mi luz cuando lo he necesitado.                Es mi susurro para elegir el túnel porque también ella es mi acantilado.                 En estos espirales de hielo, ella es mi sustento y mi calor.                Siento pequeñas texturas que no tenía idea de que existían.                Tiemblo un poco en soledad.                La única claridad está en que no quisiera desplomarme.                Ya voy demasiado alto, peligrosamente alto.                Me va a soltar.                Voy a caer.

lunes, 15 de mayo de 2017

La importancia del suelo

El mejor lugar del mundo para estar es tirado en el suelo_

Tierra firme, anclaje, entrega a la fuerza de gravedad_

El mejor lugar es el suelo, posiblemente acolchado como el pasto o alguna alfombra en una planta baja, en donde puedan adoptarse todas las posiciones_

Estancia terrestre_

La mejor posición, en definitiva, es la de espaldas: la posición más natural que no exige nada más que respirar, y llegado un específico momento, ni siquiera eso_

Todas las fuerzas se disipan y no hay sino descanso_

Se sueltan los tensores del cuerpo_

Estar de espaldas es la mejor forma de ceder ante la presión, es entregarse de una vez por todas a la realidad inminente_

Tirarse a mirar las nubes o el techo o el espacio vastísimo_

No hay mejor manera de equilibrarse_

Todo lo que se necesita es la posición horizontal acompañada, quizá, de música y de muchos intervalos de silencio_

“Hacer tierra” como si se transmitiera cualquier pulso de electricidad_

Dejar que el magnetismo gigante del planeta nos atrape de una buena vez_

La espalda es nuestra extensión más amplia y si está en total contacto con el suelo se vuelve una extensión de la tierra y así nos diluimos_

somos menos parte de nosotros y más de todo el resto del mundo.

lunes, 8 de mayo de 2017

El asunto de la publicación

La escritura, el mero acto de escribir, desde su núcleo, es muy independiente al acto de publicar. No se escribe para publicar, más bien (y si acaso), en algún momento se podría publicar lo que se escribe, pero sin considerarlo una prioridad. Sin embargo, cuando pensamos conscientemente en el circuito de transmisión del que forma parte el lenguaje escrito, el acto de publicar adquiere otra tesitura, se vuelve un eslabón necesario del acto creativo, gana un peso propio y una intención definida: lograr la comunicación. Es así como se continúa el ciclo que inicia con el detonador de la idea: pensar, escribir, editar, publicar, leer, pensar, escribir, editar, publicar, leer... y así al infinito. Editar sucede al acto de escribir. Editar es reescribir. La edición es mirar con los mismos ojos como si se tratara de otros. Es el juego de la escritura: la posibilidad de reconstruir a través de distintas miradas. La escritura se compone de muchos ‘re’: rescribir, replantear, reconstruir, reflexionar, reconsiderar. Editar para luego publicar; publicar para “quitarse de encima” (en el buen sentido) el peso de lo terminado y así pasar a lo demás. Tener espacios de aire y respiración sin un acumulamiento de palabras silentes en la carpeta.

Tengo un libro de poemas atascado en el tiempo. Hace más de un año de su punto final, más de un año intentando publicarlo pero nada sucede todavía. No es un asunto de prisa, no “se me cuecen las habas”, sino que es una respuesta muy sintomática (como toda escritura) a la necesidad de continuar un flujo (personal, si se quiere) de transmisión sin demasiadas interferencias. ¿Qué hacer para quitar las telarañas de la ausencia de movimiento? El estancamiento genera ruido mental, como un constante golpeteo o nebulosa o agua que se enmohece. Esas texturas impiden la concentración. No soy de los que tolera demasiado tiempo la escritura acumulativa. Hay quien de hecho hasta la prefiere por ver en ella una especie de incubadora, pieza indispensable del quehacer creativo, como si permitiera que los textos se amalgamaran en el tiempo formando un campo de cultivo fértil. Y qué bueno, pero eso no funciona para mí. Mis sensaciones son de atrofia, empolvamiento, oxidación. Los textos necesitan el aire de afuera para mantenerse activos e intentar su vigencia, situarse en su propio contexto. Poner un punto final es un banderazo de salida y (otra vez en el mejor sentido) el pie para olvidarse de ellos y dejar espacio a lo demás. Publicar en este blog es también una pequeña válvula de escape para no colapsar.

Veo a la escritura como un movimiento continuo. Como el flujo comunicante que por sí misma ya es. De ahí la necesidad de que no permanezca mucho en la tibieza de los puntos intermedios. Alguna vez le dije a un amigo: “que nadie me diga que sacrifique la escritura si no quiere sacrificar su nariz”. No son pocas las veces que alguien me ha sugerido dedicar menos tiempo a escribir e intentar publicar y mejor dedicarle más tiempo a algo sensato, como por ejemplo, ganar dinero. Cada vez que escucho eso prefiero quedarme callado antes que alterarme, aunque tampoco es mi obligación abogar a favor la escritura. La escritura se defiende sola. Incluso la escritura defiende. Vulnera y defiende, oscila entre ambos terrenos. La escritura me sacrifica antes de que yo la sacrifique. De hecho sé que ya me está sacrificando y pruebas hay muchas pero creo que escribir también es una manera de estar abierto en carne viva, situado más sensiblemente en el mundo.

Ojalá algo desatascara de pronto a ese libro de poemas ;)

lunes, 1 de mayo de 2017

La nostalgia compartida

Varios de mis amigos y yo tenemos la misma edad y la misma triste sensación de estar envejeciendo. Platicamos de los cassettes de música, de los teléfonos de disco, de los sándwiches de pan blanco a la hora del recreo, del inmenso Ocarina Of Time y de las generaciones tras la nuestra que no tienen idea de lo que hablamos. Somos conscientes de que diez años se sienten como cinco y que cinco años pueden sentirse como veinte.

Apenas ayer, en 2005, escribía un poema en mi cuaderno de Biología para una chica que no me hizo caso en la preparatoria; apenas hace unos días, en 1998, salía de mi clase de natación con una estrella en la frente por haber sido el primero en llegar a la otra orilla de la alberca; apenas hace una semana, en 1992, celebraba mi tercer cumpleaños usando el pantalón enorme de un primo mayor porque yo no había alcanzado el baño.

Ahora que camino de regreso a casa pienso en las cosas que aún me sobreviven de aquellas épocas. La juventud está en juego aunque no sepa exactamente en qué momento acaba, quizá termina a los 18 o incluso antes. Recuerdo que a los 15 ya extrañaba muchas cosas del pasado. A pesar de que con mis amigos más cercanos comparto casi la misma edad, siento como si a veces yo fuera un tipo diez o veinte años más grande que prefiere quedarse a leer en cama antes que salir de fiesta; un tipo que se aturde rápido, que no soporta estar demasiado rato en la agitación de los bares.

Hoy son las 11 de la noche de un viernes en el sur de la ciudad y nada está en silencio. La fuerza de esta noche de fiesta demanda en mí un impulso extraño: tengo ganas de que me den ganas de fiestear, pero no suceden. Tengo ganas de tener ganas: una metafísica del deseo. Sin embargo, al menos sé que es el estrés acumulado lo que me detiene por ahora. Tal vez también siento un poco de nostalgia porque esta noche alcanzo a ver los días como los vagones de un tren a gran velocidad. Podría detenerme a sentir el vértigo del carrusel concéntrico del tiempo: notar, como todos hemos notado, lo rápido que se esfuman ciertos deseos o ciertas esperanzas: lo rápido que se decanta la vida de la realidad inclemente.

Varios de mis amigos y yo tenemos la misma edad y la misma triste sensación de estar envejeciendo. Mis amigos viven y no se detienen. Se pulverizan, son tan reales que a veces no parecen de este mundo. Con muchos de ellos comparto la nostalgia como si se tratara de un químico. Nostalgia que se agolpa en el corazón y lo agrieta. Todos tenemos esas pequeñas grietas en el corazón que quieren reventarse. Sobre esas grietas se ejerce un golpeteo, algo que las toca y las empuja. El corazón es la parte más propensa a la erosión, la más propensa a que se le filtre el pasado, pero es muy fuerte, se necesita mucho tiempo e insistencia o un golpe verdaderamente nuclear para agrietarlo.

Como una sustancia líquida pero a veces arenosa y seca, la memoria puede abarcar las grietas y hacerlas doler cuando se tocan. Todos tenemos esas pequeñas cicatrices que no detienen su sangrado. Una cicatriz es una puerta, de vez en cuando se escucha que golpean, que llaman con ansiedad y más nos vale que el seguro esté bien puesto. La nostalgia puede aplacarse con un par de cervezas, pero sólo un par, porque más de dos la harían estallar y derramar su escalofrío dentro del pecho, y en ese caso, serían necesarias otras dos para tragarse todo y no dejar ningún rastro.

lunes, 24 de abril de 2017

Sueños IV

(Preámbulo)

Debo decir
que no estoy durmiendo.
Estoy despierto
y de pie
y caminando
entre las luces
del bar.

Lado A

Soy un pez. Un pez humanoide, antropomorfo. Pero no cualquier pez porque al parecer estoy hecho completamente de mantequilla, o de una pasta suave que luce y huele a mantequilla. Mis escamas son lentejuelas plateadas y azules como de un traje. El brillo de esas escamas me perturba. Avanzo por un mar que no es un mar porque no estoy nadando. Trato de quitar con la palma de mis manos todas las escamas; son molestas, arden y deslumbran demasiado pero cada vez que arranco algunas, vuelven a surgir multiplicadas en mi piel. Comienzo a desesperarme. No quiero tener escamas ni ser un pez ni estar atrapado debajo de este mar espeso que me aterra, cegado incluso por los despuntes de luz que refleja mi cuerpo. Me siento vulnerable y no sé cómo fortalecer lo que en mí parece derretirse. Todo yo soy una figura incómoda, reblandecida por el calor de mi nerviosismo. De pronto, manos externas e invisibles me ayudan a remover mis escamas: descamarme. Las siento limpiándome en sincronía. Después, son esas mismas manos las que, una vez que me han quitado todo, me acuestan sobre una tabla gigante de madera y me llevan detrás de una vitrina: soy un pez recién pescado, listo para ser vendido en alguna pescadería de pueblo. El calor abrasador del foco me hace despertar.

Lado B

Mi pecho es uno de los tantos canales de Venecia. Está completamente abierto y por todo lo largo el agua fluye. Permanezco horizontal porque de otra forma me desbordaría y correría el riesgo de vaciarme y no quiero quedarme sin agua, así que estoy quieto, viendo pasar algunas góndolas por mi pecho cuando bajo un poco la barbilla. Todo mi cuello y parte de mi barbilla es un puente de piedra, bastante antiguo, que atraviesan las góndolas para perderse de vista y seguir su camino que no sé a dónde lleva. Yo sólo soy un tramo de ese canal y me parece muy bien, muy tranquilizante. En la orilla hay un par de góndolas que no se deciden a entrar. Movidas por una voluntad propia, veo que levitan oscilando entre el agua y el muelle, como titubeando, como si fuera su primera vez de entrar al agua. Yo no puedo hacer nada al respecto, sólo dejarme fluir. De vez en cuando unos pasos cruzan el puente de mi cuello. Apenas puedo ver una parte de todo el panorama, con mis ojos dando al cielo sin nubes. En un momento de distracción siento que por fin las góndolas indecisas entran al agua pero en vez de quedarse en la superficie, se han hundido como submarinos y la sensación que me da es la de haberme tragado un par de cápsulas analgésicas. Carraspeo y mi tos me hace despertar.

lunes, 17 de abril de 2017

Cosas para no hacer con dolor de cabeza

despertar y de inmediato
aspirar los fantasmas

    hallarse en el sustrato de la realidad infalible
    cometiendo errores en bloques de sincronía

escribir sobre la vigilia
y las pesadillas clavadas en el vórtice del espejo

    tampoco ser una máquina tibia
    abstracta y abyecta

o cuestionar los caminos que faltan
hasta llegar al caudal nevado del río

    creer en la niebla absoluta
    saboteando relámpagos kamikazes

ni intentar burlar lo indiscutible
evitar lo inevitable

    o tocarse el estómago como buscando zafiros
    ardiendo en los hornos de la respiración

cuestionar los caminos que faltan
y reaccionar como avispas a los encuentros desafortunados

    tampoco desear ver la sombra
    honda en sus niveles de vacío basáltico

o polarizar el consumo de ácidos a escalas agónicas
mientras se baja por una escalera infinita

    nunca corregir un poema
    sobre todo si viaja en olas de electricidad.

lunes, 10 de abril de 2017

Sobre "Historia siniestra" de Alberto Chimal

No cabe duda de que coexistimos con una realidad siniestra, por no decir devastadora y desolada. Incluso en los pequeños detalles de la cotidianidad más rutinaria se encuentra el salitre inquietante que atenta contra la tranquilidad. Horas plagadas de parásitos invisibles, de horror y desesperanza. Historia siniestra de Alberto Chimal es una caja de Petri donde se evidencian esas manchas que incitan a interiorizar la tragedia, a tener una conciencia cada vez más pronunciada del fin del mundo a partir de las microscópicas pulsiones que nos asedian cada día.

La primera de sus dos partes, “Ciudad X”, consta de cien escenas mínimas y fragmentadas, como detonadores o catalizadores del Apocalipsis. Cien escenas ordenadas en una cuenta regresiva que eriza la atención y nos dirige en picada hacia un terrible desenlace. Escenas muchas veces fantasmales y carentes de explicación, a la usanza paranormal, que juegan con la perplejidad del lector y lo hacen dudar no sólo de su propia cordura sino de la cordura del mundo. Fragmentos que funcionan como un rompecabezas sombrío que, al terminar de ensamblarse, nos demuestra que el fin del mundo siempre ha estado aquí, detrás de todas las paredes y detrás de las pequeñas tragedias. Cada escena es la muerte de alguna esperanza y el nacimiento de la incertidumbre.

100 personas - mujeres, hombres, viejos y jóvenes - dicen a la vez estas palabras.

99 cuerpos aparecen enterrados en una fosa clandestina.

98 alumnas de un colegio faltaron a su clase de las siete. Las hallan formadas, en posición de firmes, en la Plaza Central.

97 perros callejeros entran en la catedral, caminan por un pasillo lateral, salen sin que nadie atine a detenerlos.

96 legisladores miran a un compañero, dormido en un asiento de la asamblea. Se retuerce. Un hilo de saliva le cae de la boca.

95, escribe una vidente, que no sabe que lo es y cree ser sólo una secretaria, atorada de por vida en un trabajo de mierda.

94 figurillas de piedra exhibidas en el Museo de Antropología amanecen hechas polvo en sus vitrinas cerradas.

[...]

El fin del mundo puede ser eso, la destrucción de las certezas y el reinado amenazante de los enigmas. Cien imágenes que suceden una a una como latidos enfermos que desembocan en infarto inevitable. La propuesta es más bien desoladora, sin los cataclismos propios del cliché apocalíptico. La característica de estas catástrofes es magnética, como si se estuviera ante titulares de periódicos de nota roja que aluden a la sensibilidad y, por qué no decirlo, al morbo. Alberto Chimal deja claro que la representación de la fatalidad tiene infinitas caras al combinar tragedias generales y particulares que, a fin de cuentas, son lo que el día a día nos da a cada uno de nosotros.

La segunda parte, “Día común”, es una bitácora de hallazgos, de historias accidentales. Una serie de fotografías tomadas por el propio autor a las que incluye un texto brevísimo que hace la diferencia entre lo que se ve y lo que está vedado tras bambalinas. Ese punto indeterminado es el elemento perfecto para crear la historia de cada fotografía donde lo funesto y terrible tiene el protagonismo. Aquí se encuentra lo siniestro de cada situación por más inofensiva que parezca. La vida siempre esconde un lado macabro, a la vista de todos pero que pocos ven. El ojo fatídico de Alberto Chimal encuentra esos hilos ya no negros, sino sangrientos. Leyendo lentamente esta segunda parte se me ocurre el término “conspiración asistida”, que definiría al acto de suponer o buscar la peor versión de las cosas a partir de un referente concreto (en este caso una fotografía), por pequeño que sea.

Tanto la paranoia como las conspiraciones son altamente creativas, alimentadas por una intensa imaginación, y ante todo la imaginación es el lubricante de Historia siniestra. Todos los cuadros podrían pertenecer a una cotidianidad hasta cierto punto serena, sin embargo, con la inserción de los brevísimos textos, las imágenes adquieren un rostro que las torna monstruosas; eso nos hace pensar que no todo es lo que parece, que puede ser mucho peor y que quizá definitivamente lo es. Cualquier historia tiene una historia siniestra paralela, una segunda sangre; aquí la postura funesta de Alberto Chimal, provocada por las verdaderas tragedias universales, daría pie a cuestionarnos si no será que casi siempre somos demasiado optimistas.

Título: Historia siniestra
Autor: Alberto Chimal
Editorial: Cuadrivio, México, 2015.

lunes, 3 de abril de 2017

El primer recuento de los daños

Hace poco más de medio año comencé con este proyecto de publicación semanal. Seis meses con todo tipo de anécdotas y experimentos textuales, algunos con más fortuna que otros pero todos exigiendo el mismo nivel de disciplina que, para ser honesto, en muchas ocasiones me ha hecho sufrir y querer replantearme el proceso entero de la escritura. La verdad no creí que esta dinámica fuera a durar mucho; al principio pensaba que en cualquier momento podría encontrar una excusa para abandonarla. Sin embargo, hasta ahora (a excepción de una honrosa vez), no ha habido un sólo lunes vacío. Aún no tengo muy claro qué sucederá al final con todo esto pero mis intenciones actuales son, al menos, llegar al año completo y quizá después hacer una recopilación de lo que más me agrade o de lo que tenga más clicks. Quién sabe.

Es un gusto ver la circulación de los textos, sobre todo porque muchos son meras anotaciones del día a día que apenas proponen un tema, si bien les va, de conversación cafetera. Decidí poner una pequeña lista que indica las 5 entradas con más visitas en estos seis meses, justo acá en la barra lateral del blog----->. Elementos así pueden ser como una brújula o como un indicador de eso que tiene más posibilidad de hacer eco. Siempre estoy agradecido con aquellos que se intrigan y leen.

Ahora hago un breve recuento por algunas entradas con el objetivo de recordar y también para intentar llevarlas un poco a la superficie después de haber sido parcialmente “enterradas” por la suma natural de los lunes. Para verlas basta picarle a las letras en rojo.

Han surgido varias anécdotas desde septiembre del 2016, unas muy entrañables, como aquella especie de crónica que escribí al volver del festival más impresionante al que he ido hasta ahora: el Burning Man. Siete días de campamento a la mitad del desierto de Nevada, con las provisiones exactas para sobrevivir junto a más de 70,000 personas de todo el mundo, rodeado de música, fuego, tormentas de arena, luces de neón y monumentales instalaciones de arte. Sin duda una experiencia que no olvidaré nunca;

o aquella vez en que narré mi primer episodio de crisis de angustia adolescente, desencadenado por un trastorno de ansiedad recién descubierto y donde casi me fui volando por los cables cruzados de la realidad, una madrugada cualquiera del 2009. Ahora me parece gracioso, pero en serio que no lo fue;

o la vez en que me llevé una libreta de apuntes a Cuba donde intenté hacer un mapa de todo lo que sucedió en esos diez días de goce y disfrute pero que también me hicieron topar de frente con otro contexto social, quizá sencillo de intuir pero no de experimentar, y que me hizo pensar en la idea borrosa y volátil de eso que llamamos identidad latinoamericana;

o la vez en que viajé sólo con una maleta y la poesía completa de Amiri Baraka durante cuatro meses por Estados Unidos para después “construir” un poema híbrido con los versos que más me gustaron y que traduje de manera totalmente libre y alterada a mi conveniencia. En ese viaje tenía muchas cosas que decir y la forma de hacerlo fue a través de un collage de Baraka;

o la vez en que tuve un par de sueños intranquilos (como tantas veces) después de una borrachera y que me hicieron sentir diferentes capas del subconsciente por las que uno transita al momento de cerrar los ojos. Ahí fue donde se me ocurrió el concepto de “La Matrioska del sueño”, interesante y perturbador;

o aquella reciente ocasión en que di mis razones por las que nunca he tenido una cuenta de Facebook ni pienso tenerla, con detalles concisos y hasta cierto punto paranoicos. Semanas después sigo debatiéndome entre la firmeza de mis argumentos y mi evidente debilidad que cada día es seducida por los tentáculos ‘feisbuqueros’ y los canales de abierta comunicación.

En fin, han sido muchas oportunidades de decir alguna cosa sensata y también muchas oportunidades de fallar estrepitosamente. Quisiera estar más cerca de las primeras que de las segundas. Ahora no me queda sino volver a agradecer por la lectura, accidental o planeada, de esta bitácora semanal. Y si por ahí existe alguien que ha esperado con interés todos los lunes, gracias personales, de verdad, de corazón.

lunes, 27 de marzo de 2017

La poesía y los libros de poemas

1)


La poesía es una consecuencia de la locura,

entendiendo a la locura como una pérdida de la cordura,

y la cordura a su vez como las cuerdas que nos sujetan a la normalidad,

a la norma.


Es decir,

la poesía es la consecuencia de una liberación,

de una ruptura de cuerdas.


Las cuerdas que oprimen la sensibilidad.


Las cuerdas que sujetan a la rutina.


La locura rompe esos parámetros,

y aunque la locura no siempre trae consigo poesía,

sí es necesidad de la poesía tener un cuerpo sin cuerdas.


En cualquier tipo de escritura podría procurarse el eje de la poesía.


Que esa la libertad permita el libre paso por todas las páginas.


Que las palabras tengan esa construcción aerodinámica de los dardos poéticos.


2)


Un libro de poemas es una bomba molotov en la mochila,

el incendio latente.


Un libro de poemas no es inofensivo,

es una granada,

es súbito,

es ráfaga.


Un libro de poemas no es caricia ni anestesia,

es hielo o llamarada.


Un libro de poemas es de largo alcance,

de amplio espectro,

de efecto secundario.


Un libro de poemas es incontenible,

llega más allá del papel 

y de la forma del libro.


Cada poema es una espina finísima o una estocada.


Cada poema es brutal y por eso el libro es una embestida de cientos de máquinas de acero.


Un libro de poemas es pozo sin fondo,

abismo,

avería en la realidad,

túnel de espejos.


Un libro de poemas es una caja de herramientas para reconocer la desolación.


Un verdadero libro de poemas quita el sueño,

es una amenaza para la tranquilidad.

lunes, 20 de marzo de 2017

Hoy no hay texto

Hoy no hay texto.

El texto de esta semana se trata (o mejor dicho, se hubiera tratado) de que no hay texto.

Estoy cansado. ¿Se vale? Sí, se vale.

Esto podría tratarse también sobre el cansancio. Pero no.

No lo hará.